domingo, 28 de febrero de 2010

Recordando a Jorge

Se acordó de Jorge. Acodado en la barra de la cafetería del Hotel Central, algo decadente ya por entonces. Su cabeza sobresaliendo por encima de las demás cabezas, sentado en el taburete de cuero del rincón más oscuro. Delgadísimo, con su traje gris desgastado un poco corto de pierna, dejando al descubierto los calcetines de rombos y dos pequeños trozos de carne muy blanca. Siempre pendiente de su llegada, esperando prudentemente a que ella tomara asiento y se acomodase del todo frente a él, antes de llamar al camarero para poder pedir los dos juntos. Cariñoso, afable, vanidoso, así era Jorge. Casado y con hijos mayores, sus sólidas convicciones morales solían ocasionarle algún que otro remordimiento de conciencia cada vez que se veía con ella en la habitación de aquel hotel algo rancio, pero no le duraban demasiado. Jorge era un hombre de otro tiempo, con ideas muy particulares acerca del presente, infatigable conversador, una joya comparado con el resto.
Así le recordaba mientras conducía despacio, con la ventanilla abierta y la música muy baja haciéndole compañía. El verano terminaba, y el aire que respiraba olía a tierra mojada. La tormenta había quedado atrás, y aunque seguía lloviendo, el cielo se iba aclarando poco a poco al acercarse al mar; y a lo lejos, podía ya vislumbrarse la ciudad. Pequeña, clara, despejada de nubes, tentadora a aquella hora de la tarde.
Estaba contenta. Todavía conservaba en el cuerpo la sensación placentera del masaje de la mañana, los músculos relajados y la piel suave. Y el vacío que le había dejado en el pecho la llamada desde el hospital, justo antes de la comida, confirmándole que después de haberlo deseado durante tanto tiempo, de haber llegado a pensar que aquel momento no llegaría nunca, la analítica había resultado, por fin, completamente normal.
Contenta no era la palabra. Sentía como si le hubiesen quitado de pronto una losa muy pesada del centro del estómago, y no supiera que hacer con el hueco. Quizá todavía tenía que acostumbrarse.
Había salido al encuentro de Jorge con tiempo de sobra, para poder demorarse en el camino, conducir distraídamente siguiendo la carretera de la costa, saboreando aquella sensación de levedad tan desconcertante. Aún tronaba a lo lejos, muy por detrás de ella. De pronto, al doblar una curva, el mar se dibujó ante sus ojos. Inesperado, perfecto. Entonces sí lo sintió de verdad. Un agradecimiento hacia no sabía quien, una alegría plena por poder vivir ese momento. Por poder disfrutar de aquel atardecer que ya comenzaba, aunque tuviera que ser precisamente en compañía de Jorge. Fue consciente de esa sensación, la disfrutó con intensidad durante unos segundos, aspiró profundamente el aire con olor a tierra mojada que entraba por la ventanilla entreabierta. Pero esa especie de felicidad casi física, imposible de mantener durante mucho tiempo, se fue desvaneciendo.
Entonces fue el miedo el que la inundó poco a poco. El miedo a perder esa calma que todavía sentía, a la desgracia, a tener que vivir otras muertes como las que ya había vivido. El miedo a la soledad, al fracaso, el miedo a la enfermedad. A la suya, a que volviera, pero también a otras nuevas, todavía desconocidas para ella.
Tampoco el miedo duró mucho. Cuando llegó a la ciudad, acogedora, que empezaba a iluminarse para recibir el último fin de semana del verano, logró quitárselo de la cabeza.
La mujer estacionó su coche en el aparcamiento del Hotel Central. Se perfumó de nuevo y se retocó en el espejo retrovisor. Jorge la esperaba. Jorge, el único que no había salido huyendo. El único que había continuado en contacto con ella, que se había ocupado de telefonearla para conocer la evolución de su enfermedad. Que la había llamado como un amigo llama a una amiga. Y es que Jorge no era para ella sólo un cliente. Era, también, su único amigo.
Tomó el ascensor en el piso subterráneo y accedió por fin a la cafetería, tan añeja como la recordaba. Enseguida le reconoció. Algo mayor que entonces, con su eterno traje sastre de color gris, esta vez sin corbata, con el trozo de carne tan blanca del cuello al descubierto. Sonriéndola, en una mesa del fondo, entre el barullo de grupos de ancianas que hablaban muy alto y hacían tintinear sus pulseras cada vez que se llevaban a los labios la taza de chocolate. Tan tiernas como Jorge.
Él la miró mientras se acercaba, por detrás del humo denso de los cigarrillos que flotaba en el aire. Ella, aún desde lejos, creyó atisbar en su mirada algo parecido al cariño, y emocionada, avanzó hacia él radiante, segura, sonriente. Intentando prolongar esa placidez todo el tiempo posible, queriendo olvidarse de que, inevitablemente, más tarde o más temprano, el miedo acabaría por volver.

Isabel O.

