sábado, 16 de enero de 2010

“Sólo un paso”


Era verano y el intenso calor hacía más insoportable, si cabe, el infierno en el que vivía. Delante de una botella de puro alcohol hice planes. Saltar la doble alambrada no era fácil. Que los guardias no me detuvieran, casi imposible. La duda, sobre intentarlo o no, me asaltaba, cuando se presentó él como una aparición. No te esperaba hoy -le dije. En silencio me observaba como bebía un trago tras otro; al fin, le oí decir: “Sólo un paso”.
Sí, del infierno al cielo sólo un paso –seguí yo: una alta y doble alambrada, ancha y espesa, de espinas afiladas que relucen como centellas en la noche, custodiada por cientos de demonios que no quieren que abandones tu alma del averno.
- Te ayudaré, no temas, me interrumpió mi amigo. Mañana a las cinco de la madrugada espérame escondido a unos metros de ella.
- Está bien, confío en ti. A este lado no tengo nada, al otro me queda la esperanza de conseguir algo más que la locura ¿Qué puedo perder? Allí estaré -concluí.
Dicho esto, mi amigo se esfumó.
Yo seguí bebiendo aquél vino de noventa y seis grados, que me abrasaba la garganta y diluía mi desesperación, con la firme idea de huir de mi condena.
Llegado el momento, cogí impulso y di un gran salto, entonces, extendí los brazos y las manos y me agarré con fuerza a sus pies como acordamos, cuando sobrevolábamos la primera barrera, los guardianes de aquel maldito infierno nos descubrieron y empezaron a ametrallarnos con sus mangueras balas de agua a toda presión. Mis manos resbalaban de sus pies, a él le pesaban cada vez más las alas, que empapadas e incapaces de sostenernos, hizo que cayésemos arrastrados uno del otro a las llamas que asomaban entre los dos muros de alambre. Mientras los demonios se ocupaban de mí, él escapó como una exhalación...
... En la habitación de la enfermería, cercado por rejas candentes, mi fiel amigo me visita a diario y, en silencio, le veo cómo me observa mientras bebo unos tragos de la botella de alcohol si esquivo los ojos del tridente. Luego, urdimos la manera de intentarlo de nuevo, cuando yo me recupere de las quemaduras y él, mi ángel de la guarda, termine de secar sus benditas alas. Quizás en otoño...


Mamen

martes, 12 de enero de 2010

DE PELÍCULA

Dicen que cuando morimos vemos la película completa de nuestra vida. Eso dicen y eso fue lo que le pasó a nuestro héroe… Bueno, no del todo. Cierto que en el momento en que su coche se estrelló contra el árbol, pudo contemplar toda su existencia; pero no es menos cierto que matarse no se mató. Quedó bastante maltrecho y salvó la vida gracias a la rápida intervención de los servicios sanitarios. Sin embargo, cuando despertó en la cama del hospital, no pareció dar mucha importancia al hecho milagroso de seguir vivo. Vendado como una momia, con las piernas colgando de unas pesas, los brazos asaeteados de agujas epicraneales y rodeado por enigmáticos aparatos, únicamente tenía pensamientos para una cosa: aunque sólo había durado un instante, no podía sino admitir que la película de su vida le había aburrido de forma soberana. Con un argumento pobre, una trama deshilvanada, unos personajes ramplones, unas peripecias sin interés y ni un solo efecto especial, carecía por completo de tensión y ritmo, y resultaba plana y monótona hasta la extremaunción. Morirse era inevitable, pero no lo era tener que hacerlo entre bostezos. Nuestro héroe decidió cambiar la película de su vida.
Nada más salir del hospital después de una larga convalecencia, puso manos a la obra. Lo primero que hizo fue transformar el aspecto del protagonista, o sea, de él mismo. Se peinó el pelo hacia atrás, se dejó unas patillas largas y finas, y en vez de los trajes de corte clásico que siempre había llevado, comenzó a vestir ropas juveniles, siendo sus preferidas los pantalones y chaquetas de cuero negro. Su mujer, amigos y compañeros de trabajo achacaron estos cambios a unas comprensibles, aunque algo extravagantes, ganas de vivir, nacidas de haber estado tan cerca de la muerte. Más difícil les resultó dar explicación a las otras nuevas peculiaridades de nuestro héroe. Ahora, era un gesto muy suyo mirar todo a través de la ventana que simulaba formar ante sí uniendo, con la punta de los pulgares extendidos, las palmas de las manos abiertas; también se había vuelto muy típico en él cambiar el lugar o la postura de la gente, aunque para ello tuviese que emplear empujones o descruzar brazos y piernas ajenos con sus propias manos; a veces, se empeñaba en modificar las conversaciones, y si alguien, por ejemplo, decía: “Tengo sueño”, no cejaba hasta que ese mismo alguien rectificaba y sentenciaba: “Toda la vida es sueño; y los sueños, sueños son”. Se empezó a hablar de shock post-traumático y de traumatismo craneal.
Nuestro héroe, conocedor de estos rumores, disimulaba y se reía para sus adentros. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que, salvo por las redobladas atenciones de su mujer y la actitud conmiserativa de los amigos, todo seguía igual. Su vida continuaba siendo plana, monótona y aburrida. Se dijo, entonces, que para hacer una buena película de su vida, no bastaba con cambiar el aspecto del protagonista, perfeccionar los encuadres o mejorar la forma de actuar y decir del reparto, sino que era necesario una buena historia, un argumento bien construido, lleno de conflictos, enredos, giros y golpes inesperados. Durante una larga temporada vio centenares de películas y leyó centenares de guiones. Cuando consideró que estaba bien documentado, se puso manos a la obra. Tuvo su primera gran ocasión con la muerte repentina del socio del jefe de la empresa para la que trabajaba. Ni corto, ni perezoso decidió aprovechar la oportunidad dramática. Fue un verdadero clímax, un plano cargado de intensidad y tensión, cuando, en el momento en que el silencio era más recogido y el pesar llenaba todos los corazones, nuestro héroe, señalando con un índice el ataúd y con el otro al jefe, acusó a éste de haber asesinado a su socio para quedarse con toda la empresa. ¡Qué gritos!, ¡qué miradas!, ¡qué gestos!, ¡qué caras de sorpresa e indignación! Sí, fue una escena realmente conseguida, tan bien realizada que sólo tuvo que gritar media docena de veces “¡corten!”, cambiar de posición a tres enlutados asistentes y rectificar apenas un par de líneas de diálogo. Todo un éxito, por más que fuera expulsado de malas maneras del camposanto y del trabajo.
No le duró mucho la alegría a nuestro héroe por este logro. Pasadas unas semanas, tuvo que reconocer que su vida había caído de nuevo en el tedio y la monotonía. Todo el día en casa y sin nada que hacer, sus días transcurrían iguales, repitiéndose los unos a los otros de forma cada vez más apagada, como un eco que se extingue. Entonces volvió a ver los mismos centenares de películas, volvió a leer los mismos centenares de guiones y, documentado, volvió a poner manos a la obra. Con gran sentido de la ambigüedad y el equívoco, fue sembrando indicios ante su esposa que parecían indicar una probable infidelidad por su parte. La mujer, al principio incrédula, más tarde suspicaz y al cabo celosa, terminó por descubrir una apasionada carta de amor que nuestro héroe había olvidado de forma astuta en el bolsillo de la chaqueta. En esta ocasión no tuvo que realizar ningún corte, ni cambiar ninguna línea de diálogo. Todo salió redondo, perfecto, en tiempo real, en plano secuencia. Fue en la cena como mandan los cánones. Ella actuó y habló como si nada supiese, él actuó y habló como si nada temiera; ella le tendió en los postres la trampa adecuada, él cayó en la celada de la forma exigida; ella entonces acusó, él entonces negó; ella esgrimió la carta, él balbuceó; ella se puso en pie, él se encogió en el asiento; ella gritó, él rogó; ella le exigió el divorcio, él se lo concedió; ella salió dando un portazo, él se quedó en la cocina con la satisfacción del artista que alcanza su obra cumbre.
Sin trabajo y sin esposa, recurrió a los amigos. Ya tenía pensada una emocionante historia: Juan, íntimo amigo de Luis, intentaría asesinar a éste por ser amante de su esposa. La escena cumbre se produciría en el domicilio de Luis. La atmósfera sería tensa, la iluminación dura, los diálogos broncos, los silencios cargados; Juan, mascando la rabia, sacaría una pistola ante el rostro demudado de Luis; Juan, vengativo e inmisericorde, apuntaría a Luis que, indigno y cobarde, imploraría por su vida; Juan soltaría una carcajada sardónica, Luis un lastimero gemido; ya aprieta el gatillo Juan cuando, de improviso, nuestro héroe aparece en el plano y, arrojándose sobre el hombre armado, logra desviar el disparo en el postrero instante; la bala haría añicos el costoso jarrón de porcelana china favorito de la mujer de Luis… Sin embargo, nuestro héroe no tuvo oportunidad de dar realidad a tan magnífica escena. No sólo Juan y Luis, sino la totalidad de amigos y conocidos huían nada más verlo, hartos de tener que salir o entrar, sentarse o levantarse, hablar o callar, según ordenara nuestro héroe con su particular sentido del ritmo y la tensión. Dolido por este fracaso, durante un tiempo se dedicó a hacer exteriores. Era frecuente verlo en la calle deteniendo el tráfico, reordenando a su gusto el deambular de la gente o tratando de persuadir a un orondo carnicero de que cambiase tanto de naturaleza como de negocio, pues lo que él en verdad necesitaba para su escena, allí y precisamente allí, no era una carnicería sino un restaurante italiano y un cocinero con aspecto y ademanes de prima ballerina.
Cierto día, se le acercaron dos individuos. Con gran pompa le dijeron que eran de “jólivud” y deseaban proponerle un “gud bisnis”. Todo orgulloso se subió con los dos individuos a la ambulancia. Pasó el resto de sus días en un psiquiátrico. Fue bastante feliz, y era digno de ver el entusiasmo, la seriedad y el empeño que ponían el resto de los pacientes en seguir sus sabias instrucciones de director experimentado. Lo malo fue cuando trató de hacer una versión de “Rebelión en la granja”. El entusiasmo, la seriedad y el empeño que pusieron entonces los pacientes en el proyecto alcanzaron tal grado que los médicos, alarmados, recluyeron en total aislamiento a nuestro héroe por una larga temporada.
Falleció a los ochenta años. Dicen que murió diciendo: “Éste es el comienzo de una gran amistad”

