viernes, 19 de marzo de 2010

“La trapecista"


- Hola, qué tal estás...
- bien, bien... un poco sorprendida... creí que no...
- ... que no te llamaría... yo tampoco lo creí...qué quieres beber...
- anís con hielo...
- ...umh...por favor, un Marie Brizard con hielo – le pidió él- no has cambiado... por lo que veo sigues en el trapecio...
- sí... bebida de trapecista... pero eso ya no tiene gracia...
El público medio llenaba el bar, las luces envueltas de un humo blanco como cortinas se descorrían y la alumbraban de frente.
- siento mucho lo que sucedió -ella miró al suelo y él carraspeó antes de seguir hablando- me volví loco...
- sí... que absurdo, en un momento se pierde la razón y no lo puedes evitar... -bebió un sorbo y el frío del trozo de hielo se le pegó a los labios mientras sintió que el calor del líquido le atrapaba la garganta.
- ... incomprensible... yo... me arrepiento... no me lo explico...
- es absurdo arrepentirse... lo hecho, hecho está...-siguió ella.
- pero...me arrepiento de verdad, no volverá a ocurrir -dijo medio ahogado, con la angustia del que cree que va a morir y se resiste- te pido otra oportunidad...
Las luces detrás del humo negro ocultaron su rostro, ahora él pareció invisible.
- en el trapecio no hay otra oportunidad... -contestó ella en un susurro, luego apuró la copa, el hielo diluido no le golpeó, esta vez, los labios; ahora sintió de verdad que el licor le quemaba el estómago.
- pero... yo te...
Sin dejarle continuar, ella continuó:... no hay red... ni miedo porque sabes de antemano lo que puede ocurrir...
- te prometo, te juro que...-replicó desesperado.
el bar pareció vacío, mudo, claro, sin humo, la luz resplandecía con toda la fuerza de sus vatios iluminando a ambos y ella siguió hablando como si no le oyese.
- ... sabes que si caes no existe otra oportunidad... entonces se levantó de la silla y salió, el bar se llenó de indiferencia, el público parecía que no miraba a ningún lado y las luces palidecieron tras la cortina de humo.
- pero...yo te...te juro que... –repitió él sin moverse cuando ella se balanceaba, ya, en el aire de la noche.

mamen

martes, 16 de marzo de 2010

El cofre

Mi venerado abuelo murió mucho antes de nacer yo. Tenía exactamente mi edad de ahora. Solo queda de él esta gran caja de madera, que utilizo de asiento ante la tabla que hace de escritorio. Aunque no lo conocí, su presencia invadió los años de mi niñez. El abuelo había salvado a mi papá de las garras del hambre. Algo oscuro había sucedido en la gran ciudad tras la colina a la que nunca me llevaban. Una gran casa había sido destruida por rayos y centellas. Y el niño que mi padre fue y las niñas que habían sido mis tías sufrieron el frío, el miedo y el dolor que yo, gracias al querido abuelo, desconocía y desconocería siempre.

Cada taza de chocolate que en mi merienda servía la doncella era azucarada con la presencia del hombre que una mañana había salido de las ruinas de su casa tras despedirse de los suyos. Aquel que había sido “robusto como un roble” y que ahora estaba quebrado bajo sus andrajos, había caminado todo el día atravesando los bosques nevados que yo podía ver allí, a lo lejos. Mi abuelo iba descalzo aunque sus pies estaban llenos de llagas y yo nunca, pero nunca jamás, debía quejarme de mis bonitos zapatos de charol. Sus manos eran trozos de carne podrida que casi no podían sostener un pequeño maletín donde llevaba el único collar de la abuela rescatado de las llamas.

Fuego, niños llorando y un hombre grande pero roto a pedazos que caminaba entre las llamas y trepaba por laderas heladas, y que seguía caminando hasta un casino. La primera vez que salió esta palabra en la historia construida a retazos tras la merienda, me eché a reír. Mi padre me pegó en el cogote. Un golpe seco que convirtió la divertida casita que había imaginado mi mente en un lugar tenebroso que se tragaba a mi abuelo, con sus trozos de piel y de carne cayendo detrás de él. Nadie entendía como había conseguido burlar a los guardianes a pesar del pavor que causaba y esconder tras sus ropas que se caían a pedazos los pedazos de sus propios brazos. El picor de los encajes de mis camisas de lino debía servirme para agradecer eternamente esta proeza al gran hombre que había sido mi abuelo. A mi me hubiera gustado también caminar hasta la ciudad sin zapatos y sin encajes, pero que ni se me ocurriera alejarme mas allá de la cerca del río. Un domingo, sin embargo, me atreví a esconder allí los zapatos y caminé unos pasos, pero me volví enseguida, pues no acababa de comprender qué tipo de hazaña debía hacer en ese lugar de nombre tan irrisorio.

Contaban que él había estado allí toda la noche y fue al amanecer cuando le vieron regresar tambaleándose por el peso de un gran bulto. Era el cofre que adorna nuestra entrada, decían, ese que tanto me gustaba. Y que, gracias a él, yo podía tomar tantos chocolates y de mayor podría estudiar lo que quisiera y tener todo lo que me apeteciera. Le vió primero la tía María, que era de la edad mía entonces, desde la ventana de lo que quedaba de cocina. La tía Rosa decía que también ella había sido la primera, que pudo verle con el brazo que aún tenía algo de carne arrastrando la caja. Que el abuelo gritó llamando a mi abuela, decía mi padre, y que no hiciera caso a las tías, que el primero había sido él, aunque era mucho mas pequeño que yo. La tía Ernestina que ella no pudo verlo pues era un bebé, pero que sabía que el abuelo se subió al cofre bajo la nogala y que todos le vieron arrojar una soga sobre la rama y anudarse a ella. Y que no se atrevieron a salir hasta que el sol se alzó tras los montes e iluminó al abuelo, lo que quedaba de él, decían, colgado del árbol y a aquel cofre gracias al cual yo podría hacer de mi vida lo que desease. Como subirme a él y lanzar una soga por esa viga.

MARIAN

viernes, 12 de marzo de 2010

Aunque la mona se vista de seda


Los temores habían sido derrotados por fin. Se había pasado la noche en vela dándole vueltas al asunto y lo había decidido. Al menos esta última vez vencería los miedos que le habían amarrado durante toda su vida.
De una forma sorprendente, incluso para el mismo, había barrido con determinación los últimos rescoldos de duda y lo había dejado zanjado. Sería ese mismo día.
Se levantó y aún en pijama encendió el ordenador y entró en las dos cuentas que tenía. 42.439 € en total. El fruto de toda una vida de ahorros.-El seguro para la jubilación- Pensó con rabia mientras una sonrisa amarga aparecía en su boca. Hizo un traspaso y todo quedó en la misma cuenta.
A continuación miró el correo. Mandó un par de mensajes esquivando los típicos compromisos más cargados de cortesía que de amistad y lo cerró para no volverlo a abrir nunca más.
Se vistió, salió a la calle y se sintió ligero y casi feliz. Ni siquiera le dolía el costado. Le costó encontrar donde poder comprar langosta y caviar. El champán fue más fácil. Falto de experiencia y decidido como estaba a hacerlo a lo grande simplemente fue escogiendo lo más caro. Después le tocó el turno a la ropa. Smoking con camisa de seda, abrigo negro de lana, bufanda blanca, también de seda, y zapatos de marca. Ya al salir de la tienda añadió al lote una bata de seda color burdeos con unas zapatillas a juego que lucían una especie de escudos heráldicos. Por primera vez en su vida firmó sin mirar ni el desglose ni el total.
Tras dejarlo todo en casa se acercó a su sucursal habitual. Pensaba haber dejado unos diez mil euros para los gastos, pero envalentonado por las compras anteriores decidió sacarlo todo y vengarse del banco. Qué poco ocupaban siete millones de pesetas en billetes de quinientos euros. De vuelta para casa entró en una cuchillería. En principio atrajo su atención un puñal japonés por su aire épico y exótico, pero al final se decidió por el barroquismo de una navaja barbera con cachas de nácar. Tenía tacto de seda y un filo con brillo de muerte digna.
Entró en el casino decidido a terminar pronto. Al fin y al cabo lo difícil era ganar. En la primera hora perdió treinta mil sin que se le moviera un pelo. Sólo acariciaba las cachas de nácar de la navaja en el bolsillo entre jugada y jugada… Y disfrutaba, disfrutaba como nunca viendo la cara de admiración que suscitaba su aspecto aristocrático y distante. Y la elegancia con la que perdía. Además el costado seguía sin doler.
Después la suerte dio la vuelta y comenzó a ganar. Cuanto mas arriesgadas y absurdas eran las apuestas mayores eran las ganancias. Empezó a dar propinas ingentes a los crupieres y a hacer regalos inmensos a sus compañeros de juego, pero como por arte de magia sus ganancias seguían aumentando.
Cuando aparecieron los dos primeros muchachotes se le disparó la alerta. Palpó la navaja en el bolsillo, pero había dejado de ser un talismán cómplice para transformarse en un objeto absurdo. Al aparecer tres más, quedó claro que controlaban discretamente sus acciones mientras cuchicheaban entre ellos. En el momento en que el que parecía el jefe comenzó a hablar con determinación a la solapa del traje se dio por derrotado. Recogió sus ganancias sin contarlas y enfiló la salida procurando hacerse transparente.
Cuando llegó a casa, en un último intento de seguir con el plan previsto, abrió una botella de champán y se sirvió una copa para darse ánimos. Cogió la navaja y ceremoniosamente la colocó en su caja junto a la bañera. A continuación se quitó el smoking y se enfundó la bata de color burdeos y las zapatillas a juego. Se acercó a la bañera, puso el tapón y abrió los grifos para su último baño de agua caliente.
Al levantarse y ver la navaja de cachas de nácar en su caja de seda negra a los pies de la bañera se le encogió el estomago y tuvo que salir a buscar más champán. Se bebió una copa sin respirar, pero el ruido del agua cayendo a chorro en la bañera y el recuerdo de la navaja con cachas de nácar en su caja de seda negra le hicieron prescindir de la copa para seguir bebiendo a morro. Al terminar la primera botella entró en el baño y cerró los grifos sin mirar a la navaja. Cuando la segunda botella iba mediada el dolor en el costado apareció. Primero de forma tenue para hacerse pronto insufrible. Ya entre brumas recordó que se había saltado dos tomas de la medicación. Fue hasta la mesita donde tenía su farmacia particular y en un arranque de desesperación comenzó a tragarse las pastillas de todos los frascos empujándolas a base de champán.
Lo encontraron muerto a los tres días. Estaba tendido en la alfombra del salón, vestido con la bata color Burdeos y envuelto en su propio vómito.
La policía vio la langosta, el caviar y el champán en la nevera. También vieron el abrigo negro de lana con los bolsillos repletos de billetes y la medicación para cáncer de hígado con la que al parecer se había suicidado dado que todos los frascos estaban vacíos. Y llegaron a la conclusión de que le habían dado calabazas en su última juerga y la desesperación le había llevado al suicidio. Lo único que no encajaba era la navaja con cachas de nácar que encontraron en el baño. Estaba dentro de una caja con forro interior de seda y la tapa abierta como en una ofrenda. Pero colocada sobre un extremo de la bañera, no encima del lavabo o en el armario, donde por otra parte había varias cuchillas desechables y una de ellas claramente usada.