jueves, 25 de febrero de 2010

TIEMPO DE DESCUENTO

- ¡¿Importante?! – exclamó el hombre como sorprendido por la pregunta. Luego añadió con tono dramático: – Es nuestra última oportunidad.
Estaban de pie en el vestíbulo. La mujer trataba de colocar bien el abrigo y la bufanda al hombre, que no paraba de moverse.
- Seguro que tenemos suerte – le animó la mujer.
- ¡Más nos vale!
- Pero no te pongas muy nervioso, ¿me lo prometes?
“Te lo prometo” contestó el hombre. Había abierto la puerta del piso. En la escalera reinaba el silencio. La luz de la caída de la tarde penetraba por una pequeña ventana y dibujaba un recuadro amarillento en el suelo. El hombre cogió el ascensor. El ruido del mecanismo ronroneó durante unos segundos. Cuando cesó, la mujer se asomó por el hueco de la escalera.
- Y no te quites la bufanda que hace mucho frío – gritó la mujer.
Esta vez el hombre no contestó. La mujer siguió asomada hasta que oyó el golpe de la puerta del portal; entonces suspiró y entró en el piso. Cerró el armario del vestíbulo y se dirigió a la sala de estar. La televisión, encendida pero sin sonido, mostraba imágenes de hombres en camiseta y pantalones cortos detrás de un balón. La mujer sonrió, se sentó y cambió de canal. Escogió uno que daba imágenes de parajes naturales. Le gustaban aquellos paisajes de ríos estrechos, de valles encajonados, de laderas empinadas pobladas de bosques, de paredes rocosas cubiertas en las altas cumbres de mantos de nieve. Si antes había sonreído como una madre ante las travesuras de un niño, ahora sonreía como una muchacha. Recordaba las excursiones que hiciera con su marido en los tiempos en que empezaban a ser novios, apenas tres años atrás. Habían caminado por riberas similares, aturdidos por el fragor de las aguas jóvenes y bravas; habían explorado valles y bosques semejantes, avanzando, retrocediendo, subiendo, bajando, según lo abrupto del terreno o lo espeso de la vegetación les cerrara o les abriera el paso; incluso habían ascendido cumbres parecidas por caminos empinados, estrechos, pedregosos, de excitantes vértigos. Su sonrisa se amplió con hoyuelos de travesura, cuando la imagen de un gran roble junto a una cabaña de montaña le trajo a la mente la primera vez que hicieron el amor. “¡Eso sí que eran buenos tiempos!” exclamó de repente. Se asustó al oír el sonido de su propia voz. No era que temiese hablar a solas porque lo creyera síntoma de locura. Desde niña había tenido esa costumbre y de mayor la había conservado sin que nunca le hubiese preocupado lo más mínimo. Por el contrario, le gustaba hablar en voz alta consigo misma. Le ayudaba a pensar, a concentrarse, a realizar con más empeño y eficacia las tareas que en cada caso le ocuparan. No, no era eso. Era que últimamente temía lo que se pudiese decir. No se le escapaba que, hasta cierto punto, ese temor era absurdo. Después de todo, su voz era suya y ella era ella, ¿qué se podía decir que ya no supiese? Aunque, por otro lado, ¿no sería ese precisamente el problema? Siempre había respetado mucho las palabras. Para ella no eran simples sonidos con significados más o menos precisos, más o menos importantes; para ella, cada vez que una palabra salía de la boca de alguien, se convertía en un ser invisible, pero activo, que permanecía ya para siempre en la vida de los que habían hablado y escuchado, bien como ángel, bien como diablo.
Apagó la televisión, se levantó y salió al vestíbulo. Fue recorriendo el piso de setenta metros cuadrados, habitación por habitación. Primero la cocina, amplia, luminosa, con todos los electrodomésticos recién estrenados: la cocina con horno, el frigorífico de tres estrellas, el microondas inteligente, el calentador estanco, y los armarios tan cómodos, chapeados con melamina imitación a cerezo, a juego con la mesa y las cuatro banquetas; después el baño, de dimensiones demasiado reducidas para su sueño de una bañera de hidromasaje, aún más empequeñecido por la imprescindible presencia de la lavadora pero, al fin y al cabo, limpio y funcional; luego, la futura habitación de los niños, todavía sin amueblar, mucho dinero todo de golpe, utilizada a la sazón como trastero y cuarto de la plancha; por último, su orgullo, el dormitorio, donde había desarrollado, sin más trabas que las dimensiones, sus particulares gustos decorativos. Las paredes, de un suave tono gris perla, roto por media docena de litografías de cuadros abstractos e impresionistas, contrastaban con los muebles: la cama de bancada invisible y sin cabecero, con una gran plataforma color ébano; las mesillas en el mismo color, con soportes livianos y detalles en acero; el armario de puertas correderas estilo japonés; la cómoda ancha, sencilla, bajo un gran espejo de marco color ceniza. La mujer entró en el dormitorio y acarició las hojas del Ficus y las ramas colgantes de la esparraguera que daban una pincelada de verde vivo a ambos lados de la ventana. Apoyó la frente en el cristal y miró al exterior. La nueva urbanización languidecía en una quietud descarnada. Los bloques de pisos, simétricamente distribuidos, parecían darse la espalda, como absortos en la reflexión sobre su propio sentido. Filas de árboles jóvenes, clavados como delgados mástiles desnudos, pugnaban por enraizar en las tiras de tierra que flanqueaban las amplias calzadas y aceras. Había unos pocos coches aparcados; y las farolas, altas y estilizadas, aún esperaban su hora. La mujer se apartó de la ventana, se giró con brusquedad y contempló por unos segundos el alegre colorido de los cojines coquetamente distribuidos sobre la cama estilo Zen. “¡No!, ¡no!, ¡no!” gritó de repente como tratando de contener con aquella triple negación las palabras que pugnaba por salir de la garganta. Casi corriendo salió del dormitorio y volvió a la sala de estar. Se sentó y trató de concentrarse en la respiración. Los minutos pasaban lentamente, de puntillas, como temerosos de romper el silencio. La presión en la garganta fue desapareciendo poco a poco. Sumida en la creciente oscuridad, la mujer miraba el vacío. En el exterior, a las farolas ya les había llegados su hora e iluminaban, con una luz todavía amarillenta, a un hombre y un perro que pasaban junto a un gran cartel de promoción inmobiliaria.
Eran las diez de la noche. La mujer acababa de hacer la cena. Oyó el ruido del ascensor, la llave deslizándose en la cerradura, la puerta abriéndose y cerrándose, los pasos en el vestíbulo. Esperó sonriente. El hombre apareció en el umbral de la cocina. No se había quitado el abrigo y llevaba la bufanda en la mano. Tenía los hombros hundidos y la cabeza baja.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó ansiosa la mujer.
El hombre dio un paso; levantó la cabeza; su rostro era una caricatura de la desolación.
- ¿No ha habido suerte? – volvió a preguntar la mujer, dando a su vez un paso.
El hombre negó y se cubrió la cara con la mano que sostenía la bufanda. Sus hombros comenzaron a agitarse, contenidos.
- No te preocupes – trataba de consolarlo la mujer, sinceramente preocupada por el disgusto de su marido.
La agitación de los hombros crecía por momentos.
- Seguro que la próxima vez…
De pronto, desde detrás de la mano, brotaron unas carcajadas incontenibles. El hombre descubrió el rostro y exclamó:
- ¡Ha sido grandioso!, ¡épico!, ¡histórico! Nunca agradeceré bastante a Esteban que me haya invitado.
- Entonces, ¿habéis ganado?
“Sí, tonta, sí: ¡hemos ganado!” proclamó con entusiasmo el hombre, enarbolando la bufanda. Luego, se abrazó a la mujer y la llevó bailando todo a lo ancho y largo de la cocina.
- En el tiempo de descuento, mi niña, en el tiempo de descuento metimos el gol.…
Siguieron bailando. Giraban y giraban en torno a la mesa. La mujer se dejaba llevar, se apretaba contra él, reía. Cerró los ojos. Pegado el rostro al pecho del hombre sentía los latidos, la respiración que acariciaba su cabeza; agarrada con fuerza, sus pies apenas tocaban el suelo. Aguas bravas y jóvenes. Valles y bosques. Cumbres. Vueltas y más vueltas. Un roble. Una cabaña. Volaba.
Al cabo, exhaustos y jadeantes, se separaron y se dejaron caer en las banquetas. Mientras recuperaban el aliento, se miraron sonrientes, en silencio, todavía las manos enlazadas. Cuando sus respiraciones se aquietaron, el hombre comenzó a contar los pormenores del partido. Ella lo escuchaba sin prestar atención a sus palabras. Se dejaba llevar por la música de su voz, disfrutando por adelantado del momento en que él terminara y ella, como si nada pretendiese, lo condujera adonde ya cada poro de su piel deseaba y abría. El hombre continuaba narrando el encuentro. Con tono sesudo y didáctico, habló de la disposición táctica de su equipo: la defensa adelantada y en línea, la superioridad numérica en el centro del campo, la subida de los laterales, la presión asfixiante de los delanteros, el buen trato del balón. Lamentó las múltiples oportunidades perdidas; citó con tintes proféticos la vieja verdad futbolística de “quien perdona, pierde”; recordó estremecido como a diez minutos del final el equipo contrario les cogió en una contra y a punto estuvo de marcar... Entonces el hombre se interrumpió y se puso en pie. Tras unos segundos de calculado silencio, continuó su relato con énfasis apasionado. Se movía y gesticulaba, representando dramáticamente sus palabras.
- ¿Te imaginas? El empate nos llevaba a segunda… y el balón que no quería entrar y el reloj que corría y corría como una liebre… Entonces, el muy hijoputa del cuarto árbitro saca el luminoso y ¿lo querrás creer?: ¡sólo añade dos minutos!, ¡dos míseros minutos, cuando por lo menos tenían que ser cinco! ¿Te das cuenta?: ¡sólo dos puñeteros minutos nos separaban del abismo de segunda! ... Había que dar el último arreón, atacar con todo. Los disparos desde fuera del área, los centros a la olla se sucedían pero ellos, colgados del larguero, eran como un frontón. ¡Ya solo quedaba un minuto!, ¡un solo minuto!... Entonces, un defensa suyo saca el balón de la raya y lo manda a corner. Es nuestra última oportunidad, suben todos al remate ¡hasta el portero!, en la grada se produce un silencio estremecedor, la tensión es insoportable, Gandarillas saca al primer palo, Quique la peina y Cagigal solo en el segundo palo remata, y ¡¡¡Gooooooolllllll…!!!
Y el hombre levanta los brazos, agita la bufanda, corretea por la cocina. La mujer ríe y aplaude. Tras dar unas cuantas vueltas, el hombre se detiene en el mismo sitio de antes. Aún enarbola la bufanda y sonríe por unos segundos, pero, poco a poco, los brazos caen y el rostro se vela en un progresivo silencio. Sus ojos están inmersos en un punto donde no puedan encontrar la mirada de la mujer, que ya no aplaude, ni ríe. La bufanda pende de la mano, toca el suelo, movida apenas por un ligero temblor. Los labios también se estremecen y el ceño fruncido marca en la frente dos arrugas paralelas. De pronto, como si volviera de ningún sitio, como despertado por un resorte, con tono febril y el rostro descompuesto, el hombre vuelve a contar ese último minuto. Y de nuevo finge ser Gandarillas oteando el área desde el banderín, haciendo el gesto secreto con la mano, golpeando el balón con la zurda y el interior del pie; de nuevo simula que es Quique saltando, moviéndose, fajándose, saliendo disparado hacia el primer palo para peinar el balón; de nuevo es Cagigal, desmarcado en el segundo palo, rematando a placer, alzando los brazos, celebrando el gol. Y, ante la mirada ya alarmada de la mujer, el hombre aún se aferra por tercera vez a su relato. Ahora lo repite inmóvil, sin un gesto, sin una inflexión en la voz, con la mirada perdida en el vacío, hasta que el grito de gol se le ahoga en la garganta. Entonces se derrumba en la banqueta y sume el rostro en las manos, la cabeza vencida a las rodillas.
La mujer, paralizada, le contempló en silencio por unos segundos. Luego, con tono lleno de temor, le preguntó:
- ¿Qué te pasa?
El hombre no contestó. Y ella lo prefirió así: que callara, que no respondiese ni en un minuto, ni en una hora, ni en el día siguiente, ni en todos los días siguientes. Sí, lo prefería de esa manera… sin embargo, volvió a preguntar:
- ¿Qué te pasa?
Y el silencio todavía duró un poco más. Y la mujer se agarró, se apretó y se dejó llevar por él. Y en ese breve tiempo detenido creyó escuchar el fragor de aguas bravas y jóvenes, el tremolar de las hojas, el viento de las cumbres, los chasquidos del roble y los quietos susurros de la cabaña. Pero entonces el hombre habló.
- ¡¿Qué me pasa?! ¡Qué crees que me puede pasar! – exclamaba, descubierto el rostro, mirando con fijeza a la mujer – ¡Qué absurdo!, ¡qué estúpido y absurdo soy! ¡Qué me importan a mi Gandarillas, Quique, Cagigal y todos los goles del mundo! Nosotros sí que vamos a bajar a segunda; nosotros sí que estamos en el tiempo de descuento. Dos semanas, sólo quedan dos semanas y para nosotros no habrá gol en el último minuto, ¿entiendes?, ¡no lo habrá!
La mujer percibió entonces su bullir en la garganta. Sintió su sabor amargo, la quemazón en la lengua, el empuje brutal con el que pugnaban por salir. Apretó los dientes, cerró los labios, se llevó las manos a la boca. Pero nada pudo. Las palabras saltaron, inevitables, una por una, en toda su extensión y exacto significado:
- Vamos a perder el piso, ¿verdad?
El hombre se levantó y se fue. La mujer oyó el golpe seco de la puerta del dormitorio. Sola, en la cocina, supo que ya estaban allí. En el piso. Invisibles y vivas, entre ellos.