Ricardo Uriarte

sábado, 9 de enero de 2010

La Voz de su Amo tercer intento

La primera llamada se produjo durante el cambio de turno de guardia en el hospital, y fue su propia compañera, Verónica, quien le entregó con expresión de extrañeza el auricular del teléfono, entre las cinco y las seis de la madrugada de un sábado de invierno.
Dejó que Verónica ocupara su puesto, se levantó y se alejó en dirección al otro extremo del pasillo, y una vez sola, se decidió a responder. Cuando escuchó aquella voz masculina de timbre grave, con fuerte acento extranjero, pronunciando su nombre a hora tan intempestiva, ni siquiera pudo contestar.
La voz dejó pasar algún tiempo, el suficiente como para tener la seguridad de haber provocado la duda, el desconcierto, la excitación necesarios; de que ella estaría empezando a preguntarse si de verdad acababa de escuchar susurrar su nombre de madrugada, durante su turno de guardia en el hospital, no una, sino tres veces seguidas. Después, volvió a nombrarla, esta vez de forma diferente, como se nombra a alguien a quien se conoce desde siempre, a quien se espera desde hace mucho tiempo. ¿Quién eres?, pudo por fin preguntar ella entonces, ¿Y qué quieres de mí?, se atrevió a insistir todavía, justo antes de escuchar, estremecida, colgar definitivamente el teléfono al otro lado de la línea.
También ella acabó por abandonar el auricular en cualquier sitio, pero después de unos segundos en los que permaneció con él en la mano, mirándolo detenidamente, como si esperara de aquel aparato que pudiera devolverle la calma, concederle alguna explicación, volver a transportar otra vez hasta su oído al propietario de aquella voz que había sido capaz de desposeerla de su tranquilidad en algo menos de medio minuto.
Se dirigió temblorosa hacia la máquina de café, y se sirvió uno bien cargado. Lo tomó de pie, allí mismo, sola, muy despacio, sintiendo como el calor atravesaba el vaso de plástico y llegaba hasta sus manos, apoyada de espaldas contra el radiador, con el cuerpo encogido por la inquietud y por el frío de la noche.
Sin poder dejar de darle vueltas al mismo pensamiento, apuró el café y regresó a su puesto de trabajo; su turno había terminado. Su compañera la interrogó con la mirada. Verónica nunca le había interesado demasiado, le parecía apenas una niña, alguien que aún sabía muy poco de casi todo, que sólo hablaba de encontrar al hombre de su vida, nunca hubiera podido entender lo que ella estaba sintiendo. Me encontraba mal y he tenido que ir al baño, pero ya estoy mucho mejor, fue toda la explicación que consideró necesario concederle.
Cogió su abrigo, su bufanda y su bolso, se despidió brevemente de ella, y salió del hospital cuando faltaba muy poco para que empezara a amanecer. Recorrió su camino a pie, caminando deprisa, con la mirada baja, intentando protegerse del viento del mar que azotaba las esquinas de las calles que atravesaba.
Se encontró muy pronto en el dormitorio congelado del piso en el que vivía desde hacía más de veinte años. Cerró la puerta, tiritando, deseando sólo dormir. Cogió del cajón del armario el comprimido de siempre, dejó la lámpara de la mesilla encendida como siempre, se desnudó y se acostó, sintiendo que su deseo era urgente, que necesitaba dormir profundamente, olvidarse aunque sólo fuera durante un par de horas de aquella voz, y de lo que la repentina aparición de aquella voz podía llegar a significar para ella. Pero a pesar de sus esfuerzos para dejarse vencer por el cansancio, para intentar caer de una vez en lo más profundo de un sueño muy largo, en ningún momento consiguió borrar de su pensamiento el sonido de aquella voz pronunciando su nombre, invadiendo su vida, sintiéndola vulnerable aunque no pudiera verla, sabiéndola, todavía, sola.
Pasó unas cuantas horas escuchando la lluvia que golpeaba la ventana, hasta que pensó que sería mejor levantarse. Entonces se produjo la segunda llamada. Supo que era él; por desgracia, nadie más podía ser. Tenía el teléfono muy cerca, encima de la mesilla, junto a la lámpara encendida. Dejó que el teléfono sonara, apagó la lamparilla, se acercó hasta la persiana y la bajó todo lo que pudo, forzándola para impedir que la más mínima rendija de luz se filtrara hacia la calle.
Habían transcurrido sólo cinco minutos cuando a oscuras, temblando, escuchó la tercera llamada. Dudó, se decidió a descolgar, creyó arrepentirse, por fin cogió el auricular entre las manos y respondió. Volvió a escucharle otra vez pronunciar su nombre, repetirlo una y otra vez, con esa cadencia perezosa que había querido dejarse reconocer desde el principio en la primera llamada al hospital. Después, el mismo silencio calculado. Por fin, aquellas palabras que siempre había sabido que acabaría por volver a escuchar. Palabras murmuradas muy suavemente, en un idioma extranjero, unas palabras que no eran su nombre, que no comprendía, pero que no pudo dejar de reconocer. Palabras que él pronunció una vez solamente para ella, la única muestra de deseo que alguien le había regalado, palabras que se había repetido a si misma cada una de las noches de los últimos veinte años en su dormitorio congelado. Palabras que de pronto le recordaban que el poseedor de aquella voz podría volver a sentir la necesidad de murmurar en su oído, aunque ella no lo quisiera. O que en cualquier momento podría desear calentar su cuerpo contra el suyo, aunque ella no tuviera frío. Como aquella madrugada de la que también él recordaría cada detalle, a la salida de su primera guardia en el hospital, cuando ella era todavía apenas una niña, que no sabía nada de casi nada, que sólo hablaba de encontrar al hombre de su vida, que no tenía miedo a enfrentarse al viento y al frío de la noche para regresar a su casa recién estrenada.
Esta vez no preguntó quien la llamaba, hubiera sido inútil preguntarlo. Tampoco colgó el teléfono; supo que si lo colgaba, sentiría más miedo todavía. Estrechó el auricular contra su cuerpo, y le dejó que siguiera hablando para ella. Encogida sobre si misma, con la cabeza bajo las sábanas, intentó no pensar. Poco a poco fue entrando en calor, queriendo olvidarse del día siguiente, dejarse arrullar por las palabras del extranjero.