César

sábado, 6 de marzo de 2010

EL CUARTO B

Les molestaban un montón. Sobre todo a mamá, al vecino del quinto B, al del cuarto A, al del segundo B y a los hermanos del primero A y B. Por lo menos eran los que ponían peores caras y soltaban palabrotas más gordas. Bueno, mi mamá no decía palabrotas pero miraba al techo con miradas de esas de rayos láser que hacen todo polvo, muy parecidas a las que lanzaba a mi hermana cuando llegaba tarde. Luisa, mi hermana, es mucho mayor que yo y se ha ido de casa hace un año. La echo de menos. Es muy alegre y toca la guitarra y canta muy bien. Me llevaba al parque y, mientras ella charlaba con un sus amigos y amigas, yo comía pipas o hacía dibujos en varas de avellano con una navaja que me dejaban. Me gustaba mucho hacer dibujos como los de los indios en las varas de avellano. Ahora ya no los hago porque mi hermana se ha ido, no me lleva al parque y, claro, ya no me deja nadie una navaja. La verdad es que me salían unos bastones de mando muy bonitos. La mayoría se los regalaba a los amigos de Luisa. Son muy majos, aunque fuman mucho. El vecino del quinto B no. Quiero decir que el vecino del quinto fuma mucho, pero no es majo. Por lo menos a mi no me lo parece. Es grande como un gorila, y yo creo que si quisiera podría cargarse el taxi en el que trabaja a las espaldas. A mi me da mucho miedo y cada vez que me cruzo con él en el portal quiero volverme invisible como el hombre invisible. Me da mucha envidia el hombre invisible. Eso sí que es estupendo. Ser invisible, digo. Si yo pudiera me volvería invisible casi todo el tiempo. Es una lata eso de que todo el mundo te vea todo el rato. A veces pienso que ellos se han vuelto invisibles. Pero sólo lo pienso a veces, la mayoría de las veces pienso otras cosas. Pero pensándolo mejor, creo que de nada me serviría volverme invisible con el vecino del quinto B. Ni siquiera se daría cuenta de que me había vuelto invisible y, la verdad, volverte invisible y que nadie se dé cuenta de que te has vuelto invisible es una tontería. Y no se daría cuenta de que me había vuelto invisible porque él, allá arriba como está en su altura de gorila, no se fija en nadie, ni mira a nadie, quitando a ellos que no los podía ni ver y a mi papá que como trabaja en el ayuntamiento le hace la pelota. El vecino del quinto B vive encima del cuarto B – nosotros vivimos debajo, quiero decir en el tercero B – y yo creo que ha sido el jefe de todo esto. Ni a los peores piratas y bandidos había oído yo maldiciones y amenazas tan salvajes de la selva.
El vecino del cuarto A es otra cosa. Es bajito, regordete, va siempre vestido como si fuera a una boda y anda más derecho que mis varas de avellano. Tiene un bigotito gris que parece de pelos de rata. No es que yo sepa muy bien como son los pelos de rata, pero me da tanto asco como las ratas. No sólo el bigotito, todo él. Quiero decir que no me da miedo como el gorila, sino que me da tirria nada más verlo. Aunque, la verdad, cuando era más pequeño no me caía tan mal. Pero no me caía tan mal porque entonces me cayera bien; no me caía tan mal porque mi hermana me había dicho que era cazador y tenía rifles y escopetas. Y a mi entonces lo de tener rifles, escopetas y ser cazador me pirraba. Ahora también, pero mucho menos. Mi hermana me reñía y me decía que los rifles y las escopetas son muy malos y los cazadores unos brutos. Pero, bueno, mi hermana es una chica y las chicas son así. Además ella quiere a todo el mundo y se pone muy triste cuando ve en la tele cosas sobre el hambre y las guerras. La verdad es que yo también la quiero mucho y la echo de menos. Y, al final, le he acabado dando un poco la razón. Creo que sólo se debe ser cazador cuando estás en perdido en la selva y tienes que comer o te van a comer. Y no creo que el bigotito de rata esté perdido en la selva, ni que tenga que comer carne fresca, ni que haya ningún gato por ahí que quiera devorarlo. Vamos, eso creo yo.
El del segundo B no parece un gorila, ni tiene pelos de rata, pero yo no iría con él en una expedición pirata, ni a cabalgar por las praderas. Estoy seguro de que es de los que te clavan un cuchillo mientras duermes en la litera, o te pegan un tiro por la espalda en cuanto les das la espalda. A mi me recuerda a una serpiente venenosa de las de veneno mortal. Ya sé que es un poco imposible que me recuerde a una serpiente venenosa de las de veneno mortal porque es un tío alto y fuerte, y sería más posible que me recordase a un gorila, como el del quinto, o por lo menos a un orangután. Pero la verdad es que me recuerda a una serpiente, y yo creo que me recuerda a una serpiente porque siempre que lo veo anda como arrastrándose y haciendo eses. Además tiene unos ojos enrojecidos de esos que he leído tienen las serpientes venenosas que, cuando te miran, te dejan sin poder hacer ni un movimiento y entonces aprovechan, te muerden y te meten en la sangre el veneno mortal que te mata entre horribles dolores y sufrimientos, si no te dan enseguida una cosa que ahora no me acuerdo como se llama, pero que si la bebes ya no te mueres pero la serpiente sí. A mi me gustaría mucho tener una botella de eso que no me acuerdo como se llama. La llevaría siempre conmigo por si las moscas, quiero decir, por si las serpientes. Lo que me extraña es que ellos no tuvieran botellas de eso que no me acuerdo como se llama. Lo más normal es que las tuvieran. A lo mejor tenían botellas de eso que no me acuerdo como se llama para unas serpientes venenosas de veneno mortal, pero no para otras serpientes venenosas también de veneno mortal pero de un veneno mortal diferente. Y es que debe haber muchos tipos de serpientes venenosas de veneno mortal y cada una debe tener un veneno mortal distinto y debe ser imposible tener botellas de eso que no me acuerdo como se llama para todos los venenos mortales de todas las serpientes venenosas del mundo. Y, la verdad, es una pena que sea imposible, porque si fuese posible sería estupendo beberse eso que no me acuerdo como se llama y entonces tú no te morías pero la serpiente sí. El Serpiente es muy amigo del Gorila, y tiene una mujer grandota que le encanta dar voces por el patio y sacudir las alfombras cuando pasa gente por la calle. También tiene dos hijos un poco mayores que yo, con los que no me trato porque, cada vez que me ven, me agarran, me tiran al suelo, se sientan encima de mi y no me dejan en paz hasta que digo un montón de veces que soy una niña y que me rindo.
Los hermanos del primero A y del primero B son hermanos, y yo les llamo Vinagre y Ricino porque mi mamá una vez les llamó vinagre y ricino, y a mi me gustó. Yo sabía lo que era vinagre, pero no sabía lo que era ricino, así que lo busqué en la enciclopedia de mi papá, lo encontré, lo leí y me gustó aún más, y desde entonces les llamo Vinagre y Ricino. Se parecen mucho. Los dos tienen una cabeza muy grande, una nariz muy grande, una boca muy grande y unos ojos muy pequeños que cuesta encontrar en unas caras tan grandes. Visten igual, se peinan igual y hablan igual, pero yo nunca los confundo porque uno siempre está carraspeando y el otro tosiendo. También tienen unas mujeres iguales, rubias, pálidas y con cara de haber llorado por algún disgusto muy gordo. Las mujeres son muy majas, siempre están haciendo favores a todo el mundo y se hablan entre ellas a escondidas. Y se hablan a escondidas porque Ricino y Vinagre no se hablan. Y Ricino y Vinagre no se hablan porque los primeros A y B eran de sus padres, y cuando se murieron les dejaron un piso a cada uno, pero con tan mala pata que se confundieron de mano. Los padres, quiero decir. Porque a Ricino, que vive en el primero A, le gustaría vivir en el primero B; y a Vinagre, que vive en el primero B, le gustaría vivir en el primero A. Cuando mi mamá me lo contó, yo no lo entendí muy bien y le pregunté que por qué, si Ricino quería vivir en el B, y Vinagre en el A, no se cambiaban el piso. Mi mamá me miró y me sonrió como se mira y sonríe a los niños y a los idiotas, y me dijo algo sobre “las cosas de familia”. Yo le pregunté que qué era eso de “las cosas de familia”, pero entonces mi mamá dejó de mirarme y de sonreírme, y se puso a mirar por la ventana. Yo me quedé muy intrigado y, al día siguiente, busqué eso de “cosas de familia” en la enciclopedia de mi papá, pero allí sólo venían “cosa” y “familia” pero no venía “cosas de familia”. Así que todavía no sé muy bien que es eso de “cosas de familia”. Para mi que lo que pasa es que Vinagre quiere quedarse con su piso y también con el de Ricino; y Ricino quiere quedarse con su piso y también con el de Vinagre. O, a lo mejor, es porque son hermanos, se tienen envidia y les gusta hacerse la vida imposible. No sé, la verdad. Lo que yo pienso es que si mi hermana quisiera vivir en el piso donde yo vivo, y yo quisiera vivir en el piso donde vive mi hermana, yo le cambiaría el piso a mi hermana. Aunque, en realidad, lo que a mí me gustaría es vivir con mi hermana.
A mi papá no sé si le molestaban mucho, poco o nada. A mi papá es que no hay quien le entienda. Yo sólo he tenido un papá pero, la verdad, por lo que he visto en las películas y he leído en los libros, a mi me parece que mi papá no es nada papá. A mi me parece que un papá es papá cuando te regala juguetes, te ayuda a hacer los deberes, te habla, te riñe y se pone pesado con lo de que tienes que estudiar y obedecer a mamá y a los profes. Y mi papá me regala juguetes, pero no juega conmigo, ni me ayuda a hacer los deberes, ni me habla, ni me riñe, ni se pone pesado con lo de mamá y los profes. Yo creo que para mi papá sí que soy invisible como el hombre invisible. Y mi mamá invisible como la mujer invisible. Yo creo que para mi papá todo es invisible en casa. O puede que mi papá quiera ser invisible como yo, y cree que la mejor manera de ser invisible es hacer como si todo el resto del mundo fuese invisible. Pero si lo cree así se equivoca porque yo le veo muy bien: siempre que llega a casa se sienta en el salón, coge la enciclopedia y se pone a leer. La enciclopedia tiene como veinte tomos y, desde que le conozco, va por la A. Cuando está leyendo pone la misma cara que yo pongo en el colegio cuando nos ponen a estudiar o nos ponen a mirar las lecciones de los profes. Parece que estás muy atento, pero en realidad estás a tu bola. Pues mi papá lo mismo: parece que está leyendo, pero de eso nada. Yo pienso en aventuras, pero no sé en que piensa mi papá cuando hace que lee. La verdad, mi papá es muy raro y muy poco papá.