Ricardo Uriarte

domingo, 21 de febrero de 2010

“ R a r o s ”



Siempre duermo... de día. Transito por la noche de todas las noches. Soy insomne. Mi familia me mira raro, menos mal que coincidimos poco, sólo las escasas horas que transcurren entre su noche y mi día. Pero esas, que son pocas, son unas pocas horas horribles. Yo despejadísimo y ellos, ya, casi moribundos me miran de reojo, con los ojos medio cerrados, con las pestañas cansadas, como diciendo: ¡no puedo más, me voy a dormir, que te den! Y así transcurre mi “vida”: entre medio muertos. No lo entiendo. Que falta de ánimo, que poca expresividad, que sin entusiasmo; ya no me dan besos, ni abrazos... ni siquiera me preguntan qué tal te va, qué tal estás... creo que es lo mínimo que se le puede pedir a una familia que se cree familia. En fin, yo hago lo que puedo: hablo considerablemente, bueno, realmente comienzo a contar cosas que nunca acabo de decir porque los oídos se apagan y me dejan hablando a la oscuridad, a decir verdad, a la penumbra primero, bajito, porque la oscuridad es el silencio. Y me quedo con los labios prendidos del aire porque los otros labios o las otras mejillas se han esfumado cuando acierto a rozarles, a rozarlas. Lo negro ocupa el espacio entre ellos y yo. No sé que voy a hacer para remediar las rarezas que me rodean. Trato de entenderles, pero no es fácil cuando no hay lugar para el diálogo. Quizá mañana, me consuelo. Pero mañana no estoy y llega la tardenoche y vuelven como cansados, con las caras sombrías, con el cuerpo desangelado y sin apenas alma, entonces me pregunto ¿qué vida es capaz de soportar esa vida? Y me da pena, mucha pena. Y llegó un momento en que me replanteé cambiar, con todo el esfuerzo que supone hacer una inversión en la vida. Así, llegó una mañana en que encendí la luz, mis oídos hicieron un primer esfuerzo de solidaridad con mi familia; consiguieron despertarme al oír el timbre insistente y reiterativo del magnífico despertador que me agencié. Y he ahí, que me levanté todo contento y seguro de haber conseguido acercarme a la vida, cuando: ¡sorpresa! Todos seguían con los ojos medio cerrados, como con las pestañas esforzadas por mantenerse arriba, casi mudos. Como me dejaron la noche anterior. Emitían unos gorjeos ininteligibles y deduje por los gestos que decían “buenos días”. Entonces preparé, animoso, todos los desayunos en la mesa, a cada uno una silla... y ¡sorpresa! ni siquiera se sentaron, de pie sorbieron el café, a todo correr, como si fuese aceite de ricino; agarraron unos un bollo, otros una magdalena, un mordisco por aquí, otro por allá y cuando me pareció que despertaban, plaff, salieron escopetados, como no queriéndome ver. No, no, los esfuerzos que cada parte de mi cuerpo habían realizado no podían caer en saco roto -me dije. Yo he hecho tremenda inversión para facilitar el diálogo, para que me escuchéis y habléis. Es de día y debo seguir despierto, me convencí, así que les preparé la comida; hacía mucho que yo no almorzaba a la hora de almorzar y me ilusioné con la idea. Seguro que sí, que al mediodía sí vendrán dispuestos a verme, a compartir... pero no apareció nadie. No desfallecí. Tenía que acostumbrarme a vivir de día. Y llegó la tarde noche... y empezaron a entrar por la puerta uno detrás del otro... casi moribundos, con el alma desahuciada, más raros que ayer, contagiados de bostezos... Juro que lo intenté toda la semana, y llegó el domingo, ¡hoy es fiesta!, todo será distinto, me dije, y me levanté animado, con ganas; preparé un espléndido desayuno, propio del día ... pero se quedó frío... ninguno se levantó de la cama y es que, estuvieron toda la noche del sábado insomnes, mientras yo dormía agotado después de vivir el día de todos los días. Nunca entenderé a mi familia No esperan nada de mí, me toman por raro. Ni yo espero nada de ellos, ¡son tan raros!, están dormidos en esa vida que no es capaz de soportar la vida, por eso decidí vivir de noche. Ahora no sé que me pasa que no puedo dormir ni de día, ni de noche. Pero, ¿qué vida es capaz de soportar esta vida llena de días y de noches?