---
Después de algunos días(pocos)sin poder visitar estas páginas, entro y me encuentro con un nivelazo impresionante, tanto en poetas como en narradores. Felicidades a todos. Por mi parte, vuelvo a reintentar publicar este relato que tanto se me está resistiendo. Seguramente tendré que volver a corregirlo, pero mientras tanto, espero que disfruteís con las vicisitudes de mi infortunada celadora. Besos para todos.
Isabel O.

jueves, 7 de enero de 2010

"Con el mismo dedo que disparo"

Nacho Kaikías

Me acerco y escribo sus nombres en la sangre fresca sobre el mármol blanco. Blanco sobre rojo, apenas duran un instante, mientras mi dedo salta para escribir el siguiente. Acabo, me incorporo, me alejo, los olvido.

PUNTOS DE VISTA

Desde cierto punto de vista, se los podía considerar parecidos. Los dos tenían veintitrés años, y eran altos, fuertes y de tez morena. También cabría contar entre las semejanzas el que ambos tuviesen una madre que cocinaba muy bien y una novia de ojos grandes y negros. Algo bravucones y a veces un tanto pendencieros, quizás el rasgo más llamativo que poseían en común fuese una sonrisa amplia, fácil, contagiosa, que llenaba su rostro como de juegos infantiles. Sin embargo, desde la práctica totalidad de los puntos de vista, se los debía considerar muy diferentes. Sus orígenes, educación y costumbres eran tan distintas como distantes. En realidad, lo verdaderamente extraño fue que sus vidas se cruzaran. Pero, más allá de semejanzas y diferencias, el caso es que aquel día los dos se levantaron a la misma hora en la madrugada y ambos dedicaron la mañana a cumplir sus respectivas y diversas tareas, con esa laboriosidad y simpatía que los caracterizaba. Empezaba a caer la tarde cuando, sin saberlo, el transcurrir cotidiano los condujo al encuentro. Ocurrió a la salida de una de las aldeas pobres y polvorientas de aquel mundo polvoriento y pobre. El uno iba en una bicicleta desvencijada; el otro en un carro de combate ligero. El uno se llamaba Hamid Sayebi, civil; el otro se llamaba Juan González, soldado. Desde la torreta, Juan González vio venir a Hamid Sayebi en la bicicleta. Le dio el alto una, dos veces… Quizás Juan no gritó lo suficiente, o quizás Hamid pedaleaba distraído; o quizás ambos estaban nerviosos o fuesen algo pendencieros y un tanto bravucones. Tampoco sabemos si hubo o no un tercer aviso, lo único que podemos asegurar es que Juan disparó y Hamid fue arrancado de cuajo de la bicicleta. Murió en el aire, cayó de espaldas con los brazos abiertos, donde antes jugara su sonrisa ahora sólo había un gran vacío sanguinolento. Juan siguió y siguió disparando a la tarde que caía, aún durante un buen rato.
Los mandos lamentaron el error, pero justificaron la acción del soldado Juan González: sólo había cumplido con el protocolo establecido por las fuerzas internacionales en misión de paz; sus compañeros no cesaron de animarlo; él, silencioso, se limitaba a sonreír. Una semana después volvió de permiso a su pueblo. Los vecinos le recibieron con grandes muestras de alegría. Él respondía a los agasajos sin decir una palabra y sonriente. Todos opinaron que volvía igual de simpático, pero con algo más de hombre. Tan sólo la madre y la novia, ya desde el primer beso, supieron que abrazaban una sonrisa vacía.

Ricardo Uriarte

“La procesionaria” ( o metamorfosis de Jonás ante el bullying)

Conoce qué recibo y

sabrás por qué me

convierto”

Allá, uno. Acá, otro. Ahí y... allí... Cientos.

Un día de primavera, Jonás a los once años, cambió de escuela. Una madrugada de invierno, con catorce años, Jonás entró en la cocina, se sentó en la silla, apoyó la cabeza sobre la mesa y presionó la frente contra la superficie de mármol: fría y dura. Con las manos apretó su estómago -doblado el espinazo- podía sentir cómo los dedos, dúctiles, desde el mismo estómago se amoldaban a las vértebras.

El ácido seguía su curso. Imparable, como su inquina. Sabía de su transformación. Y de su feroz resistencia. Lo próximo serían los huesos. El odio lo corroía.

Se incorporó de la silla, y a duras penas se plantó frente al espejo del baño. No le quedaba demasiado tiempo.

Después de los huesos, brazos y piernas se fundirían en un cuerpo blando, viscoso, reptante y peludo. Pero los pelos serían minúsculas púas que, infestadas de veneno, eyacularían rápidas ante cualquier amenaza. El ácido seguía imparable. Lo último en desaparecer... los recuerdos. Antes, la furia impenitente consumaría la venganza.

Delante del espejo vio a un viejo atormentado.

Principio del fin: el ácido comenzó a deshacer, lenta y trabajosamente la pared del estómago, que se opuso heroica; pero el rencor era más fuerte y constante. Célula a célula buscó -deslizándose corrosivo- el recoveco, la puerta de entrada que le permitiera excavar el túnel de la venganza. Un túnel largo donde esconder la cobardía y la impotencia, y, a la vez, una salida por donde rezumar odio. El odio al de al lado, al de todos los lados. Loco de ira, locos de ira. Aquellos que escupieron sus frustraciones de forma certera en el centro de la diana -allá dónde los sentimientos se forjan, dónde el amor fetal se incuba- serían los primeros. Deshacer círculos y esquivar dardos. Lanzar dardos para crear círculos. Atracción primaria: el color. Un color fosforescente, embriagador, sugestivo, inevitable para los ojos... Se acercaron con valentía de grupo -tan ignorante- hasta la mínima distancia a la que, él, rápido y atinado, les escupía el fulgurante veneno. Entre gritos negros, la oscura victoria. Venganza que va y vuelve. Muerte como respuesta a la muerte. Tres... Dos... Quizá uno. Mereció la pena: uno nada más.

Ensortijado, se dobló alrededor del espinazo. Sin palabras. Sin aliento...

La mano apretaba su estómago, la frente presionada sobre la mesa de mármol: fría y dura. Jonás hasta los once años fue un niño feúcho, gordito y feliz.

Allá, uno. Acá, otro. Ahí y... allí... Cientos.

En procesión, continuó el devastador camino.