Pero a mamá, al Gorila, al Rata, al Serpiente, a Ricino y a Vinagre les molestaban un montón los del cuarto B. Por eso creo que han tenido algo que ver en todo esto. No sé cómo, pero me da a mí que sí. El caso es que aquella noche estaba yo en mi habitación haciendo que estudiaba, pero en realidad pensando en que me había ido con los del cuarto B y estábamos corriendo una aventura de miedo en las tierras de las aventuras. Íbamos a pasar un río imposible de pasar, tan ancho que no se veía el otro lado, que corría que se mataba y que estaba lleno de rocas grandes y puntiagudas, y de esas cosas que tampoco me acuerdo cómo se llaman pero que tienen mucha espuma, dan vueltas y vueltas, y como te pillen te tragan y ya no puedes salir nunca y eres pasto de las pirañas. Estábamos derribando un árbol altísimo y de madera dura como el hierro con nuestras hachas de guerreros, cuando sonó el timbre de casa. Y digo el de casa porque no era el del portal, porque cuando es el del portal es que es alguien de la calle, pero cuando es el de casa es que es algún vecino y, la verdad, es muy raro que llamen los vecinos. También es raro que llamen de la calle, pero mucho más raro es que llamen los vecinos porque casi nunca llaman, a no ser que se haya ido el agua o algo esté roto en la escalera o cosas así. Lo que quiero decir es que era muy raro que llamasen los vecinos y que entonces decidí dejar la construcción de la piragua para luego y ponerme a espiar como un espía de esos que espían secretos de armas nucleares en territorio enemigo. Así que con pasos de espía me acerqué a la puerta. Los pasos de espía son pasos que no meten ruido y muy parecidos a los de los indios cuando se acercan al soldado que vigila en la noche a la luz de las fogatas el campamento de soldados, y que sólo oye el ruido del cuchillo al cortarle la garganta. Bueno, pues con pasos de espía me acerqué a la puerta, la abrí un poco con cuidado para que tampoco hiciera ruido, asomé mi ojo de espía por la rendija y me puse a espiar. ¡Vaya sorpresa me llevé!, no era un vecino, eran un montón de vecinos. Hablando con papá y mamá, estaban casi todos: el Gorila, el Rata, el Serpiente, la mujer del Serpiente y Vinagre. También estaban cuatro o cinco tipos grandes como armarios y con cara de ningún amigo, que parecían fotocopias del gorila y que yo no conocía y que así, al pronto, tampoco me dieron ganas de conocer. No estaban las mujeres de Vinagre y Ricino; ni Ricino, porque donde está Vinagre no está Ricino. Tampoco estaba el matrimonio mayor del segundo A que, de pequeñitos y graciosos que son, parecen jilgueros y dan ganas de tenerlos de abueletes. Todas las tardes pasean a un perro por el parque. Bueno, eso de que lo pasean es un decir, porque en realidad van cogidos de la manos y a trote ligero, arrastrados por la cadena de la que tira el perro con el cuello estirado, la lengua fuera y la fuerza de esos perros blancos que tiran de trineos en las tierras solitarias y frías del Polo Norte de eternas y traicioneras nieves heladas. Y tampoco estaban los del tercero A, que son una pareja joven muy simpática y que siempre está trabajando; ni el viejo del quinto A que está muerto y el piso vacío.
Bueno, pues allí estaban, unos metidos en casa y otros en la escalera, y yo me dije: “Aquí hay gato encerrado y esto sí que es digno de espiarse”. Así que cambié el ojo por el oído y puse la oreja en la rendija; pero hablaban muy bajito y no había forma de escuchar nada. Entonces salí del cuarto y me puse a andar en dirección a la cocina, como si fuese a buscar un vaso de agua y no me importara nada lo que estaban hablando, aunque en realidad sí me importase y lo del vaso de agua era sólo un astuto truco de espía para disimular y poder oír lo que decían. No había dado dos pasos, cuando mi mamá, que debe tener ojos en la espalda como los espías enemigos que capturan a los espías amigos, los torturan y los sacan información secreta, me descubrió y con un grito me mandó al cuarto. De mala gana me volví a mi habitación, pero de nuevo con astucia de espía deje la puerta abierta por si me llegaba alguna voz que me permitiera descifrar el misterio misterioso que me envolvía con su misterioso misterio. Mi mamá no tardó en asomarse, decirme que me pusiera a estudiar y cerrar la puerta de un portazo. Me dio mucha rabia y otra vez pensé en lo bueno que sería ser invisible, pero, como no lo era, me tuve que fastidiar y me fastidié. Entonces me puse a construir otra vez la piragua para pasar el río imposible de pasar pero, la verdad, ya no me apetecía construir la piragua para pasar el río imposible de pasar. Así que dejé de construir la piragua para pasar el río imposible de pasar y me tumbé en la cama para pensar en lo bueno que sería ser mayor y hacer lo que me diese la gana. Y en esas estaba y ya era mayor y ya hacía lo que me daba la gana, quiero decir que ya salía del cuarto, me llegaba hasta donde estaban los mayores y escuchaba lo que decían, cuando, no sé por qué, me quede dormido.
Me despertó un ruido insoportable. Así, de golpe, me pareció que me había caído dentro de una tele o que una tele se me había caído encima. No estaba seguro. Pero enseguida comprendí lo que ocurría. Todas las teles y radios del edificio estaban puestas a toda pastilla. Aquello era muy raro, sobre todo a esas horas de la noche. Me levanté y salí del cuarto a ver lo que pasaba. No sabía muy bien como salir, si como espía, detective o superhéroe, así que salí como yo. De lo primero que me di cuenta es de que en nuestra casa no estaban ni la tele, ni la radio encendidas; de lo segundo que me di cuenta es que mi mamá no estaba; de lo tercero que me di cuenta es que mi papá sí estaba. Estaba, como siempre, en el salón leyendo el tomo de la A de la enciclopedia. Entonces le pregunté que qué pasaba; y él me contestó que qué quería que pasase, que no pasaba nada. Entonces yo le pregunté que cómo que no pasaba nada si había un ruido de mil demonios. Entonces él me contestó que de qué ruido hablaba. Entonces yo me quedé de piedra y no supe qué decir, hasta que se me ocurrió decir algo así como: “Papa, una cosa es que quieras ser invisible no viendo nada y otra cosa es que quieras ser invisible no oyendo nada” Y ya se lo iba a decir, cuando me ordenó que me fuera inmediatamente al cuarto y me pusiera a dormir. Aquello me dejó de piedra otra vez. Me pareció muy raro que mi papá pensara que alguien pudiese dormir con aquel ruido, pero más raro me pareció que mi papá me ordenase ir a dormir con la voz de mamá de que si no haces lo que te digo te la cargas. Pero no dije nada porque me había quedado de piedra y cuando te quedas de piedra no puedes decir nada, ni hacer nada de nada. Y así, de piedra, me hubiese quedado para toda la vida, si un grito de mi papá no me hubiera hecho dejar de ser de piedra. Y como ya no era de piedra, me pude mover, darme la media vuelta, volverme al cuarto y tumbarme en la cama.
Pero, claro, con aquel ruido de televisiones y radios a toda pastilla no podía dormir ni una marmota. Pensé en levantarme, ir donde mi papá y traerle al cuarto para que se tumbase conmigo en la cama y lo comprobara. Pero, la verdad, no me atreví. Eso de haber oído en la boca de papá la voz de te la cargas de mamá me tenía hecho un lío. Puestos a cambiarse voces yo prefería la voz de papá en la boca de mamá, quiero decir que si mi papá y mi mamá tuviesen los dos la voz de mi papá, en mi casa sólo se oirían los ruidos del frigorífico que es muy viejo, que mi mamá siempre está diciendo que hay que cambiarlo y que mete unos ruidos muy parecidos a los que hacía el viejo del quinto A antes de morirse. Bueno, pues estaba yo pensando que sería estupendo que mi papá, mi mamá y el frigorífico tuvieran los tres la voz de mi papá, porque así en la casa reinaría el silencio ese que reina en las noches frías y estrelladas de los desiertos misteriosos llenos de arena, camellos y oasis, cuando en el cuarto B se montó un jaleo de miedo. Por encima del ruido a toda pastilla de las televisiones y radios, se empezaron a oír voces, y luego de las voces se empezaron a oír gritos, y luego de los gritos se empezaron a oír lamentos, y luego de los lamentos se empezaron a oír voces, gritos y lamentos, todos juntos y cada vez más fuertes. Al mismo tiempo, el techo de mi habitación temblaba con carreras y pisadas de elefante. La verdad, pensé que se iba a hundir y una jauría de perros rabiosos iba a caer sobre mi cama. Me levanté asustado y fui corriendo al salón. Mi papá leía su enciclopedia. Casi sin respiración, le pregunté que qué pasaba; mi papá, sin levantar la vista del tomo de la A, me contestó que qué quería que pasase, que no pasaba nada. Y cuando dijo “nada” el techo del salón retumbó como un cañonazo. Yo miré al techo. La lámpara se balanceaba y las voces, gritos, lamentos y ruidos como de cañonazos seguían y seguían. La verdad, a mi me pareció que el cuarto B se había convertido en una pradera de las lejanas praderas que temblaba bajo las pezuñas de los bisontes en estampida, porque unos malvados cazadores blancos los habían asustado para dejar sin comida a los nobles y valientes guerreros pieles rojas. Señalando al techo, miré a mi papá. Era lo mismo que mirar a una estatua: continuaba leyendo el tomo de la A como si fuese domingo y sólo se oyera el ruido de la lluvia en los cristales. Ya le iba a decir lo de que “Papa, una cosa es que quieras ser invisible no viendo nada y otra cosa es que quieras ser invisible no oyendo nada”, cuando se hizo de forma repentina el silencio. Entonces levantó la vista del tomo de la A, me miró y me dijo: “Ves”. Me quedé cortado y sin saber qué decir; tan sólo boqueaba como un pez cuando lo sacas de la pecera y lo miras a los ojos. Y boqueando estaba cuando los ruidos, los gritos y lamentos volvieron a oírse, pero esta vez en la escalera, como si los bisontes no hubiesen encontrado otra escapatoria en su estampida que bajar a todo correr hacia el portal. Yo y mi papá nos quedamos mirando el uno al otro con los ojos de un pez cuando lo sacas de la pecera y lo miras a los ojos. Y yo creo que esta vez boqueábamos los dos. Y así, mirándonos con ojos de pez y boqueando como peces fuera de la pecera, hubiésemos seguido un montón de rato si no llega a ser porque los ruidos, gritos y lamentos se desparramaron por la calle y se fueron apagando poco a poco como un voraz incendio en las estepas, provocado por un mortífero rayo, se apaga poco a poco porque ya no queda nada que incendiar. Entonces mi papá volvió a la pecera, dejó de mirarme y de boquear, y me dijo: “Anda, vete a dormir que mañana tienes colegio” Mañana era sábado y no tenía colegio, pero no le dije nada. No porque siguiera boqueando, porque yo también había vuelto a la pecera, sino porque, la verdad, ¿qué le vas a decir a un papá que quiere volverse invisible haciéndose el sordo? Así que lo dejé leyendo el tomo de la A y me fui a mi cuarto. En la cama estaba cuando oí las puertas de los pisos que se iban abriendo y cerrando una a una, hasta que la del nuestro también se abrió y cerró, y supe que mi mamá había entrado. En el piso de arriba reinaba el silencio de los desiertos llenos de arena, escorpiones y esqueletos de animales y hombres muertos. Entonces me dormí porque no me apetecía el beso de buenas noches de mi mamá.
A mi ellos no me molestaban. La verdad es que me caían muy bien y por eso me gustaba encontrármelos en el portal o subir con ellos en el ascensor. Muchas veces esperaba un buen rato en la calle hasta que aparecían y así entrar con ellos. Eran un montón, tantos que creo que no les llegué a ver a todos. O a lo mejor sí. No sé, la verdad. Era muy difícil distinguirlos. Supongo que a ellos les pasaría lo mismo con nosotros. Pero eso era parte de lo bueno. Es muy divertido no saber si conoces o no conoces a alguien. Le saludas, le miras por el rabillo del ojo y piensas para ti: ¿será o no será? Al final de tanto mirar por el rabillo del ojo te quedas como bizco, y de tanto pensar como turulato. Y, claro, entonces tú te ríes, él se ríe, y te acabas echando un montón de risas. En cambio, si le conoces es casi imposible reírse; ya sabes que te va a preguntar qué tal está tu papá, qué tal está tu mamá y qué tal en el colegio, y, la verdad, para preguntas difíciles ya están los profes. Además ellos me hacían preguntas fáciles. Bueno, en realidad sólo me hacían una: “¿Real Madrid o Barsa?” Y yo unos días les contestaba que Real Madrid y ellos me decían “¡bueno, bueno!” y me soltaba tres o cuatro nombres de jugadores del Real Madrid; y otros días les contestaba que Barsa y ellos me decían “¡bueno, bueno!” y me soltaban tres o cuatro nombres de jugadores del Barsa. Y entonces nos reíamos y chocábamos las palmas de la mano en el aire. Yo creo que a ellos les daba igual que fuera del Real Madrid o del Barsa; lo que les gustaba era decir “¡bueno, bueno!”, reírse y chocar las palmas de la mano en el aire. A mí también me daba igual y me gustaba lo mismo, y por eso creo que nos llevábamos tan bien. La verdad es que con ellos en el ascensor o en el portal me sentía como en el país de las aventuras. Los voy a echar de menos, no tanto como a mi hermana pero sí bastante. ¡Ah, se me olvidaba! Al día siguiente de aquella noche, mi papá se puso a leer el tomo de la B de la enciclopedia. Pero sigue sin poder ser invisible. Y yo tampoco.