La tercera

lunes, 15 de febrero de 2010

LA MIRADA MÁS TRISTE

El repartidor tenía la mirada más triste que había visto en su vida. Al menos eso pensaba Roberto Güemes. Se lo encontraba todas las mañanas desde que le trasladaran a las nuevas oficinas de la Delegación. De eso hacía ya un par de meses. Sobre los sesenta años, bajo, menudo y con un bigote un tanto ridículo, llevaba bandejas de pasteles y tartas de una furgoneta a una lujosa cafetería de aquella zona céntrica de la ciudad. Los primeros días no reparó en él. Embutido en un abrigo ya un tanto raído, con paso cansino y la vista baja, siempre caminaba hacia el trabajo ensimismado. Lo había hecho así durante los casi veinte años que había estado trabajando en las antiguas oficinas y así lo hacía ahora, sin que el cambio de lugar y trayecto despertase en él la más mínima curiosidad. Sin embargo, una mañana sus respectivos trayectos los aproximaron tanto que estuvieron a punto de chocar. Fue entonces, aún con el sobresalto de quien es arrancado de súbito de sus pensamientos, cuando las miradas de ambos se tropezaron por primera vez. El encuentro apenas duró un instante. El viejo repartidor, cargado de bandejas, le sorteó con gran habilidad y, sin decir una palabra, siguió su camino en dirección a la cafetería. Roberto Güemes, en cambio, se quedó parado en medio de la acera. Pegada al costado, su mano derecha agarraba con fuerza el asa del portafolio; la izquierda, alzada hasta el pecho, había quedado paralizada en el instintivo ademán de amortiguar el choque. La inmovilidad duró unos segundos, luego reanudó el camino. Su andar era ahora más rápido y balanceaba el portafolio con fuerza, como si se empujara con él. Sentía un nudo en el estómago. Llegó a la oficina, saludó con un gesto a los compañeros y se sentó a su mesa. Quiso entonces ponerse a trabajar pero no pudo. Aún veía frente a sí la mirada del repartidor. Y la siguió viendo durante todo el resto de la jornada. Cuando se fue a dormir, decidió que a la mañana siguiente buscaría los ojos del repartidor para comprobar si su mirada era tal y como la había sentido o si todo había sido producto de la ocasión y de la mente. La mirada más triste del mundo flotó en sus sueños.
Salió de casa más temprano de lo habitual. Al llegar a las cercanías de la cafetería pudo comprobar que el repartidor no había llegado. Consultó el reloj: era demasiado pronto. Se demoró mirando los escaparates de las tiendas, aún cerradas. Pasaron veinte largos minutos. Roberto Gúemes tenía la impresión de que todos los adormilados viandantes que pasaban junto a él sabían la razón de la espera y le miraban riendo para sus adentros. Cuando ya su paciencia y vergüenza llegaban al límite, observó con el rabillo del ojo que la furgoneta estaba aparcando. Esperó a que el repartidor saliera del vehículo y cargase con las bandejas de pasteles y tartas. Calculó la velocidad de los pasos y la distancia que los separaba. Echó a andar. Con la cabeza inclinada, miraba por debajo de las cejas. Poco a poco los trayectos de ambos se fueron acercando. Diez metros, cinco metros, dos metros. Roberto levantó apenas lo necesario la vista... La mirada del repartidor le estaba esperando. Le pareció que brotaba mortecina de unos ojos oscuros, se asomaba tímida al mundo por un instante, para languidecer en unas cuencas hundidas, y extenderse y depositarse como una niebla cenicienta por todo el rostro. Al verla, sintió un chasquido de hojas secas, un olor a lluvia, un tacto de sombras, como si, de repente, caído de algún ayer, estuviera sosteniendo en la palma de la mano un ser frágil en el último pálpito. Roberto fue el primero en apartar la vista. Empujándose con el portafolio, se alejó con paso rápido y un nudo en el estómago. Tenía la sensación de que la mirada del repartidor le seguía, clavada en su espalda. Cuando llegó a las puertas de la Delegación, se volvió con torpe disimulo. El repartidor ya no estaba a la vista, pero la mirada más triste que había visto en la vida parecía aún flotar ante a sus ojos.
A sus cuarenta años, Roberto Güemes ya no esperaba nada de la vida, pero tampoco pensaba desesperar por nada. Si bien admitía que no había alcanzado sus sueños juveniles, consideraba que estos no se habían tornado, con el paso del tiempo, en pesadillas que le atormentasen con la frustración o el arrepentimiento, sino en desvaídos recuerdos merecedores tan sólo de una sonrisa comprensiva o, simplemente, de un completo olvido. Sin aparente nostalgia por el pasado, al parecer sin temor al futuro, su existencia transcurría en un presente que estimaba inmutable y hasta quizás eterno. Llevaba una vida bien organizada, aunque algo solitaria. No gustaba de sobresaltos, ni de complicaciones, prefiriendo una monótona tranquilidad a la excitación de las novedades. Orgulloso de sus principios, detestaba a quienes pretendían defender valores morales elevados, cuando, en realidad y según él, tan sólo recubrían de bellas palabras inconfesables intereses y debilidades. A su entender, cada individuo era una fortaleza en un paraje repleto de trampas, trincheras y escaramuzas. Combatir era absurdo; pactar, racional. “Vive y dejar vivir” le gustaba sentenciar desde un cómodo y amable egoísmo.
Roberto Güemes se tenía, pues, por hombre pragmático, con gran control de sí mismo y poco dado a fantasías y sentimentalismos, por eso no lograba entender la razón de que la mirada del repartidor le perturbase de tal forma. Pero así era. Los encuentros se fueron sucediendo y, cada vez que su mirada se cruzaba con la mirada del repartidor, el mismo doloroso sentimiento invadía su ser y ya no le abandonaba. Mucho reflexionó al respecto y muchas teorías elaboró para tratar de explicarlo, pero ni el mucho tiempo, ni las muchas teorías lograron satisfacer su razón y evitar el malestar. Dada su forma de ser y de ver el mundo, parecía evidente que la mejor manera de resolver el problema era salir de casa unos minutos antes. De hecho, pasados unos días del primer encuentro, todas las noches se acostaba con ese propósito; pero, para su propia sorpresa y aunque hubiese madrugado media hora más, siempre había algo que le demoraba el tiempo suficiente para cruzarse con el repartidor. Eran demoras absurdas, sólo justificables por el deseo inconfesado de ver la mirada más triste del mundo. Y, en el fondo, él lo sabía. Con el transcurrir de las semanas, la situación llegó al extremo de afectar a su trabajo. Por unos descuidos incomprensibles en su probada eficiencia, traspapeló dos importantes expedientes. El caso no llegó a mayores porque otro funcionario advirtió el error; pero, para su vergüenza y humillación, recibió una advertencia del director. Entonces decidió tomar cartas en el asunto: abordaría al repartidor.
A la mañana siguiente de tomar la resolución, Roberto Güemes no vio al repartidor de mirada más triste del mundo; en su lugar, un joven transportaba las bandejas de pasteles y tartas de la furgoneta a la cafetería. Dio un suspiro de alivio, relajó el paso y llegó al trabajo con una alegría desbordante. Durante toda la jornada charló de forma animada, y hasta hizo un par de torpes bromas para sorpresa de sus compañeros de oficina. Desafiante, tuvo incluso la audacia de tomar un café y un croissant a media mañana en la cafetería donde el viejo repartidor llevaba las bandejas de pasteles y tartas. Volvió a casa sintiéndose el de antes, el de siempre, él mismo. Por primera vez en mucho tiempo durmió sin soñar con la mirada más triste del mundo. Ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro, apareció el viejo repartidor. Sin embargo, existía la posibilidad de que estuviese de baja o de vacaciones, por lo que, aunque esperanzado, decidió no echar las campanas al vuelo. Cuando pasó una semana sin que apareciese, estuvo casi seguro de que el joven repartidor había sustituido de forma definitiva al viejo.