Mamen

viernes, 1 de enero de 2010

El zarpazo


Mar

“La pantera negra no se movió. Sus ojos eran dorados, dorados… Su cuerpo estaba quieto, como suspendido entre la carrera y el salto. Sólo su cola se desplazaba despacio de un lado a otro como una gran cobra, podía notar su brillo mate oscilando en la negrura. Oí un grito agudo, no muy lejos. Junto a mí la hoguera crepitaba. El grito dejó un aroma a hogar, a falda de seda, a vapor de la cena: era mi madre. Un zarpazo rápido me alcanzó, sentí las garras entrando en mi brazo como a cámara lenta, la piel rasgándose muy despacio, la sangre que comenzaba a brotar, el tirón hacia abajo que me hacía caer. Todo el universo y el tiempo se concentraron en ese zarpazo y no existía nada más, sólo las cuatro uñas separando mi piel, sin dimensiones, gigantes o ínfimas, un hecho físico sin más significado. El dolor no apareció hasta mucho más tarde, siglos más tarde. La pantera relajó su cuerpo, se dio media vuelta y se alejó, tranquila. La miré desde el suelo mientras agarraba mi brazo con la otra mano para mitigar el dolor y el calor líquido la empapaba. La piel rasgada en cuatro parecía una sonrisa sangrienta mostrando los dientes por encima de mis pulseras. Pero la vida seguía en mí, mi madre lloró y bendijo a los dioses. Aún tengo la cicatriz con forma de sonrisa mostrando los dientes por encima de mis pulseras, y sueño con los ojos dorados todas las mañanas justo antes de despertar. La pantera negra es desde entonces mi espíritu protector, y esta cicatriz mi fetiche.
Ah, sí, sí, Corto Maltés, así fue... Yo tenía unos siete años. Sucedió en 1904.
Me gusta hacerme llamar Boca Dorada.”

Arundhati Iravan.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

NI POR ESAS

Su sombra murió de noche. Fue de repente, ante sus ojos, después de pasar junto a una farola. Un resto de humanidad le empujó a reanimarla. Aplicó la boca al suelo, en el sitio donde suponía estaban sus labios; golpeó las baldosas con los puños a la altura en que se dibujaba el pecho; incluso, zapateó sobre ella. Nada de nada. La sombra seguía allí, tendida en la acera, con las piernas y brazos abiertos como aspas. Entonces se asustó y pensó en salir corriendo, pero otro resto de humanidad le impidió darse a la fuga. Trató de levantarla en brazos, de arrastrarla tomándola de las piernas, hasta probó a quitarse los cordones de los zapatos y atársela a los tobillos. De nuevo, nada de nada: pegada como una calcomanía, era imposible arrancar la sombra de la acera. Viendo que eran inútiles los esfuerzos y agotados sus restos de humanidad, se dio la media vuelta y se encaminó a su casa. No había andado cien metros, cuando empezaron a revelarse sus verdaderos sentimientos. Iba con la cabeza alzada, la espalda derecha, balanceando rítmicamente hombros y brazos. Su caminar era ágil, ligero y, de vez en cuando, daba un brinco, ensayaba un paso de baile o correteaba un buen tramo como un niño tras un balón. La odiaba, esa era la verdad. La había odiado toda su vida; la había odiado cuando, vigilante, arrastrándose a sus espaldas, le perseguía adonde quiera que fuese; la había odiado cuando se estiraba frente a él, y le marcaba el camino y la meta; la había odiado cuando a los costados, se quebraba y alzaba por fachadas y muros, mostrándole las habilidades y alturas que nunca alcanzaría; la había odiado cuando se emboscaba en la oscuridad, agazapada y presta a saltar sobre sus talones al menor destello. Sí, la había odiado toda la vida, incluso cuando se ovillaba a sus pies como un perro traicionero que fingiera de pronto fidelidad y cariño. Por eso la noche en que murió su sombra fue la más feliz de su existencia.
La policía tardó apenas una semana en detenerlo. Fue fácil: era el único que no tenía sombra. Acusado y juzgado, le condenaron a treinta años de prisión por sombricidio, nocturnidad, alevosía y falta de humanidad. No sólo le condenó el juez, también fue condenado por la sociedad en pleno. Medios de comunicación, instituciones y organizaciones, personalidades famosas, ciudadanos medios, medianos y mediocres, manifestaron su horror y desprecio. Sin embargo, durante un tiempo y de forma confidencial, recibió muchas visitas de personajes importantes que le ofrecían el indulto y grandes cantidades de dinero si les revelaba cómo había logrado librarse de su sombra. Él siempre les decía lo mismo: que no había ningún método secreto, que simplemente su sombra había muerto una noche, de repente, después de pasar junto a una farola. Por supuesto, no lo creían, y a las ofertas seguían las amenazas; y a las amenazas, su cumplimiento. Pasó el resto de sus días en un calabozo en penumbras, para que siempre estuviese rodeado de sombras. Cuando murió, la Autoridad tuvo buen cuidado de enterrarlo en el mismo nicho donde reposaba su sombra. Llevaba veinte años esperándolo, estirada y tendida cuan larga era.

Ricardo Uriarte

domingo, 27 de diciembre de 2009

Llamada a un detective


Tuvo una corazonada. El retrato estaba perdido entre otros muchos en un rincón del anticuario, pero él lo encontró rápidamente: algo le había hecho acercarse a esa esquina llena de lienzos enrollados. Quizá un olor con su poder evocativo, quizá una llamada desde otro mundo. Lo sacó con cuidado, sujetándolo con las puntas de los dedos como se sujeta una fotografía aún húmeda. Al desplegarlo poco a poco fueron apareciendo primero una barbilla ligeramente sombreada, después unos labios con un ángulo especial en las comisuras, más arriba unos pómulos que avanzaban hacia fuera con aire salvaje, y por fin unos ojos de color petróleo, profundos y burlones. Sí, era exacto, pero mucho más joven. Buscó una vitrina, algún cristal que reflejara su propio rostro. Entre joyas de formas grotescas analizó esos rasgos tenuemente plasmados en la superficie brillante. Encontró los mismos ojos burlones color petróleo, los mismos pómulos apuntados, la misma barbilla.
-¿Cuánto?
El anticuario le miró extrañado por encima de los lentes, frunciendo ligeramente el ceño.
-¿Cuánto está dispuesto a pagar?
-Lo que me pida.
-Deme cien. Bastará.
Con su tesoro debajo del gabán se enfrentó a la lluvia, las luces y la gente. Corría lleno de excitación. Varios años de búsquedas habían dado sus frutos, y la clave para resolver el enigma descansaba entre su pecho y su mano, junto a la bufanda de lana gris. Su tentación era apretarlo, como se aprieta el brazo de alguien querido, o una moneda ganada con esfuerzo, o una piedra preciosa, aunque sabía que tenía que tratarlo con la misma delicadeza que si estuviera hecho de azúcar, como aquellas figuras que compraba de niño. Al llegar a su casa levantó el auricular y marcó un número de teléfono.
-Pérez. Por fin tengo algo para usted. Podrá encontrarlo frente a mi puerta, mañana por la mañana. Busque a esa persona. Cuando sepa quién es, llámeme. Le ingresaré la cantidad convenida.
Se sentó frente a la ventana de su salón, desde la que veía día tras día la calle más concurrida de la ciudad sin reconocer jamás un rostro. El retrato permanecía sobre la mesa, junto a él. Lo desplegó de nuevo y se vio a sí mismo en ese tiempo antiguo en que era alguien con un nombre que desconocía, en ese tiempo perdido que había huido de su mente. Pensó que quizás ahora supiera de una vez quién era esa persona que había habitado en él tantos años, desde ese niño que se recordaba comprando figuras de azúcar hasta este viejo solitario que hoy intentaba reencontrarse a sí mismo.