Ricardo Uriarte

miércoles, 3 de marzo de 2010

“Le faltó muy poco... casi”


Fingió un dramatismo casi dramático... le faltó muy poco. Su cara a punto estuvo de quedar almidonada para siempre por el esfuerzo de fingir. La situación casi no llegó a ser para tanto... le faltó muy poco. Estuvo a punto de ser para tanto para siempre por la misma situación. Él siempre fingía dramatismo ante todas las situaciones, las públicas y las privadas. Creía que ello le hacia invisible, que le excluía de todo, sobre todo de todas las miradas, las privadas, las públicas y la de sus ojos, porque en cuanto empezaba a almidonarse, todos los ojos huían o se tapaban con manos, propias o ajenas, y las bocas se abrían al tapar o huir los ojos. A él le bastaba con encender un pitillo y palidecer todos los cristales con los que se encontraba. Pero esa situación de la que hablo al principio estuvo a punto de ocasionarle un serio disgusto: la situación casi no se presta. Y su cara casi no sirve. Y las bocas casi no se abren. Ese día casi deja de fumar. Se marchó a casa casi con lo puesto, con la cara relajadamente desdramatizada. Hecho casi polvo, sintiendo que faltó muy poco para que todas las miradas como dagas incendiadas de curiosidad, oculta o desnuda, cayesen sobre él escudriñando sus pupilas y cambiando, sin remedio, el color de su iris ¿Cómo vería entonces las cosas?, ¿de qué color?, ¿con qué ánimo?, ¿bajo qué punto de vista? Después de pensar estos pensamientos, apagó el pitillo en el cristal del espejo y vio en su cara una mancha negra a la altura del entrecejo. Le pareció dramático. Tanto, que se fue a dormir casi sin gana.
La gana no siempre lo es, hay días en que no es auténtica gana y tiene que fingir, poner cara de gana, y finge tan bien, parece tan casi dramáticamente gana, que el público en privado aparta los ojos de ella o se los tapa con cualquier mano; asusta como una boca abierta; en esos casos, él deja de fumar y se mira al espejo. A veces no ve espejo y tiene que limpiar a toda prisa alguno, antes de que se le quite la cara de gana a la misma gana. Y es que no deseaba nada mejor que ver una gana con cara de gana.: sin drama.
Y ocurre que si la situación se presta, todo se magnifica, pero eso solo ocurre una vez al año: en Navidad... Y se despertó el día de Navidad casi sin ganas, pero como no podía cambiar el día por otro día, no tuvo más remedio que ceñirse. Y lo admitió sin drama. Naturalmente, como solía admitirlo todo, hasta las situaciones más dramáticas. Lo que no sabía era que ese preciso día en el que todo se magnifica casi le cambia el color del iris. Fue el día que soltó el uff más largo desde que nació. Y solo se nace un día y solo es Navidad un día, y se juntaron los dos días formando una conjunción casi perfecta... le faltó muy poco. Llegó con cara de ganas a la ineludible comida de Navidad, con una sonrisa que pinchaba a las orejas con sus puntiagudas esquinas; con las alas de la nariz que no daban más de sí; con los ojos orillados; con los brazos tan abiertos como para abrazar a toda la familia de una vez y sin olvidar lo más inexcusable, el matasuegras y un gorrito alusorio con bombillitas intermitentes, abre la puerta y ¡glub! toda su cara se queda en agua de borrajas. No ve a nadie: ni madre, ni hermanos, ni suegra viva... ni pavo... ni mesa... ni nada..., todo lo que ve es un espejo colgado en una pared amarillenta: dramática. Y qué hago ahora con la cara -se preguntó. Si lo llego a saber no cargo con el matasuegras ni me arriesgo a quedar con la cara electrocutada por un más que probable fallo en el relé –se reprochó- porque era de fabricación casera y todo lo casero es susceptible de falla. Entonces, se acercó al espejo sin casi interés; más casi, por la curiosidad de ver que cara tenía; por el camino la sonrisa se le fue encogiendo mientras las orejas le daban las gracias, las alas de la nariz se replegaban y los ojos volvían a la mar... todo le resultó casi tan poco dramático que sintió que perdía casi las pocas ganas. Y cuando creyó que nunca más podría reconocerse, se asomó al espejo y... ¡¡sorpresa!! Toda la familia, velando ya a la suegra, estaba allí; le miraba sonriente, e iluminada por velitas que pestañeaban le deseaba ¡Feliz Navidad! Él, casi sin tiempo de reaccionar ante esa situación tan inesperada por no esperada, pudo conseguir en el último segundo fingir un dramatismo casi dramático, encender el relé y tirar el matasuegras; y lo supo porque de pronto vio que unos se taparon los ojos con manos y otros hicieron huir sus ojos, mientras veía la negrura de muchas bocas. La conjunción no llegó a producirse y el uff más largo desde que nació se le escapó de entre los labios: magnificado. Ya, sin nadie que lo observara, invisible, pudo comprobar que su iris conservaba el color. Fue cuando encendió un pitillo, dio una calada, exhaló el humo y lo apagó en el espejo mientras se daba la vuelta para salir. En el mismo borde de la puerta, con un pie levantado a punto de cruzar el umbral, giró la cabeza y miró por última vez al espejo, le pareció ver que toda la familia estaba amarillenta, menos la suegra, y que tenían una mancha negra a la altura del entrecejo. Le pareció tan dramático que desalmidonó su cara y se fue a dormir casi con gana... ese día le faltó muy poco para dejar de fumar... casi.

mamen

domingo, 28 de febrero de 2010

Recordando a Jorge

Se acordó de Jorge. Acodado en la barra de la cafetería del Hotel Central, algo decadente ya por entonces. Su cabeza sobresaliendo por encima de las demás cabezas, sentado en el taburete de cuero del rincón más oscuro. Delgadísimo, con su traje gris desgastado un poco corto de pierna, dejando al descubierto los calcetines de rombos y dos pequeños trozos de carne muy blanca. Siempre pendiente de su llegada, esperando prudentemente a que ella tomara asiento y se acomodase del todo frente a él, antes de llamar al camarero para poder pedir los dos juntos. Cariñoso, afable, vanidoso, así era Jorge. Casado y con hijos mayores, sus sólidas convicciones morales solían ocasionarle algún que otro remordimiento de conciencia cada vez que se veía con ella en la habitación de aquel hotel algo rancio, pero no le duraban demasiado. Jorge era un hombre de otro tiempo, con ideas muy particulares acerca del presente, infatigable conversador, una joya comparado con el resto.
Así le recordaba mientras conducía despacio, con la ventanilla abierta y la música muy baja haciéndole compañía. El verano terminaba, y el aire que respiraba olía a tierra mojada. La tormenta había quedado atrás, y aunque seguía lloviendo, el cielo se iba aclarando poco a poco al acercarse al mar; y a lo lejos, podía ya vislumbrarse la ciudad. Pequeña, clara, despejada de nubes, tentadora a aquella hora de la tarde.
Estaba contenta. Todavía conservaba en el cuerpo la sensación placentera del masaje de la mañana, los músculos relajados y la piel suave. Y el vacío que le había dejado en el pecho la llamada desde el hospital, justo antes de la comida, confirmándole que después de haberlo deseado durante tanto tiempo, de haber llegado a pensar que aquel momento no llegaría nunca, la analítica había resultado, por fin, completamente normal.
Contenta no era la palabra. Sentía como si le hubiesen quitado de pronto una losa muy pesada del centro del estómago, y no supiera que hacer con el hueco. Quizá todavía tenía que acostumbrarse.
Había salido al encuentro de Jorge con tiempo de sobra, para poder demorarse en el camino, conducir distraídamente siguiendo la carretera de la costa, saboreando aquella sensación de levedad tan desconcertante. Aún tronaba a lo lejos, muy por detrás de ella. De pronto, al doblar una curva, el mar se dibujó ante sus ojos. Inesperado, perfecto. Entonces sí lo sintió de verdad. Un agradecimiento hacia no sabía quien, una alegría plena por poder vivir ese momento. Por poder disfrutar de aquel atardecer que ya comenzaba, aunque tuviera que ser precisamente en compañía de Jorge. Fue consciente de esa sensación, la disfrutó con intensidad durante unos segundos, aspiró profundamente el aire con olor a tierra mojada que entraba por la ventanilla entreabierta. Pero esa especie de felicidad casi física, imposible de mantener durante mucho tiempo, se fue desvaneciendo.
Entonces fue el miedo el que la inundó poco a poco. El miedo a perder esa calma que todavía sentía, a la desgracia, a tener que vivir otras muertes como las que ya había vivido. El miedo a la soledad, al fracaso, el miedo a la enfermedad. A la suya, a que volviera, pero también a otras nuevas, todavía desconocidas para ella.
Tampoco el miedo duró mucho. Cuando llegó a la ciudad, acogedora, que empezaba a iluminarse para recibir el último fin de semana del verano, logró quitárselo de la cabeza.
La mujer estacionó su coche en el aparcamiento del Hotel Central. Se perfumó de nuevo y se retocó en el espejo retrovisor. Jorge la esperaba. Jorge, el único que no había salido huyendo. El único que había continuado en contacto con ella, que se había ocupado de telefonearla para conocer la evolución de su enfermedad. Que la había llamado como un amigo llama a una amiga. Y es que Jorge no era para ella sólo un cliente. Era, también, su único amigo.
Tomó el ascensor en el piso subterráneo y accedió por fin a la cafetería, tan añeja como la recordaba. Enseguida le reconoció. Algo mayor que entonces, con su eterno traje sastre de color gris, esta vez sin corbata, con el trozo de carne tan blanca del cuello al descubierto. Sonriéndola, en una mesa del fondo, entre el barullo de grupos de ancianas que hablaban muy alto y hacían tintinear sus pulseras cada vez que se llevaban a los labios la taza de chocolate. Tan tiernas como Jorge.
Él la miró mientras se acercaba, por detrás del humo denso de los cigarrillos que flotaba en el aire. Ella, aún desde lejos, creyó atisbar en su mirada algo parecido al cariño, y emocionada, avanzó hacia él radiante, segura, sonriente. Intentando prolongar esa placidez todo el tiempo posible, queriendo olvidarse de que, inevitablemente, más tarde o más temprano, el miedo acabaría por volver.

Isabel O.

