jueves, 17 de diciembre de 2009

"Un reloj corriente"

Una Nochevieja, Sophie, dejó de cumplir años. Quedó presa del tiempo. El caso de Sophie, se podría tildar de extraordinario, extravagante o... absurdamente cotidiano. En el escenario: una mujer y un reloj. Mejor, una mujer en un reloj.
Una mujer de carne y hueso, de raza blanca y de cuarenta años de edad. Inteligente, soltera y ansiosa por no haber tenido, a su edad, la oportunidad de ser madre.
El reloj, un reloj corriente, que durante un siglo, con un tic-tac inalterable, pasó por cuatro generaciones de una misma familia colgado de la misma pared del comedor. Nadie se desprendió de él en todo ese tiempo. Nunca se paró, porque en todo momento hubo alguien presto a darle cuerda. Un relojero suizo -Hermann- lo construyó con precisión y esmero, y un día antes de su desaparición lo vendió por teléfono a una señora, sin intermediarios. Un treinta y uno de Diciembre. La señora que lo compró era la tatarabuela de Sophie. Cuando a los pocos días se acercó a recogerlo, la relojería estaba abierta, pero por mucho que llamó al dueño, no apareció nadie. El reloj estaba encima del mostrador junto a una nota con su nombre; la señora dejó el dinero acordado sobre la mesa y se llevó el reloj.
Es Nochevieja, Sophie se encontraba sola en casa, miró al reloj nerviosa, marcaba las doce menos cuarto. Se supone que mientras suceden las doce campanadas la gente pide un deseo para el nuevo año. Y algunos lo piden desde dentro, con verdadero anhelo, mirando frente a frente las manecillas, con la esperanza de que se cumpla de inmediato. Sophie, como ya dije, estaba sola con el reloj delante, esperando oír sus campanadas. Apenas sonó la primera, desplegó su deseo por todo su pensamiento e incluso más allá de su cuerpo -no cumplir más años mientras no tuviese un hijo- y así se mantuvo con los ojos cerrados hasta que el reloj silenció su canto y reanudó el susurro de su tic-tac.
La sorpresa llegó cuando abrió los ojos y sintió que algo tiraba de su largo vestido de fiesta, era la rueda de transmisión, que con fuerza luchaba contra él para proseguir su marcha. Sophie se zafó como pudo desgarrando el vestido; asombrada miró a su alrededor, y muy asustada gritó: ¿Hay alguien aquí?, ¿dónde estoy!, ¿qué broma es ésta!
Entre el armonioso ruido de goznes, oyó una voz grave que contestaba: ¡No temas!¡Voy a tu encuentro! Era la voz de Hermann, el relojero.
Hermann era un tipo enamorado de su oficio, con un profundo deseo: tener un hijo para que lo perpetuase. Pero con un tremendo handicap: la edad. Le preocupaba no tener suficiente tiempo para criarle y enseñarle todo lo que sabía sobre el negocio y la construcción de relojes cuándo, a los cincuenta años, aún no había encontrado a la madre adecuada.
Y, en contra de toda lógica, el reloj corriente seguía funcionando; el tiempo transcurría para el resto de los mortales, pero no para los secuestrados, para los que no podían mirar sus horas frente a frente. Para los que desearon, un día, darle la espalda al tiempo en favor de sus incumplidos sueños.
Herman terminó de construir el reloj un día de Nochevieja, por la tarde lo vendió, y por la noche comprobó cómo daba sus primeras doce campanadas... con los ojos cerrados... desplegando su deseo. A continuación, abrió los ojos, y no envejeció más. A veces, los deseos tardan en cumplirse del todo, pues las circunstancias del azar no coinciden en el tiempo. Eso le pasó a Hermann. Un siglo de espera, que para él fue un día de cien años; pero la espera no fue vana, pues Sophie había llegado para completarlo.
La dicha para Sophie, se convirtió en desdicha una vez embarazada, pues no imaginaba el momento de dar a luz si las horas no corrían. Herman y Sophie que ahora lo tenían todo, desearon fervientemente poder envejecer, salir de la cárcel del tiempo. Cavilando, Herman, decidió invertir la situación; con habilidad de relojero soltó la esfera y la giró hacia dentro. Un treinta y uno de Diciembre. De nuevo y felizmente, ahora, los segundos, los minutos y las horas les restaban vida. Restar para sumar -contradicción humana.
El estado de gestación avanzaba y, en el mismo momento del alumbramiento, las dos tapas del reloj se abrieron; Sophie y Herman tuvieron que cubrirse los ojos con las manos, cegados, al sentir la intensa luz que entraba por la ventana del comedor.
Nadie sabe cómo ocurrió. Ni ellos mismos. Cosas más raras y, por ello, no menos creíbles han sucedido en el transcurso de la existencia humana –pensó Hermann. Mientras Sophie abrazaba con auténtico amor a su hijo, Hermann se afanó en reconstruir el reloj. La vida -dijo- ha de continuar.

Mamen

¡¡Feliz Navidad!!

1 comentario:

  1. Es un bonito cuento de Navidad. Muy bien resuelto el tema del salto de un tiempo a otro (algo muy difícil, por cierto). Únicamente me parece que le sobra una palabra: "hándicap". Yo la sustituiría por otra más acorde con la época y los personajes.
    Feliz navidad también para ti.

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