José Juan Faces

miércoles, 23 de diciembre de 2009

El terremoto


El oído humano prácticamente es sordo, cualquier especie animal lo supera en ese sentido. Ocurrió una noche que Frank dormía y sus ojos se abrieron de golpe. Pero, ¿y sus oídos? ¿Dónde estaban sus oídos cuando los de su perro -Ron- hacía media hora que le habían hecho poner pies en polvorosa, y se situaba alerta bajo la viga maestra de la puerta del baño?: el sitio más seguro de la casa.
Pero Frank... Frank, mientras, gozaba del placer que le proporcionaba una señorita confundiendo el crujir de los cimientos con el sonido burbujeante de un jacuzzi, inmerso en las etéreas fantasías que para los tímidos como él solo se hacen patentes en ciertas fases del sueño. Y, que en su caso, creyó que cobraban realidad cuando empezó a vibrar el lecho donde yacía semiinconsciente y babeante. Aún se tuvo que caer la lámpara del techo entre sus pies y quebrarse sin cautela las patas del somier para que Frank creyéndose en el clímax, abriese los ojos de golpe al sentir el golpe de su cuerpo contra el suelo. Entonces gritó: ¡Ron! ¡Ron! Más que para auxiliarle, pidiéndole auxilio. Ron respondió: ¡¡guau!!! Así, Frank, guiado por el consiguiente guau corrió tambaleándose y a trompicones hacia el baño con la idea de llegar antes de que por una debilidad estructural fuese transferido al piso de abajo, más que nada porque no eran horas de molestar a la vecina.
Ron, con las orejas erguidas, no se movió. Frank no llegó a tiempo de reunirse con su amo, y de esa manera tan azarosa cayó en la cama de la señorita e hizo realidad su fantasía.

Mamen

martes, 22 de diciembre de 2009

COMUNICADO INTERNO

Lo primero es cazar a uno. Pero cuidado, esos cerdos suelen ir en bandas como los lobos y no conviene enfrentarse a ellos cuando están juntos. Por lo tanto, vigiladlos, estudiad sus rutinas: cuándo salen, cuándo entran, a dónde van, de dónde vienen, por dónde pasan. Una vez que conozcáis sus recorridos habituales, seguidlos sin que os adviertan, esperad a que se separen y continuad tras la pista del que veáis más débil. Escoged una noche oscura, un barrio alejado, una calle solitaria. Desplegaros de tal forma que cerréis cualquier vía de escape. Comprobad que no haya testigos. A un gesto de vuestro jefe, os abalanzáis todos a una. Si la pieza se resiste golpeadla, pero teniendo buen cuidado de que no pierda el conocimiento, ¡debe saber lo que le pasa! Cuando lo tengáis inmovilizado, le comunicáis la sentencia, pero sin insultos ni gritos, ecuánimes y serios, como lo que realmente somos, los legítimos ejecutores de lo que todo el mundo piensa: que estamos hartos de que nos quiten nuestros trabajos, de que asalten nuestras viviendas, de que ensucien nuestras calles, de que no sigan nuestras costumbres, de que amenacen nuestra civilización, de que miren a nuestras mujeres… Después rociadlo bien. Esto es muy importante: sin empaparlo a conciencia de gasolina es difícil que prenda. Luego le dais fuego, sacáis unas fotos y salís corriendo. Por ahora somos pocos y no conviene que nos detengan. El valor se nos supone, no tenemos que demostrarlo, sino ser eficaces. Buena suerte.

Ricardo Uriarte

domingo, 20 de diciembre de 2009

Ese nombre (microrrelato)

Eran las horas más tristes del día, el frío amanecer. Tiras de nubes rojas estriaban el cielo, mientras los primeros cafés abrían sus puertas poco a poco, dejando ver sillas volcadas sobre las mesas, oscuros interiores solitarios, expresiones pálidas de madrugadores hastiados. El hombre que fumaba se sentó en otro banco, en la plaza vacía, entre los árboles apostados a su alrededor como soldados-fantasma. Temblaba su mano al encender el fósforo para prender su enésimo cigarro, pero su mirada era resolutiva. Unos minutos más tarde se levantó, avanzó deprisa hacia uno de esos bares tristes de la calle lateral, entró y pidió un aguardiente. Luego otro. Era pronto, pero tenía ya el calor metido en el cuerpo gracias a esos tragos. Salió otra vez a la plaza, ahora teñida de un naranja pálido por los rayos del sol y, atravesándola con pasos largos, se dirigió hacia el portal que tanto había observado a lo largo de la noche. Era un portal corriente, pero durante la noche se había convertido en una boca misteriosa que le enviaba mensajes confusos, oscuros. Entró en la penumbra húmeda. A su derecha, una fila de buzones marrones. En ellos estaban escritos los nombres de los inquilinos, y en ellos buscó el hombre que fumaba un nombre que llevaba masticando toda la noche. Cuando lo encontró, un latido fuerte inició una serie retumbante en su pecho, que poco a poco se fue calmando mientras apretaba los puños y mordía el filtro del cigarro. Sí, era él. Era ese nombre maldito que le rondaba por las noches entre las sombras, por el día entre los rostros grises, el nombre que escuchó pronunciar en susurros una tarde brumosa a través de las puertas cerradas de su casa, cuando sin avisar regresó antes de lo habitual. Era ese nombre, en el mismo portal donde hace ya tantas horas la vio entrar a ella, furtiva. Ese portal por donde tendría que volver a salir, esas escaleras que no tardaría en volver a pisar para correr a la calle, regresar a un hogar hoy vacío, y mancharlo con toda la culpabilidad obscena que llevaría encima.

Se sentó en el segundo escalón, justo en medio, sacó una pistola nueva de su bolsillo y se voló la tapa de los sesos.


José Juan Faces

jueves, 17 de diciembre de 2009

"Un reloj corriente"

Una Nochevieja, Sophie, dejó de cumplir años. Quedó presa del tiempo. El caso de Sophie, se podría tildar de extraordinario, extravagante o... absurdamente cotidiano. En el escenario: una mujer y un reloj. Mejor, una mujer en un reloj.
Una mujer de carne y hueso, de raza blanca y de cuarenta años de edad. Inteligente, soltera y ansiosa por no haber tenido, a su edad, la oportunidad de ser madre.
El reloj, un reloj corriente, que durante un siglo, con un tic-tac inalterable, pasó por cuatro generaciones de una misma familia colgado de la misma pared del comedor. Nadie se desprendió de él en todo ese tiempo. Nunca se paró, porque en todo momento hubo alguien presto a darle cuerda. Un relojero suizo -Hermann- lo construyó con precisión y esmero, y un día antes de su desaparición lo vendió por teléfono a una señora, sin intermediarios. Un treinta y uno de Diciembre. La señora que lo compró era la tatarabuela de Sophie. Cuando a los pocos días se acercó a recogerlo, la relojería estaba abierta, pero por mucho que llamó al dueño, no apareció nadie. El reloj estaba encima del mostrador junto a una nota con su nombre; la señora dejó el dinero acordado sobre la mesa y se llevó el reloj.
Es Nochevieja, Sophie se encontraba sola en casa, miró al reloj nerviosa, marcaba las doce menos cuarto. Se supone que mientras suceden las doce campanadas la gente pide un deseo para el nuevo año. Y algunos lo piden desde dentro, con verdadero anhelo, mirando frente a frente las manecillas, con la esperanza de que se cumpla de inmediato. Sophie, como ya dije, estaba sola con el reloj delante, esperando oír sus campanadas. Apenas sonó la primera, desplegó su deseo por todo su pensamiento e incluso más allá de su cuerpo -no cumplir más años mientras no tuviese un hijo- y así se mantuvo con los ojos cerrados hasta que el reloj silenció su canto y reanudó el susurro de su tic-tac.
La sorpresa llegó cuando abrió los ojos y sintió que algo tiraba de su largo vestido de fiesta, era la rueda de transmisión, que con fuerza luchaba contra él para proseguir su marcha. Sophie se zafó como pudo desgarrando el vestido; asombrada miró a su alrededor, y muy asustada gritó: ¿Hay alguien aquí?, ¿dónde estoy!, ¿qué broma es ésta!
Entre el armonioso ruido de goznes, oyó una voz grave que contestaba: ¡No temas!¡Voy a tu encuentro! Era la voz de Hermann, el relojero.
Hermann era un tipo enamorado de su oficio, con un profundo deseo: tener un hijo para que lo perpetuase. Pero con un tremendo handicap: la edad. Le preocupaba no tener suficiente tiempo para criarle y enseñarle todo lo que sabía sobre el negocio y la construcción de relojes cuándo, a los cincuenta años, aún no había encontrado a la madre adecuada.
Y, en contra de toda lógica, el reloj corriente seguía funcionando; el tiempo transcurría para el resto de los mortales, pero no para los secuestrados, para los que no podían mirar sus horas frente a frente. Para los que desearon, un día, darle la espalda al tiempo en favor de sus incumplidos sueños.
Herman terminó de construir el reloj un día de Nochevieja, por la tarde lo vendió, y por la noche comprobó cómo daba sus primeras doce campanadas... con los ojos cerrados... desplegando su deseo. A continuación, abrió los ojos, y no envejeció más. A veces, los deseos tardan en cumplirse del todo, pues las circunstancias del azar no coinciden en el tiempo. Eso le pasó a Hermann. Un siglo de espera, que para él fue un día de cien años; pero la espera no fue vana, pues Sophie había llegado para completarlo.
La dicha para Sophie, se convirtió en desdicha una vez embarazada, pues no imaginaba el momento de dar a luz si las horas no corrían. Herman y Sophie que ahora lo tenían todo, desearon fervientemente poder envejecer, salir de la cárcel del tiempo. Cavilando, Herman, decidió invertir la situación; con habilidad de relojero soltó la esfera y la giró hacia dentro. Un treinta y uno de Diciembre. De nuevo y felizmente, ahora, los segundos, los minutos y las horas les restaban vida. Restar para sumar -contradicción humana.
El estado de gestación avanzaba y, en el mismo momento del alumbramiento, las dos tapas del reloj se abrieron; Sophie y Herman tuvieron que cubrirse los ojos con las manos, cegados, al sentir la intensa luz que entraba por la ventana del comedor.
Nadie sabe cómo ocurrió. Ni ellos mismos. Cosas más raras y, por ello, no menos creíbles han sucedido en el transcurso de la existencia humana –pensó Hermann. Mientras Sophie abrazaba con auténtico amor a su hijo, Hermann se afanó en reconstruir el reloj. La vida -dijo- ha de continuar.