jueves, 25 de febrero de 2010

TIEMPO DE DESCUENTO

- ¡¿Importante?! – exclamó el hombre como sorprendido por la pregunta. Luego añadió con tono dramático: – Es nuestra última oportunidad.
Estaban de pie en el vestíbulo. La mujer trataba de colocar bien el abrigo y la bufanda al hombre, que no paraba de moverse.
- Seguro que tenemos suerte – le animó la mujer.
- ¡Más nos vale!
- Pero no te pongas muy nervioso, ¿me lo prometes?
“Te lo prometo” contestó el hombre. Había abierto la puerta del piso. En la escalera reinaba el silencio. La luz de la caída de la tarde penetraba por una pequeña ventana y dibujaba un recuadro amarillento en el suelo. El hombre cogió el ascensor. El ruido del mecanismo ronroneó durante unos segundos. Cuando cesó, la mujer se asomó por el hueco de la escalera.
- Y no te quites la bufanda que hace mucho frío – gritó la mujer.
Esta vez el hombre no contestó. La mujer siguió asomada hasta que oyó el golpe de la puerta del portal; entonces suspiró y entró en el piso. Cerró el armario del vestíbulo y se dirigió a la sala de estar. La televisión, encendida pero sin sonido, mostraba imágenes de hombres en camiseta y pantalones cortos detrás de un balón. La mujer sonrió, se sentó y cambió de canal. Escogió uno que daba imágenes de parajes naturales. Le gustaban aquellos paisajes de ríos estrechos, de valles encajonados, de laderas empinadas pobladas de bosques, de paredes rocosas cubiertas en las altas cumbres de mantos de nieve. Si antes había sonreído como una madre ante las travesuras de un niño, ahora sonreía como una muchacha. Recordaba las excursiones que hiciera con su marido en los tiempos en que empezaban a ser novios, apenas tres años atrás. Habían caminado por riberas similares, aturdidos por el fragor de las aguas jóvenes y bravas; habían explorado valles y bosques semejantes, avanzando, retrocediendo, subiendo, bajando, según lo abrupto del terreno o lo espeso de la vegetación les cerrara o les abriera el paso; incluso habían ascendido cumbres parecidas por caminos empinados, estrechos, pedregosos, de excitantes vértigos. Su sonrisa se amplió con hoyuelos de travesura, cuando la imagen de un gran roble junto a una cabaña de montaña le trajo a la mente la primera vez que hicieron el amor. “¡Eso sí que eran buenos tiempos!” exclamó de repente. Se asustó al oír el sonido de su propia voz. No era que temiese hablar a solas porque lo creyera síntoma de locura. Desde niña había tenido esa costumbre y de mayor la había conservado sin que nunca le hubiese preocupado lo más mínimo. Por el contrario, le gustaba hablar en voz alta consigo misma. Le ayudaba a pensar, a concentrarse, a realizar con más empeño y eficacia las tareas que en cada caso le ocuparan. No, no era eso. Era que últimamente temía lo que se pudiese decir. No se le escapaba que, hasta cierto punto, ese temor era absurdo. Después de todo, su voz era suya y ella era ella, ¿qué se podía decir que ya no supiese? Aunque, por otro lado, ¿no sería ese precisamente el problema? Siempre había respetado mucho las palabras. Para ella no eran simples sonidos con significados más o menos precisos, más o menos importantes; para ella, cada vez que una palabra salía de la boca de alguien, se convertía en un ser invisible, pero activo, que permanecía ya para siempre en la vida de los que habían hablado y escuchado, bien como ángel, bien como diablo.
Apagó la televisión, se levantó y salió al vestíbulo. Fue recorriendo el piso de setenta metros cuadrados, habitación por habitación. Primero la cocina, amplia, luminosa, con todos los electrodomésticos recién estrenados: la cocina con horno, el frigorífico de tres estrellas, el microondas inteligente, el calentador estanco, y los armarios tan cómodos, chapeados con melamina imitación a cerezo, a juego con la mesa y las cuatro banquetas; después el baño, de dimensiones demasiado reducidas para su sueño de una bañera de hidromasaje, aún más empequeñecido por la imprescindible presencia de la lavadora pero, al fin y al cabo, limpio y funcional; luego, la futura habitación de los niños, todavía sin amueblar, mucho dinero todo de golpe, utilizada a la sazón como trastero y cuarto de la plancha; por último, su orgullo, el dormitorio, donde había desarrollado, sin más trabas que las dimensiones, sus particulares gustos decorativos. Las paredes, de un suave tono gris perla, roto por media docena de litografías de cuadros abstractos e impresionistas, contrastaban con los muebles: la cama de bancada invisible y sin cabecero, con una gran plataforma color ébano; las mesillas en el mismo color, con soportes livianos y detalles en acero; el armario de puertas correderas estilo japonés; la cómoda ancha, sencilla, bajo un gran espejo de marco color ceniza. La mujer entró en el dormitorio y acarició las hojas del Ficus y las ramas colgantes de la esparraguera que daban una pincelada de verde vivo a ambos lados de la ventana. Apoyó la frente en el cristal y miró al exterior. La nueva urbanización languidecía en una quietud descarnada. Los bloques de pisos, simétricamente distribuidos, parecían darse la espalda, como absortos en la reflexión sobre su propio sentido. Filas de árboles jóvenes, clavados como delgados mástiles desnudos, pugnaban por enraizar en las tiras de tierra que flanqueaban las amplias calzadas y aceras. Había unos pocos coches aparcados; y las farolas, altas y estilizadas, aún esperaban su hora. La mujer se apartó de la ventana, se giró con brusquedad y contempló por unos segundos el alegre colorido de los cojines coquetamente distribuidos sobre la cama estilo Zen. “¡No!, ¡no!, ¡no!” gritó de repente como tratando de contener con aquella triple negación las palabras que pugnaba por salir de la garganta. Casi corriendo salió del dormitorio y volvió a la sala de estar. Se sentó y trató de concentrarse en la respiración. Los minutos pasaban lentamente, de puntillas, como temerosos de romper el silencio. La presión en la garganta fue desapareciendo poco a poco. Sumida en la creciente oscuridad, la mujer miraba el vacío. En el exterior, a las farolas ya les había llegados su hora e iluminaban, con una luz todavía amarillenta, a un hombre y un perro que pasaban junto a un gran cartel de promoción inmobiliaria.
Eran las diez de la noche. La mujer acababa de hacer la cena. Oyó el ruido del ascensor, la llave deslizándose en la cerradura, la puerta abriéndose y cerrándose, los pasos en el vestíbulo. Esperó sonriente. El hombre apareció en el umbral de la cocina. No se había quitado el abrigo y llevaba la bufanda en la mano. Tenía los hombros hundidos y la cabeza baja.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó ansiosa la mujer.
El hombre dio un paso; levantó la cabeza; su rostro era una caricatura de la desolación.
- ¿No ha habido suerte? – volvió a preguntar la mujer, dando a su vez un paso.
El hombre negó y se cubrió la cara con la mano que sostenía la bufanda. Sus hombros comenzaron a agitarse, contenidos.
- No te preocupes – trataba de consolarlo la mujer, sinceramente preocupada por el disgusto de su marido.
La agitación de los hombros crecía por momentos.
- Seguro que la próxima vez…
De pronto, desde detrás de la mano, brotaron unas carcajadas incontenibles. El hombre descubrió el rostro y exclamó:
- ¡Ha sido grandioso!, ¡épico!, ¡histórico! Nunca agradeceré bastante a Esteban que me haya invitado.
- Entonces, ¿habéis ganado?
“Sí, tonta, sí: ¡hemos ganado!” proclamó con entusiasmo el hombre, enarbolando la bufanda. Luego, se abrazó a la mujer y la llevó bailando todo a lo ancho y largo de la cocina.
- En el tiempo de descuento, mi niña, en el tiempo de descuento metimos el gol.…
Siguieron bailando. Giraban y giraban en torno a la mesa. La mujer se dejaba llevar, se apretaba contra él, reía. Cerró los ojos. Pegado el rostro al pecho del hombre sentía los latidos, la respiración que acariciaba su cabeza; agarrada con fuerza, sus pies apenas tocaban el suelo. Aguas bravas y jóvenes. Valles y bosques. Cumbres. Vueltas y más vueltas. Un roble. Una cabaña. Volaba.
Al cabo, exhaustos y jadeantes, se separaron y se dejaron caer en las banquetas. Mientras recuperaban el aliento, se miraron sonrientes, en silencio, todavía las manos enlazadas. Cuando sus respiraciones se aquietaron, el hombre comenzó a contar los pormenores del partido. Ella lo escuchaba sin prestar atención a sus palabras. Se dejaba llevar por la música de su voz, disfrutando por adelantado del momento en que él terminara y ella, como si nada pretendiese, lo condujera adonde ya cada poro de su piel deseaba y abría. El hombre continuaba narrando el encuentro. Con tono sesudo y didáctico, habló de la disposición táctica de su equipo: la defensa adelantada y en línea, la superioridad numérica en el centro del campo, la subida de los laterales, la presión asfixiante de los delanteros, el buen trato del balón. Lamentó las múltiples oportunidades perdidas; citó con tintes proféticos la vieja verdad futbolística de “quien perdona, pierde”; recordó estremecido como a diez minutos del final el equipo contrario les cogió en una contra y a punto estuvo de marcar... Entonces el hombre se interrumpió y se puso en pie. Tras unos segundos de calculado silencio, continuó su relato con énfasis apasionado. Se movía y gesticulaba, representando dramáticamente sus palabras.
- ¿Te imaginas? El empate nos llevaba a segunda… y el balón que no quería entrar y el reloj que corría y corría como una liebre… Entonces, el muy hijoputa del cuarto árbitro saca el luminoso y ¿lo querrás creer?: ¡sólo añade dos minutos!, ¡dos míseros minutos, cuando por lo menos tenían que ser cinco! ¿Te das cuenta?: ¡sólo dos puñeteros minutos nos separaban del abismo de segunda! ... Había que dar el último arreón, atacar con todo. Los disparos desde fuera del área, los centros a la olla se sucedían pero ellos, colgados del larguero, eran como un frontón. ¡Ya solo quedaba un minuto!, ¡un solo minuto!... Entonces, un defensa suyo saca el balón de la raya y lo manda a corner. Es nuestra última oportunidad, suben todos al remate ¡hasta el portero!, en la grada se produce un silencio estremecedor, la tensión es insoportable, Gandarillas saca al primer palo, Quique la peina y Cagigal solo en el segundo palo remata, y ¡¡¡Gooooooolllllll…!!!
Y el hombre levanta los brazos, agita la bufanda, corretea por la cocina. La mujer ríe y aplaude. Tras dar unas cuantas vueltas, el hombre se detiene en el mismo sitio de antes. Aún enarbola la bufanda y sonríe por unos segundos, pero, poco a poco, los brazos caen y el rostro se vela en un progresivo silencio. Sus ojos están inmersos en un punto donde no puedan encontrar la mirada de la mujer, que ya no aplaude, ni ríe. La bufanda pende de la mano, toca el suelo, movida apenas por un ligero temblor. Los labios también se estremecen y el ceño fruncido marca en la frente dos arrugas paralelas. De pronto, como si volviera de ningún sitio, como despertado por un resorte, con tono febril y el rostro descompuesto, el hombre vuelve a contar ese último minuto. Y de nuevo finge ser Gandarillas oteando el área desde el banderín, haciendo el gesto secreto con la mano, golpeando el balón con la zurda y el interior del pie; de nuevo simula que es Quique saltando, moviéndose, fajándose, saliendo disparado hacia el primer palo para peinar el balón; de nuevo es Cagigal, desmarcado en el segundo palo, rematando a placer, alzando los brazos, celebrando el gol. Y, ante la mirada ya alarmada de la mujer, el hombre aún se aferra por tercera vez a su relato. Ahora lo repite inmóvil, sin un gesto, sin una inflexión en la voz, con la mirada perdida en el vacío, hasta que el grito de gol se le ahoga en la garganta. Entonces se derrumba en la banqueta y sume el rostro en las manos, la cabeza vencida a las rodillas.
La mujer, paralizada, le contempló en silencio por unos segundos. Luego, con tono lleno de temor, le preguntó:
- ¿Qué te pasa?
El hombre no contestó. Y ella lo prefirió así: que callara, que no respondiese ni en un minuto, ni en una hora, ni en el día siguiente, ni en todos los días siguientes. Sí, lo prefería de esa manera… sin embargo, volvió a preguntar:
- ¿Qué te pasa?
Y el silencio todavía duró un poco más. Y la mujer se agarró, se apretó y se dejó llevar por él. Y en ese breve tiempo detenido creyó escuchar el fragor de aguas bravas y jóvenes, el tremolar de las hojas, el viento de las cumbres, los chasquidos del roble y los quietos susurros de la cabaña. Pero entonces el hombre habló.
- ¡¿Qué me pasa?! ¡Qué crees que me puede pasar! – exclamaba, descubierto el rostro, mirando con fijeza a la mujer – ¡Qué absurdo!, ¡qué estúpido y absurdo soy! ¡Qué me importan a mi Gandarillas, Quique, Cagigal y todos los goles del mundo! Nosotros sí que vamos a bajar a segunda; nosotros sí que estamos en el tiempo de descuento. Dos semanas, sólo quedan dos semanas y para nosotros no habrá gol en el último minuto, ¿entiendes?, ¡no lo habrá!
La mujer percibió entonces su bullir en la garganta. Sintió su sabor amargo, la quemazón en la lengua, el empuje brutal con el que pugnaban por salir. Apretó los dientes, cerró los labios, se llevó las manos a la boca. Pero nada pudo. Las palabras saltaron, inevitables, una por una, en toda su extensión y exacto significado:
- Vamos a perder el piso, ¿verdad?
El hombre se levantó y se fue. La mujer oyó el golpe seco de la puerta del dormitorio. Sola, en la cocina, supo que ya estaban allí. En el piso. Invisibles y vivas, entre ellos.

Ricardo Uriarte

domingo, 21 de febrero de 2010

“ R a r o s ”



Siempre duermo... de día. Transito por la noche de todas las noches. Soy insomne. Mi familia me mira raro, menos mal que coincidimos poco, sólo las escasas horas que transcurren entre su noche y mi día. Pero esas, que son pocas, son unas pocas horas horribles. Yo despejadísimo y ellos, ya, casi moribundos me miran de reojo, con los ojos medio cerrados, con las pestañas cansadas, como diciendo: ¡no puedo más, me voy a dormir, que te den! Y así transcurre mi “vida”: entre medio muertos. No lo entiendo. Que falta de ánimo, que poca expresividad, que sin entusiasmo; ya no me dan besos, ni abrazos... ni siquiera me preguntan qué tal te va, qué tal estás... creo que es lo mínimo que se le puede pedir a una familia que se cree familia. En fin, yo hago lo que puedo: hablo considerablemente, bueno, realmente comienzo a contar cosas que nunca acabo de decir porque los oídos se apagan y me dejan hablando a la oscuridad, a decir verdad, a la penumbra primero, bajito, porque la oscuridad es el silencio. Y me quedo con los labios prendidos del aire porque los otros labios o las otras mejillas se han esfumado cuando acierto a rozarles, a rozarlas. Lo negro ocupa el espacio entre ellos y yo. No sé que voy a hacer para remediar las rarezas que me rodean. Trato de entenderles, pero no es fácil cuando no hay lugar para el diálogo. Quizá mañana, me consuelo. Pero mañana no estoy y llega la tardenoche y vuelven como cansados, con las caras sombrías, con el cuerpo desangelado y sin apenas alma, entonces me pregunto ¿qué vida es capaz de soportar esa vida? Y me da pena, mucha pena. Y llegó un momento en que me replanteé cambiar, con todo el esfuerzo que supone hacer una inversión en la vida. Así, llegó una mañana en que encendí la luz, mis oídos hicieron un primer esfuerzo de solidaridad con mi familia; consiguieron despertarme al oír el timbre insistente y reiterativo del magnífico despertador que me agencié. Y he ahí, que me levanté todo contento y seguro de haber conseguido acercarme a la vida, cuando: ¡sorpresa! Todos seguían con los ojos medio cerrados, como con las pestañas esforzadas por mantenerse arriba, casi mudos. Como me dejaron la noche anterior. Emitían unos gorjeos ininteligibles y deduje por los gestos que decían “buenos días”. Entonces preparé, animoso, todos los desayunos en la mesa, a cada uno una silla... y ¡sorpresa! ni siquiera se sentaron, de pie sorbieron el café, a todo correr, como si fuese aceite de ricino; agarraron unos un bollo, otros una magdalena, un mordisco por aquí, otro por allá y cuando me pareció que despertaban, plaff, salieron escopetados, como no queriéndome ver. No, no, los esfuerzos que cada parte de mi cuerpo habían realizado no podían caer en saco roto -me dije. Yo he hecho tremenda inversión para facilitar el diálogo, para que me escuchéis y habléis. Es de día y debo seguir despierto, me convencí, así que les preparé la comida; hacía mucho que yo no almorzaba a la hora de almorzar y me ilusioné con la idea. Seguro que sí, que al mediodía sí vendrán dispuestos a verme, a compartir... pero no apareció nadie. No desfallecí. Tenía que acostumbrarme a vivir de día. Y llegó la tarde noche... y empezaron a entrar por la puerta uno detrás del otro... casi moribundos, con el alma desahuciada, más raros que ayer, contagiados de bostezos... Juro que lo intenté toda la semana, y llegó el domingo, ¡hoy es fiesta!, todo será distinto, me dije, y me levanté animado, con ganas; preparé un espléndido desayuno, propio del día ... pero se quedó frío... ninguno se levantó de la cama y es que, estuvieron toda la noche del sábado insomnes, mientras yo dormía agotado después de vivir el día de todos los días. Nunca entenderé a mi familia No esperan nada de mí, me toman por raro. Ni yo espero nada de ellos, ¡son tan raros!, están dormidos en esa vida que no es capaz de soportar la vida, por eso decidí vivir de noche. Ahora no sé que me pasa que no puedo dormir ni de día, ni de noche. Pero, ¿qué vida es capaz de soportar esta vida llena de días y de noches?