Cabría pensar que las aguas volvieron a su cauce y Roberto Güemes a ser definitivamente quien era: el funcionario serio y eficaz, ni atraído, ni rechazado por el resto de sus compañeros. Sin embargo, no fue así. Su obsesión – como acabó por calificarla – tomó un inesperado curso. Lejos de temer el encuentro con el viejo repartidor, ahora iba cada mañana camino del trabajo con la esperanza de verlo… y cada mañana sólo hallaba al joven que tarareaba canciones de moda mientras transportaba las bandejas de pasteles y tartas. Entonces su paso se ralentizaba y su portafolio pendía inerte de la mano, como a punto de desprenderse. El doloroso nudo en el estómago que sintiera antes cuando se cruzaba con el viejo repartidor, se había transformado en un no menos doloroso vacío por su ausencia. Ahora, donde quiera que estuviese, le parecía sentir un chasquido de hojas secas, un olor a lluvia, un tacto de sombras; ahora, pusiera la vista donde la pusiese, veía aquella mirada mortecina que brotaba de unos ojos oscuros y unas cuencas hundidas, y le cubría con una niebla de tristeza. De nuevo volvió a no entender lo que le pasaba, de nuevo volvió a tener problemas con su trabajo, de nuevo volvió a soñar que sostenía en la palma de la mano un ser frágil en el último pálpito. Como caído de algún ayer. Al cabo, reconoció que necesitaba saber que había sido del hombre con la mirada más triste que había visto en su vida.
Aquella mañana, Roberto Güemes se levantó a la hora habitual y salió de casa dispuesto a interrogar al joven repartidor. Le encontró en el lugar acostumbrado, descargando las bandejas de pasteles y tartas, mientras tarareaba una conocida canción de amores desgraciados. Se acercó a él y, tras presentarse, le preguntó si conocía al antiguo repartidor.
- ¿A Paco se refiere, usted? – Le contestó el joven – ¡cómo no! Desde que entré en la empresa hace ya tres años, le conozco… ¡Pobre! Con lo alegre y simpático que es…
- ¡¿Alegre y simpático?!... ¿está usted seguro de…? – Roberto Güemes se interrumpió de pronto y, con tono alarmado, preguntó: – ¿Por qué ha dicho pobre?, ¿le ha ocurrido algo?
Entonces el joven repartidor le contó que Paco había enfermado de gravedad y que estaba en el hospital en un estado “sin esperanza”. Roberto Güemes se informó del nombre completo de Paco y del hospital en el que se hallaba. Aquella misma tarde fue a visitarlo.
La puerta de la habitación que le habían indicado en el vestíbulo del hospital estaba abierta. Llamó con suavidad pero no obtuvo respuesta. Se animó a entrar. El único ocupante de la habitación parecía dormir. Ya estaba a punto de darse la media vuelta, cuando los ojos del hombre tendido en el lecho se abrieron y le miraron. Reconoció de inmediato la mirada más triste que había visto en su vida. Tras unos instantes de vacilación, dijo:
- Perdone que le moleste, usted no me conoce pero…
- Sí que le conozco, sí – le interrumpió el enfermo – Me he cruzado con usted muchas mañanas mientras descargaba la mercancía en el Central. ¿Sabe? me fijaba en usted por… por la forma tan ensimismada que tiene de caminar.
El enfermo calló y trató de incorporarse. No pudo. Dejó caer la cabeza en la almohada. Respiraba con dificultad y su tez pálida había enrojecido por el esfuerzo. Hubo unos segundos de silencio. Todavía con la respiración anhelante, dijo con extrema amabilidad:
- Pero acérquese y tome asiento, uno ya no es quien era y le cuesta hablar en voz alta.
Roberto Güemes se acercó y tomó asiento. Tosió, carraspeó, se removió en la silla. Su mirada vagaba por la habitación, temerosa de posarse en el rostro del repartidor que, sin embargo, le observaba con atención y simpatía.
- ¿De modo que usted también se fijaba en mí? – preguntó el repartidor.
Roberto Güemes asintió, sus ojos fijos en los encendidos colores de la caída de la tarde que penetraban por la ventana y teñían de tonos rojizos y amarillentos la atmósfera del cuarto, seca y caliente en exceso por la calefacción.
- Me lo preguntaba, ¿sabe? Muchas veces me lo pregunté. Pero siempre me contestaba que no, hombre, que no. Después de todo ¿qué motivo iba a tener usted para fijarse en mi?
La mirada de Roberto Güemes había caído al suelo, se había detenido por unos instantes en unas zapatillas a cuadros, había ascendido por la pata de la cama y, lentamente, recorría ahora el pequeño bulto que se formaba en las sábanas.
- Sin embargo – proseguía el repartidor – a veces me decía: “con motivo o no, parece…” Pero bueno, ¡qué importa ya eso! El caso es que usted está aquí y que yo me alegro, de verdad que me alegro.
La mirada de Roberto Güemes ya había alcanzado el rostro ceniciento, ya había caído en las cuencas profundas y topado con los ojos oscuros. Sintió el chasquido de hojas secas, el olor a lluvia, el tacto de sombras.
- Pero ¡vamos!, ¡ésta sí que es buena! – exclamó de pronto el viejo repartidor – Yo aquí hablando y hablando y ni siquiera nos hemos presentado. Me llamo Francisco Alcántara, Paco para los amigos como usted…
Paco levantó trabajosamente el brazo y tendió la palma abierta; Roberto la estrechó. El último pálpito de un ser frágil en la mano. Como caído de un ayer. Entonces sintió la necesidad de levantar el ánimo del enfermo. Quería utilizar lugares comunes, pero pintándolos de tal forma que pareciesen parajes de esperanza. Y rompió su silencio y, sin percatarse al principio, dándose cuenta después de un buen rato, llevado al cabo por una fuerza irresistible, se puso a hablar de sí mismo. Le habló del padre campesino y la madre de luto, del pueblo de tejados de pizarra, de los bancos de la escuela, del mapamundi, de los prados y el bosque, de cuando acechaba nidos y cazaba ranas en las charcas; le habló de su vida de estudiante becado en la ciudad, las calles, el bullicio, la gente, las primeras inquietudes, los primeros amigos, las primeras noches en vela, el primer amor; le habló de las agotadoras horas de estudio, del triunfo en la oposición a funcionario, del empeño en los primeros años de trabajo, de aquellos ojos grandes, de aquella cabellera rizosa, de aquella risa de perlas, del noviazgo, el matrimonio, la vida en común, el divorcio. Y habló y habló, e incluso cuando llegó la cena y ayudó al viejo repartidor a tomar el alimento, siguió hablando y hablando, animado porque creía ver que sus palabras producían en aquella la mirada más triste del mundo destellos de alegría. Y aún hablaba cuando la enfermera llegó y le informó de que ya no podía quedarse más. “Mañana vendré a la misma hora ¿le parece bien?” dijo a modo de despedida. El enfermo asintió. Ya Roberto salía por la puerta, cuando oyó que le llamaba. Volvió junto al lecho:
- Usted me perdonara – dijo el repartidor tras un largo silencio – pero no es bueno que un moribundo mienta. Y antes le mentí; sí, le mentí… ¿Sabe? no me había fijado en usted por eso que le dije de su forma ensimismada de andar. No, no fue por eso… – se interrumpió; le miraba fijamente; continuó, después de otro largo silencio: – Espero que no se ofenda, pero la verdadera razón de que me fijara en su persona fue su mirada. Sí, sí, no se sorprenda: fue su mirada. ¿Sabe? usted tiene la mirada más triste que he visto en mi vida. Sin embargo, esta noche mientras me hablaba de su vida he visto saltar en sus ojos como chispas de alegría…
Diez minutos más tarde, Roberto caminaba ensimismado hacia su casa. Cuando cuatro días después volvió al hospital, le informaron que el viejo repartidor había muerto. Durante unos segundos se quedó inmóvil, apoyado en el mostrador, mirando con fijeza las rosas de aspecto frágil que la recepcionista tenía en un florero junto al ordenador. Luego balbució unas palabras de despedida, se dio la media vuelta, salió del hospital y se dirigió a su casa. De nuevo ensimismado.