Mamen

¡¡Feliz Navidad!!

martes, 15 de diciembre de 2009

CUESTIÓN DE AÑOS

Tendría unos veintitantos años al cumplir los cincuenta. Delgado, fibroso, pelo abundante y negro, estaba fuerte como un toro y se cuidaba como un pura sangre. Daba gusto verlo en las marchas campestres galopar monte arriba, llegar el primero, volverse fresco como una lechuga y lanzar desde lo alto un comentario jocoso al resto de los excursionistas que aún se esforzaban a mitad de la pendiente. “La juventud está en el corazón, amigos míos” les explicaba cuando entre jadeos llegaban a la cima. En tales ocasiones, su mujer solía menear la cabeza.
Tendría unos treinta y tantos al llegar a los sesenta. Aún delgado, empezaba a resultar gracioso cuando, entre toses y colorado como un tomate, trataba de emular sus pasadas hazañas montañeras. Sí, empezaba a resultar gracioso y quizás hasta un poco ridículo, pero en las fiestas seguía siendo el rey y no cejaba en el empeño de divertirse hasta que los primeros rayos de sol despuntaban en el horizonte y coronaban su cabeza de pelo ya un tanto escaso. “Cuestión mental, creedme, cuestión mental” decía entonces a sus amigos que se desparramaban pálidos y silenciosos por los sillones, mientras su mujer contemplaba ensimismada algún punto perdido de algún perdido pasado.
Tendría unos cuarenta y tantos al traspasar la barrera de los setenta. Fue entonces cuando empezó lo malo. Ya no era plato de buen gusto para nadie reparar en su delgadez, en su fortaleza en ruinas, en las muecas que pretendían ser risas y, sobre todo, en esos ruidos que a veces le salían del pecho y que parecían llenar de babas sus palabras. Sí, entonces empezó lo malo; pero lo peor llegó más tarde, sólo un poco más tarde, justo cuando cumplió los ochenta. Apenas un bulto bajo las mantas, el rostro amarillento, los ojos hundidos, la mirada aterrada, murió musitando perplejo que todavía le quedaba media vida por delante.
Dicen que su ex-mujer, al conocer la noticia, meneó la cabeza y contempló entre lágrimas algún punto perdido de algún perdido pasado.

Ricardo Uriarte

domingo, 13 de diciembre de 2009

El hijo

El hombre levantó el visillo como todas las mañanas. Fuera llovía, pero algo menos que el día anterior. A través de una niebla espesa pudo distinguir a las dos o tres vacas de siempre, que parecían dirigirse solas y sin titubear demasiado a un lugar conocido y cercano.
Lo primero que hizo fue encender el fuego. Prendió con decisión un par de hojas de periódico, las acercó al montón de astillas que había situado al fondo de la lumbre, sopló sobre ellas, y cuando empezaron a arder, las rodeó por detrás con parte de los troncos que almacenaba debajo de la pila. Después, tapó el fogón con el gancho.
El hombre preparaba la leña todos los años al comienzo del invierno. Recogía del monte los troncos que le correspondían como vecino del pueblo. Los cortaba con la motosierra que le había prestado el cura y los apilaba delante de la cuadra. Pero aunque no hubiera tenido la motosierra del cura, hubiera podido hacerlo con el hacha. Con su hacha de toda la vida, que mantenía limpia y afilada.
El hombre tenía ya ochenta años o más. Pero era capaz de ocuparse de calentar la casa, de preparar la comida de cada día, y de cuidar él sólo de su único hijo.
Cuando acababa de poner a hervir el cazo de la leche, escuchó ladrar a los perros. El viejo salió a abrir de mala gana.
- ¿Qué tal se ha levantado hoy?, preguntó la mujer, también vieja pero no tanto como el hombre.
- Bien. Ahora mismo iba a prepararle el desayuno, contestó el viejo sin mirar a la cara a la vieja y sin separarse de la puerta.
- ¿Quieres que te ayude a bañarlo?
- Ya le bañé ayer. No hay por qué estar bañando a nadie todos los días, respondió el hombre de mal humor. - Y no sé cómo tengo que decirte que me basto y me sobro yo solo para bañarlo cuando haga falta - , y esta vez sí clavó su mirada desafiante en la mirada de ella.
- Bueno, hombre, tampoco hace falta que te pongas así. El cura nos ha dicho que te echemos una mano cuando podamos.
- Maldito sea el cura y su santa madre, gritó el viejo cerrando de golpe la puerta en la cara de la mujer.
No tendrá uno bastante con lo que tiene para tener que aguantar encima al maldito cura y a esas brujas beatas, pensó mientras atrancaba la puerta con el cerrojo y cerraba los postigos de la ventana.
Cuando sintió la oscuridad o el golpe de la puerta, o el ladrido de los perros o el grito de su padre, el hijo empezó con los gemidos. Al principio muy suavemente, como siempre. Siempre al principio parecían más los gemidos de un animalillo enfermo que el quejido de un hombre. Siempre gemía durante mucho tiempo, y cuando parecía que ni él ni nadie podría seguir manteniendo ese gemido durante más tiempo, que se había agotado de tanto gemir o que ya no le quedaban resuellos para continuar gimiendo, que aquello se había acabado de verdad, empezaba a gemir con más fuerza. No eran exactamente gemidos como los de cualquier ser humano, eran ruidos que brotaban en ese momento de lo más profundo de su garganta, pero que parecían haber surgido mucho antes de un lugar muy oscuro de su cerebro. Su cerebro era incapaz de expresar nada que no fuera su desesperación mediante aquellos sonidos, desesperación por no poder decirles a todos lo desesperado que estaba y que había estado toda su vida. Porque todos sabían en el pueblo que aquel pobre hijo, para su propia desgracia, era perfectamente capaz de sentir y de pensar como cualquiera de ellos. Y cada vez que escuchaba aquellos gemidos, el cura, que vivía puerta con puerta con el padre y con el hijo, sentía que su fe no era inquebrantable. Y las vecinas beatas preferían no hacerse preguntas sobre la justicia divina, y se limitaban a santiguarse y a pedirle a Dios en sus oraciones que se acordara de una vez de aquel pobrecillo.

