domingo, 29 de noviembre de 2009

Luna llena

Se había levantado el mismo viento de todas las tardes, que hacía difícil caminar y nos metía la arena en los ojos. Encontramos un hueco resguardado entre unas peñas, en la falda de la montaña, un poco retirado del camino, que discurría paralelo al precipicio. Debajo, muy lejos, se veía el río.
Mamá propuso que buscáramos leña para encender una hoguera y preparar la cena, en lugar de utilizar la pequeña bombona de gas con la que cocinábamos a diario. Yo me encargué de recoger las ramas secas, mientras ella y Rafael montaban la tienda. Lo hicieron en muy poco tiempo; después de veinte noches, montar la tienda era tan fácil para ellos como preparar el sofá-cama donde yo dormía en la habitación de nuestra casa. Tardamos un poco en prender la leña. Lo hizo Rafael pero yo le ayudé. Calentamos una lata de garbanzos. Las de fabada se habían acabado porque a todos nos gustaba más la fabada que los garbanzos. Hacía muchísimo frío. Nos abrigamos todo lo que pudimos y después cenamos, y ellos se prepararon un café. Estaban contentos, hablaban y se reían; se abrazaron y se dieron un beso delante de mí.
Había una luna llena muy bonita, redonda y blanca, y mi madre dijo que la mirásemos con atención porque no podríamos volver a ver una luna como aquella durante mucho tiempo. Después se alejó un poco de nosotros. La vi cerrar los ojos y sentarse en su postura preferida. Todas las noches, antes de acostarse, meditaba un rato.
Rafael encendió un porro y me dejó dar un par de caladas. Estuvimos hablando de los días que quedaban para volver a nuestra casa, los dos habíamos hecho aquel viaje por dar gusto a mi madre, y estábamos un poco hartos de tanta caminata. Yo le conté cosas de mis amigos y de la chica que me gustaba. Estuvimos mirando las estrellas, que allí se veían mucho más cerca y parecían hasta más grandes.
Después vino mi madre, entramos en la tienda y nos metimos en los sacos. No apagamos la hoguera. Como nos había costado mucho encenderla, Rafael dijo que la dejaríamos encendida un rato para ver el resplandor desde la tienda, y que después él se levantaría para apagarla. Seguimos hablando, de lo bien que lo estábamos pasando en aquel viaje, que según mi madre era con diferencia el mejor que habíamos hecho, y según Rafa y yo, un aburrimiento. Mi madre dijo que el próximo año habría que ir a Benidorm para tenernos contentos, y que ya estaba bien de tanta charla, que al día siguiente teníamos que madrugar.
Cuando entraron estábamos en silencio. No les oímos llegar, ni siquiera percibimos sus sombras avanzando en la oscuridad. Ni se nos había pasado por la cabeza que alguien pudiera entrar así en nuestra tienda. No sé cuantos eran, ni que cara tenían, sólo recuerdo que no eran muy altos y que hablaban en el idioma de aquellas montañas. Tampoco hablaron demasiado. Abrieron la cremallera de la tienda muy lentamente y entraron uno a uno. Mi madre me miró aterrorizada y sólo le dio tiempo a abrazarme intentando protegerme. A Rafael ni le vi. Se dijeron algo entre ellos y empezaron a golpearnos con palos, con todas sus fuerzas, durante mucho rato. O puede que no tanto, el tiempo que pasó no puedo recordarlo. Mientras lo hacían, no decían nada. Después, nos agarraron de dos en dos por las piernas y por los brazos y nos lanzaron barranco abajo.
En ningún momento perdí la conciencia. Rodé, me golpeé contra las peñas, me clavé los espinos de los tojos, hasta que me paró el tronco de un árbol seco derribado en el suelo. Tardé en despertar, no sé cuanto tiempo. Mi madre no estaba lejos de mí, muerta. Yo la abracé y la llamé, lloré, pedí que se despertase, hasta que supe que ya no despertaría nunca. A Rafael le busqué, pero no pude encontrarle por ningún lado. No sé como saqué fuerzas ni cuanto tardé, pero conseguí llegar al poblado, a la noche siguiente. Me costó hacerme entender pero al final pudieron ayudarme. Recuperamos el cadáver de mi madre. Ahora está enterrada en el cementerio de nuestro pueblo, muy cerca de la casa de mis abuelos, con los que vivo desde entonces . El pobre Rafael se quedó para siempre en algún lugar de aquel barranco.

2 comentarios:

  1. Ufff! Después de recuperar la respiración se da uno cuenta de lo eficaz de la forma de narrar lacónica, casi prosaica, con que está relatado este episodio. La falta total de elementos efectistas hace que la violencia sea más patente, mientras que la herida emocional provocada por esa vivencia en el narrador se hace evidente en el modo tranquilo, impávido, de contarlo, que da más miedo todavía.
    Un relato de terror de una pureza casi insultante ¡Enhorabuena!

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