La tercera

lunes, 15 de febrero de 2010

LA MIRADA MÁS TRISTE

El repartidor tenía la mirada más triste que había visto en su vida. Al menos eso pensaba Roberto Güemes. Se lo encontraba todas las mañanas desde que le trasladaran a las nuevas oficinas de la Delegación. De eso hacía ya un par de meses. Sobre los sesenta años, bajo, menudo y con un bigote un tanto ridículo, llevaba bandejas de pasteles y tartas de una furgoneta a una lujosa cafetería de aquella zona céntrica de la ciudad. Los primeros días no reparó en él. Embutido en un abrigo ya un tanto raído, con paso cansino y la vista baja, siempre caminaba hacia el trabajo ensimismado. Lo había hecho así durante los casi veinte años que había estado trabajando en las antiguas oficinas y así lo hacía ahora, sin que el cambio de lugar y trayecto despertase en él la más mínima curiosidad. Sin embargo, una mañana sus respectivos trayectos los aproximaron tanto que estuvieron a punto de chocar. Fue entonces, aún con el sobresalto de quien es arrancado de súbito de sus pensamientos, cuando las miradas de ambos se tropezaron por primera vez. El encuentro apenas duró un instante. El viejo repartidor, cargado de bandejas, le sorteó con gran habilidad y, sin decir una palabra, siguió su camino en dirección a la cafetería. Roberto Güemes, en cambio, se quedó parado en medio de la acera. Pegada al costado, su mano derecha agarraba con fuerza el asa del portafolio; la izquierda, alzada hasta el pecho, había quedado paralizada en el instintivo ademán de amortiguar el choque. La inmovilidad duró unos segundos, luego reanudó el camino. Su andar era ahora más rápido y balanceaba el portafolio con fuerza, como si se empujara con él. Sentía un nudo en el estómago. Llegó a la oficina, saludó con un gesto a los compañeros y se sentó a su mesa. Quiso entonces ponerse a trabajar pero no pudo. Aún veía frente a sí la mirada del repartidor. Y la siguió viendo durante todo el resto de la jornada. Cuando se fue a dormir, decidió que a la mañana siguiente buscaría los ojos del repartidor para comprobar si su mirada era tal y como la había sentido o si todo había sido producto de la ocasión y de la mente. La mirada más triste del mundo flotó en sus sueños.
Salió de casa más temprano de lo habitual. Al llegar a las cercanías de la cafetería pudo comprobar que el repartidor no había llegado. Consultó el reloj: era demasiado pronto. Se demoró mirando los escaparates de las tiendas, aún cerradas. Pasaron veinte largos minutos. Roberto Gúemes tenía la impresión de que todos los adormilados viandantes que pasaban junto a él sabían la razón de la espera y le miraban riendo para sus adentros. Cuando ya su paciencia y vergüenza llegaban al límite, observó con el rabillo del ojo que la furgoneta estaba aparcando. Esperó a que el repartidor saliera del vehículo y cargase con las bandejas de pasteles y tartas. Calculó la velocidad de los pasos y la distancia que los separaba. Echó a andar. Con la cabeza inclinada, miraba por debajo de las cejas. Poco a poco los trayectos de ambos se fueron acercando. Diez metros, cinco metros, dos metros. Roberto levantó apenas lo necesario la vista... La mirada del repartidor le estaba esperando. Le pareció que brotaba mortecina de unos ojos oscuros, se asomaba tímida al mundo por un instante, para languidecer en unas cuencas hundidas, y extenderse y depositarse como una niebla cenicienta por todo el rostro. Al verla, sintió un chasquido de hojas secas, un olor a lluvia, un tacto de sombras, como si, de repente, caído de algún ayer, estuviera sosteniendo en la palma de la mano un ser frágil en el último pálpito. Roberto fue el primero en apartar la vista. Empujándose con el portafolio, se alejó con paso rápido y un nudo en el estómago. Tenía la sensación de que la mirada del repartidor le seguía, clavada en su espalda. Cuando llegó a las puertas de la Delegación, se volvió con torpe disimulo. El repartidor ya no estaba a la vista, pero la mirada más triste que había visto en la vida parecía aún flotar ante a sus ojos.
A sus cuarenta años, Roberto Güemes ya no esperaba nada de la vida, pero tampoco pensaba desesperar por nada. Si bien admitía que no había alcanzado sus sueños juveniles, consideraba que estos no se habían tornado, con el paso del tiempo, en pesadillas que le atormentasen con la frustración o el arrepentimiento, sino en desvaídos recuerdos merecedores tan sólo de una sonrisa comprensiva o, simplemente, de un completo olvido. Sin aparente nostalgia por el pasado, al parecer sin temor al futuro, su existencia transcurría en un presente que estimaba inmutable y hasta quizás eterno. Llevaba una vida bien organizada, aunque algo solitaria. No gustaba de sobresaltos, ni de complicaciones, prefiriendo una monótona tranquilidad a la excitación de las novedades. Orgulloso de sus principios, detestaba a quienes pretendían defender valores morales elevados, cuando, en realidad y según él, tan sólo recubrían de bellas palabras inconfesables intereses y debilidades. A su entender, cada individuo era una fortaleza en un paraje repleto de trampas, trincheras y escaramuzas. Combatir era absurdo; pactar, racional. “Vive y dejar vivir” le gustaba sentenciar desde un cómodo y amable egoísmo.
Roberto Güemes se tenía, pues, por hombre pragmático, con gran control de sí mismo y poco dado a fantasías y sentimentalismos, por eso no lograba entender la razón de que la mirada del repartidor le perturbase de tal forma. Pero así era. Los encuentros se fueron sucediendo y, cada vez que su mirada se cruzaba con la mirada del repartidor, el mismo doloroso sentimiento invadía su ser y ya no le abandonaba. Mucho reflexionó al respecto y muchas teorías elaboró para tratar de explicarlo, pero ni el mucho tiempo, ni las muchas teorías lograron satisfacer su razón y evitar el malestar. Dada su forma de ser y de ver el mundo, parecía evidente que la mejor manera de resolver el problema era salir de casa unos minutos antes. De hecho, pasados unos días del primer encuentro, todas las noches se acostaba con ese propósito; pero, para su propia sorpresa y aunque hubiese madrugado media hora más, siempre había algo que le demoraba el tiempo suficiente para cruzarse con el repartidor. Eran demoras absurdas, sólo justificables por el deseo inconfesado de ver la mirada más triste del mundo. Y, en el fondo, él lo sabía. Con el transcurrir de las semanas, la situación llegó al extremo de afectar a su trabajo. Por unos descuidos incomprensibles en su probada eficiencia, traspapeló dos importantes expedientes. El caso no llegó a mayores porque otro funcionario advirtió el error; pero, para su vergüenza y humillación, recibió una advertencia del director. Entonces decidió tomar cartas en el asunto: abordaría al repartidor.
A la mañana siguiente de tomar la resolución, Roberto Güemes no vio al repartidor de mirada más triste del mundo; en su lugar, un joven transportaba las bandejas de pasteles y tartas de la furgoneta a la cafetería. Dio un suspiro de alivio, relajó el paso y llegó al trabajo con una alegría desbordante. Durante toda la jornada charló de forma animada, y hasta hizo un par de torpes bromas para sorpresa de sus compañeros de oficina. Desafiante, tuvo incluso la audacia de tomar un café y un croissant a media mañana en la cafetería donde el viejo repartidor llevaba las bandejas de pasteles y tartas. Volvió a casa sintiéndose el de antes, el de siempre, él mismo. Por primera vez en mucho tiempo durmió sin soñar con la mirada más triste del mundo. Ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro, apareció el viejo repartidor. Sin embargo, existía la posibilidad de que estuviese de baja o de vacaciones, por lo que, aunque esperanzado, decidió no echar las campanas al vuelo. Cuando pasó una semana sin que apareciese, estuvo casi seguro de que el joven repartidor había sustituido de forma definitiva al viejo.
Cabría pensar que las aguas volvieron a su cauce y Roberto Güemes a ser definitivamente quien era: el funcionario serio y eficaz, ni atraído, ni rechazado por el resto de sus compañeros. Sin embargo, no fue así. Su obsesión – como acabó por calificarla – tomó un inesperado curso. Lejos de temer el encuentro con el viejo repartidor, ahora iba cada mañana camino del trabajo con la esperanza de verlo… y cada mañana sólo hallaba al joven que tarareaba canciones de moda mientras transportaba las bandejas de pasteles y tartas. Entonces su paso se ralentizaba y su portafolio pendía inerte de la mano, como a punto de desprenderse. El doloroso nudo en el estómago que sintiera antes cuando se cruzaba con el viejo repartidor, se había transformado en un no menos doloroso vacío por su ausencia. Ahora, donde quiera que estuviese, le parecía sentir un chasquido de hojas secas, un olor a lluvia, un tacto de sombras; ahora, pusiera la vista donde la pusiese, veía aquella mirada mortecina que brotaba de unos ojos oscuros y unas cuencas hundidas, y le cubría con una niebla de tristeza. De nuevo volvió a no entender lo que le pasaba, de nuevo volvió a tener problemas con su trabajo, de nuevo volvió a soñar que sostenía en la palma de la mano un ser frágil en el último pálpito. Como caído de algún ayer. Al cabo, reconoció que necesitaba saber que había sido del hombre con la mirada más triste que había visto en su vida.
Aquella mañana, Roberto Güemes se levantó a la hora habitual y salió de casa dispuesto a interrogar al joven repartidor. Le encontró en el lugar acostumbrado, descargando las bandejas de pasteles y tartas, mientras tarareaba una conocida canción de amores desgraciados. Se acercó a él y, tras presentarse, le preguntó si conocía al antiguo repartidor.
- ¿A Paco se refiere, usted? – Le contestó el joven – ¡cómo no! Desde que entré en la empresa hace ya tres años, le conozco… ¡Pobre! Con lo alegre y simpático que es…
- ¡¿Alegre y simpático?!... ¿está usted seguro de…? – Roberto Güemes se interrumpió de pronto y, con tono alarmado, preguntó: – ¿Por qué ha dicho pobre?, ¿le ha ocurrido algo?
Entonces el joven repartidor le contó que Paco había enfermado de gravedad y que estaba en el hospital en un estado “sin esperanza”. Roberto Güemes se informó del nombre completo de Paco y del hospital en el que se hallaba. Aquella misma tarde fue a visitarlo.
La puerta de la habitación que le habían indicado en el vestíbulo del hospital estaba abierta. Llamó con suavidad pero no obtuvo respuesta. Se animó a entrar. El único ocupante de la habitación parecía dormir. Ya estaba a punto de darse la media vuelta, cuando los ojos del hombre tendido en el lecho se abrieron y le miraron. Reconoció de inmediato la mirada más triste que había visto en su vida. Tras unos instantes de vacilación, dijo:
- Perdone que le moleste, usted no me conoce pero…
- Sí que le conozco, sí – le interrumpió el enfermo – Me he cruzado con usted muchas mañanas mientras descargaba la mercancía en el Central. ¿Sabe? me fijaba en usted por… por la forma tan ensimismada que tiene de caminar.
El enfermo calló y trató de incorporarse. No pudo. Dejó caer la cabeza en la almohada. Respiraba con dificultad y su tez pálida había enrojecido por el esfuerzo. Hubo unos segundos de silencio. Todavía con la respiración anhelante, dijo con extrema amabilidad:
- Pero acérquese y tome asiento, uno ya no es quien era y le cuesta hablar en voz alta.
Roberto Güemes se acercó y tomó asiento. Tosió, carraspeó, se removió en la silla. Su mirada vagaba por la habitación, temerosa de posarse en el rostro del repartidor que, sin embargo, le observaba con atención y simpatía.
- ¿De modo que usted también se fijaba en mí? – preguntó el repartidor.
Roberto Güemes asintió, sus ojos fijos en los encendidos colores de la caída de la tarde que penetraban por la ventana y teñían de tonos rojizos y amarillentos la atmósfera del cuarto, seca y caliente en exceso por la calefacción.
- Me lo preguntaba, ¿sabe? Muchas veces me lo pregunté. Pero siempre me contestaba que no, hombre, que no. Después de todo ¿qué motivo iba a tener usted para fijarse en mi?
La mirada de Roberto Güemes había caído al suelo, se había detenido por unos instantes en unas zapatillas a cuadros, había ascendido por la pata de la cama y, lentamente, recorría ahora el pequeño bulto que se formaba en las sábanas.
- Sin embargo – proseguía el repartidor – a veces me decía: “con motivo o no, parece…” Pero bueno, ¡qué importa ya eso! El caso es que usted está aquí y que yo me alegro, de verdad que me alegro.
La mirada de Roberto Güemes ya había alcanzado el rostro ceniciento, ya había caído en las cuencas profundas y topado con los ojos oscuros. Sintió el chasquido de hojas secas, el olor a lluvia, el tacto de sombras.
- Pero ¡vamos!, ¡ésta sí que es buena! – exclamó de pronto el viejo repartidor – Yo aquí hablando y hablando y ni siquiera nos hemos presentado. Me llamo Francisco Alcántara, Paco para los amigos como usted…
Paco levantó trabajosamente el brazo y tendió la palma abierta; Roberto la estrechó. El último pálpito de un ser frágil en la mano. Como caído de un ayer. Entonces sintió la necesidad de levantar el ánimo del enfermo. Quería utilizar lugares comunes, pero pintándolos de tal forma que pareciesen parajes de esperanza. Y rompió su silencio y, sin percatarse al principio, dándose cuenta después de un buen rato, llevado al cabo por una fuerza irresistible, se puso a hablar de sí mismo. Le habló del padre campesino y la madre de luto, del pueblo de tejados de pizarra, de los bancos de la escuela, del mapamundi, de los prados y el bosque, de cuando acechaba nidos y cazaba ranas en las charcas; le habló de su vida de estudiante becado en la ciudad, las calles, el bullicio, la gente, las primeras inquietudes, los primeros amigos, las primeras noches en vela, el primer amor; le habló de las agotadoras horas de estudio, del triunfo en la oposición a funcionario, del empeño en los primeros años de trabajo, de aquellos ojos grandes, de aquella cabellera rizosa, de aquella risa de perlas, del noviazgo, el matrimonio, la vida en común, el divorcio. Y habló y habló, e incluso cuando llegó la cena y ayudó al viejo repartidor a tomar el alimento, siguió hablando y hablando, animado porque creía ver que sus palabras producían en aquella la mirada más triste del mundo destellos de alegría. Y aún hablaba cuando la enfermera llegó y le informó de que ya no podía quedarse más. “Mañana vendré a la misma hora ¿le parece bien?” dijo a modo de despedida. El enfermo asintió. Ya Roberto salía por la puerta, cuando oyó que le llamaba. Volvió junto al lecho:
- Usted me perdonara – dijo el repartidor tras un largo silencio – pero no es bueno que un moribundo mienta. Y antes le mentí; sí, le mentí… ¿Sabe? no me había fijado en usted por eso que le dije de su forma ensimismada de andar. No, no fue por eso… – se interrumpió; le miraba fijamente; continuó, después de otro largo silencio: – Espero que no se ofenda, pero la verdadera razón de que me fijara en su persona fue su mirada. Sí, sí, no se sorprenda: fue su mirada. ¿Sabe? usted tiene la mirada más triste que he visto en mi vida. Sin embargo, esta noche mientras me hablaba de su vida he visto saltar en sus ojos como chispas de alegría…
Diez minutos más tarde, Roberto caminaba ensimismado hacia su casa. Cuando cuatro días después volvió al hospital, le informaron que el viejo repartidor había muerto. Durante unos segundos se quedó inmóvil, apoyado en el mostrador, mirando con fijeza las rosas de aspecto frágil que la recepcionista tenía en un florero junto al ordenador. Luego balbució unas palabras de despedida, se dio la media vuelta, salió del hospital y se dirigió a su casa. De nuevo ensimismado.