FIN

Me doy cuenta de que el relatillo no es todo lo optimista que cabría esperar de cara a las navidades. En realidad intentaba escribir un microcuento desenfadado de menos de cien palabras para el blog, pero me ha salido ésto. Espero que sepaís perdonarme.
Un beso para todos, hasta el martes.
Isabel O.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Cuentos paranoicos: " Burra"

Cuentos paranoicos

“BURRA”

Soy tipo decidido y con las ideas claras. Había leído de forma casual al principio y enfebrecida después las “Enseñanazas de D.Juan” y el resto de libros de Carlos Castaneda. Aquello cambió mi vida, entendí lo que era un guerrero del conocimiento y lo que es más importante las técnicas para avanzar en los caminos que nos convierten en seres distintos y singulares. Soy hombre metódico y apunté las características y técnicas más importantes a seguir. Destaco de forma desordenada, porque aunque metódico soy también vago, las siguientes:

- Las marchas de poder.
- Los trabajos inútiles para eliminar la importancia personal.
- El contacto con la Naturaleza.
- El tener a la muerte como compañera detrás del hombro izquierdo.
- La transgresión del yo en situaciones límites.
- La importancia de los compañeros en el viaje.
- La obediencia a D.Juan en todo tipo de situaciones de vida o muerte.
- La importancia del guerrero.
- La despersonalización.
- Los gritos y el sonido como forma de autotransporte a otras realidades.
- Perder la forma humana.
- Los linajes de guerreros.

Y un largo etcétera de consejos sabios y percepciones sutiles sobre la Naturaleza humana. Solo me faltaba en mi soledad encontrar sitio donde iniciar semejante andadura. Tuve suerte por mi situación geográfica, vivía al lado de la ciudad de Ronda. No lo dudé, entendí el mensaje, soy hombre decidido, me apunté en La Legión.
Y allí no hizo falta mucho tiempo para iniciarme en estos secretos. Me despersonalizaron nada más llegar, fue visto y no visto, me cortaron el pelo al cero y me uniformaron, adiós a mi importancia personal. Se exigía obediencia ciega al mando, siempre sabio e inescrutable en sus decisiones. Largas marchas me acompañaron esos días inolvidables, llenos de trabajos inútiles como aquellos kilómetros también inolvidables cavando zanjas y más zanjas para luego volver a taparlas. Cantando el hermoso himno de la legión que empezaba con aquellas iniciáticas palabras. “Soy el novio de la muerte...”. Era más que llevarla detrás del hombro izquierdo, era ennoviarse, aquello era demasiado. Aquí la importancia del guerrero era total, éramos seres privilegiados que vivíamos aventuras extraordinarias siempre acompañados de los linajes de guerreros que nos antecedieron y que de forma tan bella se nos exponían en los cuadros que vestían las paredes del cuartel. El compañerismo, el encuentro con el otro, convenientemente despersonalizado eran profundos, amores de camaradas en veladas acampados al descubierto donde ingeríamos si no peyote, todo lo que encontrábamos y teníamos a mano, que era abundante, muy abundante, de calidad y siempre de contrabando. Que al final no había vegetal que no hubiera pasado por nuestras pipas en nuestra busca inagotable de experiencias. Los gritos y las meditaciones eran continuas, el pensamiento se detenía ante el poder de aquellos mantras que aún no se me han borrado: “!Un, dos!, ¡Un, dos!, ¡Un ,dos!..., millones de veces repetidos hasta el agotamiento. !Un, dos!, !Un, dos!, !Un, dos!, !Un, dos!..., y que decir de la transgresión, eran continuas, la forma humana de la que hablaba Castaneda, desaparecía, vaya que si desaparecía, cagábamos y meábamos como los mulos, en cualquier sitio, y follábamos como los mulos, o sea en cualquier prostíbulo y si estaba lejos como los mulos, cogíamos a la burra que ya por aquel entonces en nuestra andadura no diferenciábamos bien, tal era nuestra capacidad de navegar por todo tipo de realidades nada ordinarias. Y bastaba con decir en una situación comprometida ¡A mi la legión! Y vaya que si se armaba. Eramos capaces entonces de pasar a toda una población a otra realidad, vaya que si pasaban. Me lo pasé de puta madre, nadie sabe lo agradecido que le estoy a Castaneda que pusiera luz a mi vida y a mi espíritu, puro espíritu legionario.

Juan G.I.

jueves, 10 de diciembre de 2009

LoMalo

Nacho Kaikías

Había Uno que veía todo LML y se enfadaba muchísimo. Se desesperaba cada vez que LML surgía en una conversación. Alzaba la voz indignado, indignadísimo, con una indignación que nadie ponía en duda y que le hacía subirse por las paredes –como a Fred Astaire, pero sin arte-. Se indignaba porque LML le parecía indignante y no podía evitarlo. Acaparaba las conversaciones y las agotaba a base de frases lapidarias, de esas que se ponen sobre las tumbas o sobre los monumentos para que quede para siempre jamás clarísimo lo que tenía que ser dicho y para que ya a nadie nunca jamás se le ocurra añadir ni una sola palabra sobre lo ya dicho.
Es verdad que perdía un poco los papeles con sus diatribas, aunque lo justificaba por lo indignante que llegaba a ser siempre LML. Escribió artículos en los periódicos, libros enteros, produjo películas, dio conferencias, creó hasta una asociación para la gente que, como él, no soportaba LML, con su espacio en Internet y todo, y así fue como acabó relacionándose sólo con gente como él, dedicadas plenamente a LML.
Con tantas energías empleadas en indignarse contra LML, apenas disponía de las pocas que le sobraban para disfrutar de LBN. El espacio mental que ocupaban todas sus poderosas razones para indignarse contra LML, apenas dejaban un pequeño y apartado rincón para LBN y el tiempo destinado a estar profundamente indignado con LML fue consumiendo el de su propia vida, por lo que apenas disponía de un corto e incierto futuro para LBN, lo que acabó por hacerle reflexionar.
Puesto que Uno podía elegir –menudo poder- entre LML y LBN, así lo hizo y tomó la decisión de fijarse más en LBN, dejando un poco de lado LML. No cambió de repente, claro, porque en todo lo relacionado con la costumbre los humanos no caminamos, nos arrastramos como gusanos y tropezamos cuando dudamos, pero a medida que su interés fue inclinándose por LBN, a pesar de LML, y en la misma proporción en que fue destinando sus energías a LBN, a pesar de LML y, aunque parezca mentira, del mismo modo que su tiempo lo iba pasando cada vez más y más con LBN, a pesar de LML, como no podía ser de otra manera, su vida fue cambiando paulatinamente de LML a LBN.

martes, 8 de diciembre de 2009

" El latido"