Ricardo Uriarte

miércoles, 10 de febrero de 2010

Muerte en comisión de servicio

Aquella mañana, Mariano salió de su piso alrededor de las ocho. Llevaba puesto el uniforme nuevo, que no le sentaba del todo mal, con las botas de cuero negro sujetando los bajos del ligero pantalón, que se ajustaba como un guante a su bien constituido cuerpo. Al verse reflejado en el espejo del portal, se sintió un poco menos triste.
Mariano Reigadas vivía solo desde que murieron sus padres, y apenas se relacionaba con nadie que no fueran sus vecinos o la poca familia que le quedaba. Por lo demás, era un hombre como cualquier otro. Discreto, educado, austero y servicial, hacía ya mucho tiempo que no esperaba grandes cosas.
Desayunó café con pincho de tortilla en El Frenazo, su bar de toda la vida, donde le conocían y le trataban razonablemente bien, a pesar del uniforme. Mariano era consciente de que su oficio despertaba más recelos que simpatías, más desconfianza que comprensión, y de que la mayoría de sus conciudadanos distaba de agradecer el componente de vocación de servicio que sin duda poseía su profesión. Pero también era muy cierto que a esas alturas de su vida le importaba más bien poco. Así que leyó el Diario de Castilla con toda la parsimonia de que fue capaz, y tuvo la suerte de que durante la media hora larga que empleó en su lectura, nadie le importunó. Dejó el dinero de la cuenta encima de la mesa, se puso las gafas de sol y salió a patrullar.
Su compañero de fatigas, Senén, llevaba varias semanas de baja, y lo cierto es que aunque le costaba reconocerlo, Mariano se alegraba de ello. No porque tuviera nada en contra de Senén, sino porque disfrutaba mucho más de su trabajo cuando lo hacía en solitario.
Pensó en el largo día que tenía por delante, y poco a poco, fue dejando atrás el centro y aledaños. Rodeó la plaza de toros y tomó la carretera hacia Astorga. Recorrió unos cuantos kilómetros, hizo el cambio de sentido y se llegó hasta la explanada de San Marcos. Allí, dio unas vueltas a la redonda, echó un par de miradas concienzudas a su alrededor, y tomó de nuevo la carretera en dirección al casco urbano. Pero la intensidad del tráfico a aquella hora le hizo cambiar de idea, y decidió desviarse sobre la marcha hacia una de las nuevas barriadas de la periferia.
Enfiló una avenida solitaria, aparcó sin dificultad en un sitio tranquilo, apagó el motor de su vehículo. Una vez allí, se quedó ensimismado durante un rato contemplando el reflejo del sol sobre las aguas heladas del río. Aquella mañana, el frío era mucho más intenso que las demás. Mariano no lograba entrar en calor, a pesar de la calefacción encendida y de la cazadora de cuero. Sin poder evitarlo, dirigió su mirada hacia la guantera. No tuvo que rebuscar mucho. Abierta por la página central, su revista preferida le estaba esperando, como preparada para que Mariano hiciera uso de ella. Mariano siempre utilizaba aquella revista para relajarse cuando lo necesitaba. Con esto no le hago daño a nadie, se repetía a sí mismo para intentar justificarse por algo de lo que nadie le pedía cuentas. Cómodamente instalado, empezó a ojear las fotografías, a releer las situaciones que se sabía de memoria, a soñar con los paraísos cálidos y escondidos que las imágenes recreaban, a pensar, poco a poco, que después de todo su vida no era tan horrible. Sin abandonar en ningún momento su vehículo reglamentario, sin haber ingerido una gota de alcohol, sin dejar de observar cuanto de anormal pudiera ocurrir a su alrededor, Mariano se demoró en la lectura de aquellas páginas fieles y perdió la noción del tiempo.
Se fue acercando la hora de la salida de los niños del colegio, y Mariano, pendiente del reloj, empezó a sentirse incómodo. Siempre le ocurría cuando, mientras ojeaba su revista, veía aproximarse a través del parabrisas empañado a los grupos de jóvenes madres con los escolares de la mano.
Arrancó el motor de su vehículo y se dirigió hacia la rotonda de salida a la autovía, decidido a comenzar, esta vez sí, su labor de vigilancia.
Pasó por delante de la fachada del Museo de Arte Contemporáneo. Uno de estos días me tengo que animar a conocerlo, musitó para sí mismo, como solía hacer cada vez que contemplaba las vidrieras multicolores refulgiendo al sol de mediodía. Continuó circulando por el paseo paralelo al río, sombreado por los árboles, todavía resbaladizo por el hielo. Y Mariano, que aborrecía el hielo desde su primera infancia, aminoró la velocidad, mientras sentía un escalofrío que le recorría la espalda. Yo no estoy bien, pensó, este frío no es normal. Le embargó un mal presentimiento, una necesidad inmediata de entrar en calor, de levantar el ánimo de alguna manera, olvidados ya por completo los efectos beneficiosos del café y la tortilla del desayuno. Pasó por el aparcamiento en batería que tanto le gustaba, debajo de la agradable chopera que tan buenos momentos le había deparado, y no pudo resistir la tentación de volver a estacionar y continuar contemplando su revista.
Aquellos álamos todavía descarnados, aquellas aguas heladas fueron lo último que vio Mariano. Tristemente, ceder a la tentación le costó la vida. Quizá fue feliz en sus últimos momentos. Se relajó todo lo que pudo, a pesar de que las circunstancias no eran propicias. Recorrió con detenimiento cada una de las familiares páginas, se dejó llevar por la imaginación e intentó con todas sus fuerzas olvidarse, aunque sólo fuera durante unos momentos, de la amarga realidad. Algo, que a la sazón, consiguió.
Pero el destino quiso que Mariano empujara inadvertidamente con su muslo derecho la palanca de cambios. Desgraciadamente, en ese preciso momento los reflejos corporales de Mariano estaban, en cierto modo, disminuidos, y él jamás había destacado por su capacidad de reacción ante los imprevistos. El hielo que todavía cubría la calzada, a pesar de lo avanzado de aquel mediodía de invierno, y la ligera pero suficiente inclinación del terreno hacia el río hicieron el resto.
Mariano casi no se dio cuenta de nada. Sucumbió en un abrir y cerrar de ojos, sin saber muy bien lo que ocurría, sin oponer prácticamente resistencia, braceando apenas, en las heladas aguas del Bernesga.