Ricardo Uriarte

miércoles, 10 de febrero de 2010

Muerte en comisión de servicio

Aquella mañana, Mariano salió de su piso alrededor de las ocho. Llevaba puesto el uniforme nuevo, que no le sentaba del todo mal, con las botas de cuero negro sujetando los bajos del ligero pantalón, que se ajustaba como un guante a su bien constituido cuerpo. Al verse reflejado en el espejo del portal, se sintió un poco menos triste.
Mariano Reigadas vivía solo desde que murieron sus padres, y apenas se relacionaba con nadie que no fueran sus vecinos o la poca familia que le quedaba. Por lo demás, era un hombre como cualquier otro. Discreto, educado, austero y servicial, hacía ya mucho tiempo que no esperaba grandes cosas.
Desayunó café con pincho de tortilla en El Frenazo, su bar de toda la vida, donde le conocían y le trataban razonablemente bien, a pesar del uniforme. Mariano era consciente de que su oficio despertaba más recelos que simpatías, más desconfianza que comprensión, y de que la mayoría de sus conciudadanos distaba de agradecer el componente de vocación de servicio que sin duda poseía su profesión. Pero también era muy cierto que a esas alturas de su vida le importaba más bien poco. Así que leyó el Diario de Castilla con toda la parsimonia de que fue capaz, y tuvo la suerte de que durante la media hora larga que empleó en su lectura, nadie le importunó. Dejó el dinero de la cuenta encima de la mesa, se puso las gafas de sol y salió a patrullar.
Su compañero de fatigas, Senén, llevaba varias semanas de baja, y lo cierto es que aunque le costaba reconocerlo, Mariano se alegraba de ello. No porque tuviera nada en contra de Senén, sino porque disfrutaba mucho más de su trabajo cuando lo hacía en solitario.
Pensó en el largo día que tenía por delante, y poco a poco, fue dejando atrás el centro y aledaños. Rodeó la plaza de toros y tomó la carretera hacia Astorga. Recorrió unos cuantos kilómetros, hizo el cambio de sentido y se llegó hasta la explanada de San Marcos. Allí, dio unas vueltas a la redonda, echó un par de miradas concienzudas a su alrededor, y tomó de nuevo la carretera en dirección al casco urbano. Pero la intensidad del tráfico a aquella hora le hizo cambiar de idea, y decidió desviarse sobre la marcha hacia una de las nuevas barriadas de la periferia.
Enfiló una avenida solitaria, aparcó sin dificultad en un sitio tranquilo, apagó el motor de su vehículo. Una vez allí, se quedó ensimismado durante un rato contemplando el reflejo del sol sobre las aguas heladas del río. Aquella mañana, el frío era mucho más intenso que las demás. Mariano no lograba entrar en calor, a pesar de la calefacción encendida y de la cazadora de cuero. Sin poder evitarlo, dirigió su mirada hacia la guantera. No tuvo que rebuscar mucho. Abierta por la página central, su revista preferida le estaba esperando, como preparada para que Mariano hiciera uso de ella. Mariano siempre utilizaba aquella revista para relajarse cuando lo necesitaba. Con esto no le hago daño a nadie, se repetía a sí mismo para intentar justificarse por algo de lo que nadie le pedía cuentas. Cómodamente instalado, empezó a ojear las fotografías, a releer las situaciones que se sabía de memoria, a soñar con los paraísos cálidos y escondidos que las imágenes recreaban, a pensar, poco a poco, que después de todo su vida no era tan horrible. Sin abandonar en ningún momento su vehículo reglamentario, sin haber ingerido una gota de alcohol, sin dejar de observar cuanto de anormal pudiera ocurrir a su alrededor, Mariano se demoró en la lectura de aquellas páginas fieles y perdió la noción del tiempo.
Se fue acercando la hora de la salida de los niños del colegio, y Mariano, pendiente del reloj, empezó a sentirse incómodo. Siempre le ocurría cuando, mientras ojeaba su revista, veía aproximarse a través del parabrisas empañado a los grupos de jóvenes madres con los escolares de la mano.
Arrancó el motor de su vehículo y se dirigió hacia la rotonda de salida a la autovía, decidido a comenzar, esta vez sí, su labor de vigilancia.
Pasó por delante de la fachada del Museo de Arte Contemporáneo. Uno de estos días me tengo que animar a conocerlo, musitó para sí mismo, como solía hacer cada vez que contemplaba las vidrieras multicolores refulgiendo al sol de mediodía. Continuó circulando por el paseo paralelo al río, sombreado por los árboles, todavía resbaladizo por el hielo. Y Mariano, que aborrecía el hielo desde su primera infancia, aminoró la velocidad, mientras sentía un escalofrío que le recorría la espalda. Yo no estoy bien, pensó, este frío no es normal. Le embargó un mal presentimiento, una necesidad inmediata de entrar en calor, de levantar el ánimo de alguna manera, olvidados ya por completo los efectos beneficiosos del café y la tortilla del desayuno. Pasó por el aparcamiento en batería que tanto le gustaba, debajo de la agradable chopera que tan buenos momentos le había deparado, y no pudo resistir la tentación de volver a estacionar y continuar contemplando su revista.
Aquellos álamos todavía descarnados, aquellas aguas heladas fueron lo último que vio Mariano. Tristemente, ceder a la tentación le costó la vida. Quizá fue feliz en sus últimos momentos. Se relajó todo lo que pudo, a pesar de que las circunstancias no eran propicias. Recorrió con detenimiento cada una de las familiares páginas, se dejó llevar por la imaginación e intentó con todas sus fuerzas olvidarse, aunque sólo fuera durante unos momentos, de la amarga realidad. Algo, que a la sazón, consiguió.
Pero el destino quiso que Mariano empujara inadvertidamente con su muslo derecho la palanca de cambios. Desgraciadamente, en ese preciso momento los reflejos corporales de Mariano estaban, en cierto modo, disminuidos, y él jamás había destacado por su capacidad de reacción ante los imprevistos. El hielo que todavía cubría la calzada, a pesar de lo avanzado de aquel mediodía de invierno, y la ligera pero suficiente inclinación del terreno hacia el río hicieron el resto.
Mariano casi no se dio cuenta de nada. Sucumbió en un abrir y cerrar de ojos, sin saber muy bien lo que ocurría, sin oponer prácticamente resistencia, braceando apenas, en las heladas aguas del Bernesga.


Isabel O.

domingo, 7 de febrero de 2010

“La piel de plátano”



Marie, era una chica francesa que se fue a vivir a un pueblo de Cuenca por su altitud. Era astrónoma. Alquiló la casa más alta y desplegó el telescopio por la ventana del tejado. A los oriundos les caía bien, les era exóticamente simpática, aunque algunos no podían evitar mirarla por el rabillo del ojo porque les parecía algo lunática, por antojadiza más que por loca, ya que solía decir que el antojo de su vida era”pisag la liuna”.
Cierto día caminaba por la calle mirando al cielo con un andar desgarbado y un atuendo impropio para la primavera que emanaba rabiosa, cuando uno de sus zapatos pisó una piel de plátano y salió volando. Hasta el día de hoy, y de esto pasó un año, nada se supo de ella. No volvió, ni se la encontró a pesar de que la buscaron durante meses, no solo por tierra, también por aire. Y no solo en su pueblo, también en los pueblos de alrededor, e incluso, en toda la comarca. Se estudiaron en ese tiempo la trayectoria de los vientos, la dirección y la fuerza con la que caía el pedrisco y la lluvia, el punto de derretimiento de la temperatura solar, el de congelación del aguanieve, y un largo etcétera de fenómenos interestelares.
Hubo quien la quiso subir a los altares. Y quien llamó a la NASA. Aquél fue un fenómeno entre fenómenos.
Desde ese día todos los del pueblo caminaban mirando al suelo, por si acaso. Y dejaron de comer plátanos, por supuesto.
He de confesaros que esta historia me la contó un compañero de Guadalajara mientras hacíamos la mili en el mismo Cuenca, cuando aún la búsqueda seguía abierta. Corría el año mil novecientos sesenta y ocho después de Cristo y de otros muchos. La actividad espacial estaba en pleno apogeo, se libraban encarnizadas luchas entre todos los países para conseguir llegar el primero a pisar el suelo lunar: Rusos, americanos... americanos y... rusos... y otros a lo callandito.
Así las cosas, andaba yo tomando un café en el bar de ese pueblo, la tele hablaba sin parar en blanco y negro, nadie la miraba, cuando el noticiero interrumpe el programa que aparecía y, en color, un hombre anuncia que alguien ha llegado a la luna, ahí, todos a una la atienden, y todos a una dan un grito de admiración: ¡Oooooohhh!
El abanderado astronauta, imposible de reconocer porque la escafandra le tapaba la cara, daba saltitos pequeños y suavemente desgarbados, a la vez que emocionado hacía gestos aspavienteros con la bandera blanca, azul y roja, intentando clavarla en aquella tierra inhóspita y sabe Dios de qué naturaleza hecha, cuando por efecto de la misma fuerza que hacía, levanta uno de sus zapatos de astronauta y todos en el bar lo pudimos ver sin excepción, ni duda: llevaba pegado a la suela lo que parecía una piel plátano. De ahí ese ¡Ooooohhhh! En ese momento la tele se llenó de rayas. Pero fue demasiado tarde.
Todos los televidentes se miraron entre ellos sin poder deshacer la postura de sus bocas. ¿Has visto lo que yo? -parecían preguntarse con los ojos. Sí, sí -respondían los otros ojos. ¡Es ella!, se atrevió a decir alguien por fin ¡Marie! ¡ Nuestra Marie! –exclamaron, entonces, todos a una.
El que llamó a la NASA preguntando por ella recibió una llamada de vuelta, le preguntaban, a su vez, por la tecnología empleada por la tal Marie y dónde se ubicaba el centro espacial al que pertenecía.
“Un pequeño salto para un hombre y un gran salto para la humanidad” exclamó un año después un tal Amstrong, pero, para ellos, el gran salto lo dio Marie, la francesa, a pesar de las rayas, desde un pueblo de Cuenca casi pegado a la luna y a bordo de una cápsula hecha de piel de plátano. Y si no, que se lo pregunte el que sea capaz de encontrarla. Nadie en el pueblo la buscó más, pues ya sabían donde estaba. Marie consiguió cumplir su antojo de “vivig en la liuna”.
Aquello reconozco que me marcó y cuando terminé la mili, mi compañero se volvió a Guadalajara y yo, sin saber en ese momento por qué, me quedé a vivir en aquel pueblo. Alquilé la casa más alta y desplegué un telescopio por la ventana del tejado. Casi os puedo asegurar que una noche de luna llena, la vi, ella se quitó la escafandra para decirme algo, y juraría que pude leer en sus labios:
“¡Oh, la, la, los sueños, sueños son, pego en un instante pueden hacegse gealidad!”
A día de hoy sé porqué me quede allí y a partir del día de hoy, salgo a pasear con un atuendo impropio para la estación del año, miro al cielo y rezo para que los oriundos de este pueblo vuelvan a comer plátanos.

