viernes, 6 de agosto de 2010

Una receta

El marido cerró la puerta del salón sin hacer ruido. Recorrió el pasillo y entró en la cocina. Meneó la cabeza y se sentó. Ya olía.
– ¿Otra vez?
Preguntó la mujer que picaba la cebolla muy menuda sobre la tabla. De sus ojos caían gruesos lagrimones, a pesar de que había mojado la cebolla en agua y apartaba el rostro todo lo que podía. En la olla, los garbanzos, los trozos de bacalao, los dos dientes de ajo y la hoja de laurel llevaban cociendo un par de horas. Las espinacas sólo treinta minutos.
– ¿Crees que ha llegado el momento?
La nueva pregunta salió de la boca de la mujer acompañada de un suspiro. Dejó el cuchillo, se dirigió al fregadero, abrió el grifo y se limpió los ojos de lágrimas. Miró entonces al marido. Sentado en la banqueta parecía contemplar con suma atención el montón de cebolla bien picada sobre la tabla de madera.
– ¿Y tú?
Habló por fin el marido, sin apartar los ojos de la cebolla picada. La mujer se secó el rostro y las manos con el paño de cocina. Se acercó a la alacena y sacó un mortero y un mazo. Los posó en la encimera, junto a la tabla con la cebolla picada. Cogió medio diente de ajo y una ramita de perejil y los metió en el mortero. Habló, sin volverse y con el mazo en la mano.
– ¿No habrá otra solución?
– ¿Cuál?
Los golpes del mazo en el mortero eran secos y metódicos. Retumbaban en la cocina pequeña, limpia, alicatada con azulejos blancos. El marido se había levantado y acercado a la mujer para observar su labor. Pronto el ajo y el perejil quedaron machacados y mezclados en una pulpa blanca con tenues matices verdes. Cuando acabó, la mujer extrajo el mazo. De él colgaban virutas de ajos y hebras de perejil. Lo pasó por el grifo. El hombre se volvió a sentar. Callaron mientras la mujer ponía aceite a calentar en una sartén. Cuando estuvo caliente, echó la cebolla bien picada. Se quedaron oyendo el crepitar del aceite. La cebolla se iba poniendo transparente. En la olla, los garbanzos, los trozos de bacalao y las espinacas seguían cociendo. Y olía. Un poco más.
– ¿Y si esperamos…?
– ¿A qué?
La mujer no respondió. Cuando pasaron cinco minutos desde que echara la cebolla, la mujer añadió harina, el contenido del mortero y el pimentón. Los rehogó. El marido miraba la oscuridad que iba ganando la ventana; la mujer cuidaba de que el pimentón no se quemase. Sólo se oía el burbujear de la olla y el crepitar de la sartén.
– ¿Estará bien… allí?
– ¿Por qué lo dudas?
Callaron de nuevo. Cuando pasaron otros cinco minutos, la mujer apartó la sartén del fuego y vertió el contenido en la olla. Lo removió todo con energía. El olor se elevó enroscado en la nube vapor. Con la cuchara de madera cogió un poco de potaje y lo acercó a los labios. Sopló tres veces y lo probó. Chasqueó los labios y se pasó la lengua por el paladar. Echó un poco de sal a la olla, removió y volvió a probar. Tras unos segundos de duda, añadió una pizca más de sal. Volvió a remover. Entonces preguntó:
– ¿Le gustará?
– ¿Y por qué no?
El hombre y la mujer miraban la olla, donde el potaje todavía debería cocer durante otros quince minutos. Más o menos. El olor ya había ocupado toda la casa y, en el salón, a solas, el anciano reía.

(Ejercicio de clase)