Isabel O.

domingo, 7 de febrero de 2010

“La piel de plátano”



Marie, era una chica francesa que se fue a vivir a un pueblo de Cuenca por su altitud. Era astrónoma. Alquiló la casa más alta y desplegó el telescopio por la ventana del tejado. A los oriundos les caía bien, les era exóticamente simpática, aunque algunos no podían evitar mirarla por el rabillo del ojo porque les parecía algo lunática, por antojadiza más que por loca, ya que solía decir que el antojo de su vida era”pisag la liuna”.
Cierto día caminaba por la calle mirando al cielo con un andar desgarbado y un atuendo impropio para la primavera que emanaba rabiosa, cuando uno de sus zapatos pisó una piel de plátano y salió volando. Hasta el día de hoy, y de esto pasó un año, nada se supo de ella. No volvió, ni se la encontró a pesar de que la buscaron durante meses, no solo por tierra, también por aire. Y no solo en su pueblo, también en los pueblos de alrededor, e incluso, en toda la comarca. Se estudiaron en ese tiempo la trayectoria de los vientos, la dirección y la fuerza con la que caía el pedrisco y la lluvia, el punto de derretimiento de la temperatura solar, el de congelación del aguanieve, y un largo etcétera de fenómenos interestelares.
Hubo quien la quiso subir a los altares. Y quien llamó a la NASA. Aquél fue un fenómeno entre fenómenos.
Desde ese día todos los del pueblo caminaban mirando al suelo, por si acaso. Y dejaron de comer plátanos, por supuesto.
He de confesaros que esta historia me la contó un compañero de Guadalajara mientras hacíamos la mili en el mismo Cuenca, cuando aún la búsqueda seguía abierta. Corría el año mil novecientos sesenta y ocho después de Cristo y de otros muchos. La actividad espacial estaba en pleno apogeo, se libraban encarnizadas luchas entre todos los países para conseguir llegar el primero a pisar el suelo lunar: Rusos, americanos... americanos y... rusos... y otros a lo callandito.
Así las cosas, andaba yo tomando un café en el bar de ese pueblo, la tele hablaba sin parar en blanco y negro, nadie la miraba, cuando el noticiero interrumpe el programa que aparecía y, en color, un hombre anuncia que alguien ha llegado a la luna, ahí, todos a una la atienden, y todos a una dan un grito de admiración: ¡Oooooohhh!
El abanderado astronauta, imposible de reconocer porque la escafandra le tapaba la cara, daba saltitos pequeños y suavemente desgarbados, a la vez que emocionado hacía gestos aspavienteros con la bandera blanca, azul y roja, intentando clavarla en aquella tierra inhóspita y sabe Dios de qué naturaleza hecha, cuando por efecto de la misma fuerza que hacía, levanta uno de sus zapatos de astronauta y todos en el bar lo pudimos ver sin excepción, ni duda: llevaba pegado a la suela lo que parecía una piel plátano. De ahí ese ¡Ooooohhhh! En ese momento la tele se llenó de rayas. Pero fue demasiado tarde.
Todos los televidentes se miraron entre ellos sin poder deshacer la postura de sus bocas. ¿Has visto lo que yo? -parecían preguntarse con los ojos. Sí, sí -respondían los otros ojos. ¡Es ella!, se atrevió a decir alguien por fin ¡Marie! ¡ Nuestra Marie! –exclamaron, entonces, todos a una.
El que llamó a la NASA preguntando por ella recibió una llamada de vuelta, le preguntaban, a su vez, por la tecnología empleada por la tal Marie y dónde se ubicaba el centro espacial al que pertenecía.
“Un pequeño salto para un hombre y un gran salto para la humanidad” exclamó un año después un tal Amstrong, pero, para ellos, el gran salto lo dio Marie, la francesa, a pesar de las rayas, desde un pueblo de Cuenca casi pegado a la luna y a bordo de una cápsula hecha de piel de plátano. Y si no, que se lo pregunte el que sea capaz de encontrarla. Nadie en el pueblo la buscó más, pues ya sabían donde estaba. Marie consiguió cumplir su antojo de “vivig en la liuna”.
Aquello reconozco que me marcó y cuando terminé la mili, mi compañero se volvió a Guadalajara y yo, sin saber en ese momento por qué, me quedé a vivir en aquel pueblo. Alquilé la casa más alta y desplegué un telescopio por la ventana del tejado. Casi os puedo asegurar que una noche de luna llena, la vi, ella se quitó la escafandra para decirme algo, y juraría que pude leer en sus labios:
“¡Oh, la, la, los sueños, sueños son, pego en un instante pueden hacegse gealidad!”
A día de hoy sé porqué me quede allí y a partir del día de hoy, salgo a pasear con un atuendo impropio para la estación del año, miro al cielo y rezo para que los oriundos de este pueblo vuelvan a comer plátanos.