A Edgar no le quedó más remedio que volver a la casa donde pasó su infancia, esperaba terminar en un día los trámites con el comprador y olvidarse de ella para siempre.
Todo el viaje lo pasó con una opresión en el pecho, sentía que no le llegaba el aire a los pulmones; en seis horas de traqueteo continuo del tren, no consiguió dar ni una cabezada, y ese latido... ese latido se acentuaba cada segundo que pasaba. Después de treinta años volvía a sentir que el oído le palpitaba como si tuviese pegado un corazón.
Llegó a la casa y la encontró medio en ruinas, el jardín parecía un bosque, nadie se había ocupado desde que sus padres decidieran, al morir su hermano pequeño, mudarse a la ciudad.
El recuerdo le atenazaba, Edgard daba vueltas alrededor de la casa sin atreverse a entrar. Cuando la noche se le vino encima decidió enfrentarse al pasado. Prendió un quinqué y subió -lento, alerta, con los ojos puestos en todos los rincones- al dormitorio que había compartido con su hermano. Aún guardados en un cajón encontró algunos juguetes y un guante de lana desparejado. Cogió el guante. Al insinuar los dedos en él, por el cristal roto de la ventana entró una ráfaga de aire helado que se le pegó a la piel. Edgard tiritaba. Afuera, el murmullo de las hojas crecía y se dejaba sentir dentro. Era como si un árbol anunciase a otro de su llegada y así, uno a uno, saliese de su letargo. El silbido del viento entre las ramas llegó a hacerse atronador hasta despertar el latido. Ese latido que, ahora, tomó fuerza y con un martilleo constante sintió que le horadaba poco a poco la razón.
Edgard retrocedía despacio hacia la puerta cuando la corriente de aire la cerró de golpe y apagó el quinqué. Sintió como un vahído en lo invisible de la oscuridad; los brazos le pesaban, le costaba respirar, tenía la boca seca, quería salir de allí cuanto antes, pero sus pies eran plomo. A duras penas consiguió cambiar en su bolsillo el guante por los fósforos. Cuando atinó a encender otra vez la llama, abrió la puerta con sigilo y permaneció inmóvil: un instante de puro silencio que fue capaz de apretarle el pecho hasta dolerle; entonces, alumbró el pasillo y bajó al jardín.
En el jardín, el latido se recrudeció, le retumbaba más y más a medida que se aproximaba al viejo olmo, hasta el punto de soltar el quinqué y apretarse con fuerza la cabeza entre las manos cuando, dentro de ella, el latido dio paso a la voz de un niño que repetía: ¡No me obligues a saltar, tengo miedo!
Edgard pálido y bañado en sudor, temblaba, giraba el cuello hacia todos los lados; con los dedos taponaba sus oídos y con los ojos, al borde de las órbitas, no dejaba de buscar al dueño de la voz.
Cuando creyó que le iba a estallar el cerebro, le estalló la garganta:¡¡Perdóname, perdóname...!! –suplicó.
Las hojas en la arboleda quedaban quietas. La tenue luz del quinqué se proyectaba en el olmo y alargaba su sombra hasta tocar a Edgard, de forma que pareció consolarle cuando agachado, lloraba como un niño arrepentido mientras se decía en voz baja una y mil veces: “Tu corazón latía y te abandoné”.

A la mañana siguiente Edgard vendía la casa y subía al tren. En el camino de vuelta por primera vez en mucho tiempo sintió calma. El corazón que latía en su oído le pareció que había pasado a fundirse con su corazón. Sacó el guante del bolsillo y lo estrechó entre las manos.

domingo, 6 de diciembre de 2009

AÚN NO HABÍA ANOCHECIDO DEL TODO

Aún no había anochecido del todo. A pesar de la lluvia, que caía lenta e incansablemente sobre la vieja ciudad, el frío era insoportable.
La plaza era tan vieja como la misma ciudad. Todavía quedaban algunos edificios derruidos por las bombas. Por detrás de los soportales, la mole negra de la catedral, con sus agujas doradas y sus vidrieras multicolores, permanecía milagrosamente intacta. A su alrededor, los cafés y comercios de toda condición, escasamente iluminados, se veían sin embargo llenos de vida. En el suelo, empedrado y resbaladizo, quedaban todavía algunos restos de cucuruchos de papel de periódico arrugados, pieles de castañas asadas, plumas de gallina, hojas de col y naranjas podridas, vestigios del mercadillo que se celebraba todos y cada uno de los viernes del año en aquella plaza, que no en vano era conocida por los habitantes de la ciudad como la Plaza del Mercado.
En ese momento, un hombre atravesó el puente de hierro sobre el río a punto de desbordarse, cruzó los adoquines mojados de la plaza con pasos rápidos y largos, y sin dudarlo un instante, accedió al Café de Occidente a través de la puerta giratoria de madera. El hombre, de mediana estatura, facciones finas y labios apretados, vestía una gabardina oscura y cubría parte de su rostro con un sombrero de ala negro.
Desde la plaza, a través del cristal empañado del café, y entre los escasos huecos que dejaban las cabezas de los numerosos clientes que se guarecían del frío de la calle y el de sus propias casas hasta el momento de ir a dormir, podía verse el perfil del hombre del sombrero. Yendo y viniendo del servicio de caballeros hasta la barra, de la barra a la centralita telefónica, fumando sin parar, apurando una copa tras otra, pendiente de su reloj y del reloj de la pared, buscando continuamente a alguien con la mirada, aunque absolutamente nadie parecía percatarse de su presencia en aquel café tan concurrido.
Por fin, el hombre consiguió hablar por teléfono con quien deseaba hablar. Demudado y con la cara muy pálida, pero sin perder un ápice de su aplomo al caminar, tomó asiento en una esquina de la barra, y pidió al camarero una última copa.
En ese mismo momento, otros dos hombres bastante menos elegantes que el hombre del sombrero llegaban a la Plaza del Mercado, dispuestos a cumplir con la tarea que les había sido encomendada. Nadie desde la plaza hubiera podido distinguir aquel par de rostros inexpresivos y silenciosos a través de las ventanas empañadas de su coche negro. Pero los dos hombres sabían perfectamente lo que tenían que hacer, porque era su trabajo y porque lo habían hecho ya muchas veces.
El hombre del sombrero también lo sabía. Había intentado evitarlo desesperadamente hasta el final, pero no había podido conseguirlo. También sabía que sería mucho mejor para él quedarse sentado de espaldas en aquel taburete de madera del café de Occidente. Así, todo sería menos complicado para los dos hombres, y por lo tanto, más rápido y más fácil también para él. Al hombre le temblaba ligeramente la mano cada vez que se acercaba el vaso de ginebra a los bien perfilados labios. Pero por fin, a través del espejo, pudo ver el reflejo de los dos hombres que protegidos con gabardinas oscuras como la suya, y medio ocultos los rostros por sombreros de fieltro casi iguales al que él llevaba puesto, traspasaban la puerta giratoria de madera sin dudar un momento, atravesaban las baldosas de piedra del café con paso rápido, y buscaban instintivamente su nuca con mirada decidida.
Al menos, al hombre del sombrero le dio tiempo a apurar su ginebra de un solo trago.



Ahí os va mi segunda piedra. Esta vez no pongo título para que luego no digaís que titulo mal. A ver si os animaís los demás. Un beso para todos (incluído el ya entrañable Ricardo Uriarte). Nos vemos el otro martes.
Isabel O.

martes, 1 de diciembre de 2009

COMO POR ARTE DE MAGIA

Es difícil de creer, pero fue un cambio rápido, de golpe, en un abrir y cerrar de ojos. Al principio, tenía una hoja larga y limpia, y un puño y un brazo y un pecho henchido sobre el que se alzaba una cabeza de pelo encrespado. Pero eso fue al principio, durante unos segundos que parecieron hacer eternos la respiración de la olla y el goteo del grifo en el fregadero; luego, de golpe, en un abrir y cerrar de ojos, sesgó el aire al encuentro del grito. Ahora ya no tenía el puño, ni el brazo, ni el rostro afilado con barba de unos días; ahora tenía la hoja sucia y hundida, y la empuñadura al aire, entre dos pechos pequeños, redondos, todavía duros, a un palmo de una melena negra desparramada por el suelo y de un bonito lunar en una mejilla carnosa, cada vez más pálida. Es difícil de creer; lo sé. Pero fue así, tal y como os lo cuento, mientras del patio llegaban los ecos de las charlas de los tendales: un cambio rápido, de golpe, en un abrir y cerrar de ojos, como por arte de magia.

Ricardo Uriarte