mamen

miércoles, 3 de febrero de 2010

CUESTIÓN DE AMIGOS

Chuchi tenía 245 amigos. Se había propuesto alcanzar los 300 y le molestaba un tanto estar a 55 amigos de su objetivo. Sin embargo, dado el poco tiempo que llevaba abierta la página, consideraba que 245 no era una mala cifra. Por supuesto, a muchas de las personas que estaban en la lista o no las conocía o las conocía sólo por fotos. Pero esto no era un gran problema. Después de todo no es tan necesario conocerse para ser amigos. Incluso se puede llegar a afirmar que para ser amigos lo mejor es no conocerse. Ahora bien, si Chuchi sólo se sentía un tanto molesto con sus 245 amigos por estar a 55 amigos de su objetivo, no podemos ocultar que con quien estaba real y francamente irritado era con su amigo de la infancia Chema. Desde luego Chema era un tipo estupendo y, sin duda, su mejor y más íntimo amigo. Juntos habían pasado momentos inolvidables, sobre todo aquellas tardes entrañables, recogidos al calor de la calefacción central, comiendo pizza, bebiendo colas, escuchando “jevi” metal y matando a todo matar monstruos, alienígenas, guerreros, nazis, rusos y árabes en la “plei”. Mas, por mucho que su corazón se enterneciera con tan mágicos recuerdos, Chuchi ni podía comprender, ni podía soportar lo que estaba pasando. Ya desde que ambos abrieran sus respectivas páginas, la lista de amigos de Chema había sido más numerosa que la suya. Al principio, lo achacó a la casualidad, y no dudó de que pronto superaría en amigos a su mejor amigo. Sin embargo, los días transcurrían y la ventaja de Chema lejos de reducirse aumentaba. Por eso, cuando cierta aciaga mañana encendió el ordenador y comprobó que la cifra de amigos de Chema cambiaba del 2 al 3, alcanzando los 301 y ganándole en 56, Chuchi empalideció, sintió que el corazón se le paraba y apretó el ratón con tal violencia que le reventó las entrañas. La situación pasaba de castaño a oscuro. Y claro, lo empezó a ver todo negro. Entonces decidió actuar.
No me preguntéis cómo lo hizo, pero el caso fue que Chuchi logró entrar en el santa santorum de la página de Chema. Observémoslo por un instante en tan crucial momento. Está sentado frente al ordenador, el cuerpo tenso y la cabeza ligeramente adelantada, la mano derecha en el ratón y la izquierda en una bolsa de patatas fritas. Su mirada parece taladrar la pantalla, penetrar hasta el mismo tuétano del disco duro. A veces, suelta el ratón y la bolsa de patatas, y sus dedos saltan sobre el teclado y lo picotean con fuerza y precisión; otras, se impulsa hacia atrás en la silla rodante y, con gesto ceñudo, contempla desde la lejanía los jeroglíficos informáticos. De pronto, una mirada dura y una sonrisa cruel dibujan una perversa mueca de triunfo en su rostro apenas antesdeayer barbilampiño. Se abalanza sobre el ratón, lo agarra, lo aprieta, lo pulsa… y estalla en carcajadas. Acaba de borrar de un plumazo cibernético a 200 amigos de la lista de Chema. Casi llora de la risa al contemplar la cifra ridícula de 101 de su mejor amigo, frente a la imponente suya de 245. Todavía entre carcajadas, se levanta y va a la cocina a comer un pedazo de pizza.
Lo malo fue cuando volvió. Aún estaba masticando, aún no había saltado el salvapantallas. No tuvo necesidad de sentarse frente al ordenador para verlo. Ya desde la misma puerta del cuarto se percató de lo sucedido. Quiso lanzar un grito, pero de su boca abierta de par en par sólo salieron trozos de aceituna y anchoa. Tambaleándose se acercó y se dejó caer en la silla. Atónito, desencajado, sudoroso, miraba su página: ¡45 amigos, ya sólo tenía 45 amigos! Temblando de ira e indignación abrió la página de Chema: ¡301 amigos, de nuevo tenía 301 amigos! Sus piernas se encogieron, su estómago se dobló, su frente golpeó la mesa y entre sus dedos engarfiados el ratón abrió gentilmente las entrañas. Entonces hubo unos minutos de quietud y silencio absolutos. Diríase que durante aquel tiempo interminable todo rastro de vida había desaparecido del cuarto de Chuchi, de la casa de Chuchi, de la calle de Chuchi, de la ciudad de Chuchi, del planeta entero de Chuchi. Pero sólo fue por unos minutos. Luego alzó la cabeza, irguió la espalda, lanzó una mirada aviesa, masculló una maldición y, tras cambiar el ratón despanzurrado, declaró la guerra.
Desde ese preciso instante, los acontecimientos se precipitaron. Día a día, hora a hora, minuto a minuto, Chuchi y Chema entraban en la página propia y en la ajena, y se sumaban o restaban amigos en torva espiral. Con la rapidez de las pistolas de Billy el Niño o de las estocadas de los mosqueteros, se sucedían los ataques y contraataques. Tan pronto era Chuchi quien bailaba y reía en torno al ordenador, mientras Chema mordía uñas y rabia; como era Chema quien daba cortes de manga a la pantalla, mientras Chuchi, siguiendo su inveterada costumbre, destripaba con saña otro ratón. Pasó una semana, pasaron dos, pasaron tres. Ya no salían de casa, ya no dejaban su cuarto, ya no se levantaban de la silla, siempre frente al ordenador, pálidos, sudorosos, enflaquecidos, empecinados, intercambiando ráfagas cibernéticas.
Difícil era prever como iba a terminar tan igualado combate y, sin duda, un final trágico no era descabellado. A mis oídos ha llegado el rumor de que en Illinois un suceso similar terminó en sangre joven salpicando la web. Sin embargo, en este lugar y ocasión hubo un final más feliz. Cierto día, después de meses de aquel continuo sumarse y restarse amigos, tanto la lista de Chuchi como la de Chema quedaron estabilizadas. Por más trampas y celadas que se tendieran, por más mandobles informáticos que se sacudiesen, ni Chuchi, ni Chema, ni Chema, ni Chuchi, lograban variar el número de amigos propio o ajeno. Por supuesto, no se conformaron con el resultado y todavía perseveraron un tiempo en su empeño. Pero todos los esfuerzos eran inútiles: ambas listas mostraban siempre el mismo dígito de amigos. Al cabo, más a regañadientes que felices, comiendo pizza en lugar de perdices, admitieron que el equilibrio al que se había llegado era definitivo y se resignaron a tener sólo 1 amigo en su lista de amigos. El de Chuchi era Chema; y el de Chema era Chuchi. Equilibrio inevitable. Equilibrio suficiente. Equilibrio necesario. Y, a fin de cuentas, equilibrio justo, pues, después de todo, Chuchi y Chema eran amigos y, como es bien sabido, la amistad sólo se da entre iguales.

Ricardo Uriarte

sábado, 30 de enero de 2010

Cerdos

A las cinco de la mañana, la madre de Manuel entró en el cuarto. Le tocó en el hombro con suavidad. Manuel se levantó de un salto, se vistió rápidamente y se lavó los ojos a oscuras en la pila de la cocina.

A través de la ventana, distinguió la silueta de su padre arrancando la moto, recortándose contra la luz de la farola, un poco desdibujada por la niebla.

Subió a la moto detrás de su padre. Avanzaron bostezando por la carretera, sin hablar y sin rozarse, sorteando baches y a algún que otro perro madrugador. Manuel, con la espalda derecha y mirando hacia el mar, contaba las curvas que faltaban para llegar a la ciudad, y deseaba que no se acabaran nunca. El mar no podía verse en la oscuridad, pero sí respirarse, y escucharse desde muy cerca.

Seguía siendo de noche cuando llegaron. Otros obreros bostezaban al paso de la moto, sin levantar la vista del suelo, camino de la Fábrica de Embutidos que daba de comer a media ciudad. La Fábrica de Embutidos siempre había estado donde estaba, era el orgullo de la comarca y pertenecía a la misma familia desde que todo el mundo podía recordar.

El padre aparcó la moto delante de la Fábrica. Empezaba a amanecer, y las últimas luces de las calles se iban apagando, mientras se iluminaban las primeras ventanas del viejo edificio de ladrillo. El portón de entrada, tan grande que ocupaba casi media manzana en toda su longitud, todavía estaba cerrado. Sin embargo, las chimeneas llevaban ya muchas horas humeando a pleno rendimiento.

Manuel cogió el termo, el hule y la bolsa de los bocadillos. Padre e hijo fueron remontando la ladera, a buen paso el uno, renqueando el otro y haciendo alguna parada de cuando en cuando. Se sentaron en el alto sobre la hierba mojada, después de haber extendido el hule de plástico negro carcomido por los bordes. Todavía tenían media hora.

Poco a poco, la niebla se fue disipando. Despacio, la luz del sol fue mostrando los detalles de aquella cara de la ciudad que tan bien conocían los trabajadores de la Fábrica de Embutidos, que veían amanecer cada mañana por la carretera de la costa, y volvían hacia sus casas cuando empezaba a anochecer.

Frente a ellos, en el barranco, empezaban a distinguirse los perfiles de las gaviotas, sobrevolando la montaña de basura sin descansar nunca. Después de tanto tiempo, el padre de Manuel ya no las oía, pero sí Manuel, aunque poco a poco había conseguido comportarse como si no las oyera. El mar seguía estando muy cerca, pero desde allí nadie hubiera podido escucharlo, ni respirarlo, ni imaginarlo.

Un día más, el padre desplegó su servilleta sobre las rodillas, y la de Manuel sobre las suyas. Se sirvió un café en el vaso del termo, y ofreció a Manuel su bocadillo de chorizo. Manuel empezó a morder sin hablar, pensando lo de todos los días. Bocadillo de chorizo para desayunar, patatas con chorizo para comer, choricillos fritos para cenar. Sin querer, se le fue la vista hacia el barranco.

Algo nuevo, vivo y sonrosado se recortaba contra la montaña de basura, entre la mancha blanca de pájaros y el negro fugaz de las ratas grandes como gatos. Puede que fueran más de cien cerdos adultos, gordos, lustrosos y todavía felices, correteando con alegría entre los montones humeantes de desperdicios. Frutas descompuestas, espinas de pescado con sus cabezas, calcetines, aceites requemados en infinitas frituras, esqueletos de pollo, libros que ya nadie leería, lo que quedaba de ciertos perros y gatos arrojados allí por sus dueños, algún cochecito de bebé, masas de despojos carbonizados procedentes de la Fábrica, todo cubierto por un tenue velo de plumas de gaviota.

Dicen que lo que no mata engorda, insinuó Manuel pensativo, y se atragantó al decirlo con un trozo de bocadillo.

Tú come y calla, niño, contestó el padre preparando la petaca para echar el primer trago de coñac de la mañana. Esta gente sabe lo que se hace.

En ese momento se escuchó la sirena de la Fábrica. Había que prepararse para entrar. Manuel envolvió lo que le quedaba de bocadillo en el pañuelo y se lo metió en el bolsillo. Recogió el hule y el termo y se levantó con desgana, mirando a su padre a la cara como si esperase algo de él.

Toma un poco de esto, anda, fue la única respuesta. Ya sabes que ahí dentro hace un frío de muerte. Y le ofreció la petaca.



Isabel O.