mamen

miércoles, 3 de febrero de 2010

CUESTIÓN DE AMIGOS

Chuchi tenía 245 amigos. Se había propuesto alcanzar los 300 y le molestaba un tanto estar a 55 amigos de su objetivo. Sin embargo, dado el poco tiempo que llevaba abierta la página, consideraba que 245 no era una mala cifra. Por supuesto, a muchas de las personas que estaban en la lista o no las conocía o las conocía sólo por fotos. Pero esto no era un gran problema. Después de todo no es tan necesario conocerse para ser amigos. Incluso se puede llegar a afirmar que para ser amigos lo mejor es no conocerse. Ahora bien, si Chuchi sólo se sentía un tanto molesto con sus 245 amigos por estar a 55 amigos de su objetivo, no podemos ocultar que con quien estaba real y francamente irritado era con su amigo de la infancia Chema. Desde luego Chema era un tipo estupendo y, sin duda, su mejor y más íntimo amigo. Juntos habían pasado momentos inolvidables, sobre todo aquellas tardes entrañables, recogidos al calor de la calefacción central, comiendo pizza, bebiendo colas, escuchando “jevi” metal y matando a todo matar monstruos, alienígenas, guerreros, nazis, rusos y árabes en la “plei”. Mas, por mucho que su corazón se enterneciera con tan mágicos recuerdos, Chuchi ni podía comprender, ni podía soportar lo que estaba pasando. Ya desde que ambos abrieran sus respectivas páginas, la lista de amigos de Chema había sido más numerosa que la suya. Al principio, lo achacó a la casualidad, y no dudó de que pronto superaría en amigos a su mejor amigo. Sin embargo, los días transcurrían y la ventaja de Chema lejos de reducirse aumentaba. Por eso, cuando cierta aciaga mañana encendió el ordenador y comprobó que la cifra de amigos de Chema cambiaba del 2 al 3, alcanzando los 301 y ganándole en 56, Chuchi empalideció, sintió que el corazón se le paraba y apretó el ratón con tal violencia que le reventó las entrañas. La situación pasaba de castaño a oscuro. Y claro, lo empezó a ver todo negro. Entonces decidió actuar.
No me preguntéis cómo lo hizo, pero el caso fue que Chuchi logró entrar en el santa santorum de la página de Chema. Observémoslo por un instante en tan crucial momento. Está sentado frente al ordenador, el cuerpo tenso y la cabeza ligeramente adelantada, la mano derecha en el ratón y la izquierda en una bolsa de patatas fritas. Su mirada parece taladrar la pantalla, penetrar hasta el mismo tuétano del disco duro. A veces, suelta el ratón y la bolsa de patatas, y sus dedos saltan sobre el teclado y lo picotean con fuerza y precisión; otras, se impulsa hacia atrás en la silla rodante y, con gesto ceñudo, contempla desde la lejanía los jeroglíficos informáticos. De pronto, una mirada dura y una sonrisa cruel dibujan una perversa mueca de triunfo en su rostro apenas antesdeayer barbilampiño. Se abalanza sobre el ratón, lo agarra, lo aprieta, lo pulsa… y estalla en carcajadas. Acaba de borrar de un plumazo cibernético a 200 amigos de la lista de Chema. Casi llora de la risa al contemplar la cifra ridícula de 101 de su mejor amigo, frente a la imponente suya de 245. Todavía entre carcajadas, se levanta y va a la cocina a comer un pedazo de pizza.
Lo malo fue cuando volvió. Aún estaba masticando, aún no había saltado el salvapantallas. No tuvo necesidad de sentarse frente al ordenador para verlo. Ya desde la misma puerta del cuarto se percató de lo sucedido. Quiso lanzar un grito, pero de su boca abierta de par en par sólo salieron trozos de aceituna y anchoa. Tambaleándose se acercó y se dejó caer en la silla. Atónito, desencajado, sudoroso, miraba su página: ¡45 amigos, ya sólo tenía 45 amigos! Temblando de ira e indignación abrió la página de Chema: ¡301 amigos, de nuevo tenía 301 amigos! Sus piernas se encogieron, su estómago se dobló, su frente golpeó la mesa y entre sus dedos engarfiados el ratón abrió gentilmente las entrañas. Entonces hubo unos minutos de quietud y silencio absolutos. Diríase que durante aquel tiempo interminable todo rastro de vida había desaparecido del cuarto de Chuchi, de la casa de Chuchi, de la calle de Chuchi, de la ciudad de Chuchi, del planeta entero de Chuchi. Pero sólo fue por unos minutos. Luego alzó la cabeza, irguió la espalda, lanzó una mirada aviesa, masculló una maldición y, tras cambiar el ratón despanzurrado, declaró la guerra.
Desde ese preciso instante, los acontecimientos se precipitaron. Día a día, hora a hora, minuto a minuto, Chuchi y Chema entraban en la página propia y en la ajena, y se sumaban o restaban amigos en torva espiral. Con la rapidez de las pistolas de Billy el Niño o de las estocadas de los mosqueteros, se sucedían los ataques y contraataques. Tan pronto era Chuchi quien bailaba y reía en torno al ordenador, mientras Chema mordía uñas y rabia; como era Chema quien daba cortes de manga a la pantalla, mientras Chuchi, siguiendo su inveterada costumbre, destripaba con saña otro ratón. Pasó una semana, pasaron dos, pasaron tres. Ya no salían de casa, ya no dejaban su cuarto, ya no se levantaban de la silla, siempre frente al ordenador, pálidos, sudorosos, enflaquecidos, empecinados, intercambiando ráfagas cibernéticas.
Difícil era prever como iba a terminar tan igualado combate y, sin duda, un final trágico no era descabellado. A mis oídos ha llegado el rumor de que en Illinois un suceso similar terminó en sangre joven salpicando la web. Sin embargo, en este lugar y ocasión hubo un final más feliz. Cierto día, después de meses de aquel continuo sumarse y restarse amigos, tanto la lista de Chuchi como la de Chema quedaron estabilizadas. Por más trampas y celadas que se tendieran, por más mandobles informáticos que se sacudiesen, ni Chuchi, ni Chema, ni Chema, ni Chuchi, lograban variar el número de amigos propio o ajeno. Por supuesto, no se conformaron con el resultado y todavía perseveraron un tiempo en su empeño. Pero todos los esfuerzos eran inútiles: ambas listas mostraban siempre el mismo dígito de amigos. Al cabo, más a regañadientes que felices, comiendo pizza en lugar de perdices, admitieron que el equilibrio al que se había llegado era definitivo y se resignaron a tener sólo 1 amigo en su lista de amigos. El de Chuchi era Chema; y el de Chema era Chuchi. Equilibrio inevitable. Equilibrio suficiente. Equilibrio necesario. Y, a fin de cuentas, equilibrio justo, pues, después de todo, Chuchi y Chema eran amigos y, como es bien sabido, la amistad sólo se da entre iguales.

Ricardo Uriarte